Textos para talleres literarios: Típicas actividades para talleres literarios.
Proponemos la lectura de diversos poemas, cuanto más disímiles mejor. Subrayamos con rotuladores, las frases impactantes, las palabras que nos evocan todo tipo de emociones. Nuestros sentidos se disparan… añadimos versos propios, escritos por una mano que no puede detenerse. La cadena de las palabras se dispara… Unas evocaciones nos conducen a otras, un poema nos recuerda otro. Los poemas se completan… y luego se intercambian. Con los fragmentos creados intentamos forjar un poema, que salga de la garganta de todo lo leído. Le buscamos un sentido… hasta conseguir la ecuación perfecta, la completa compenetración entre fondo y forma.
Escojamos poemas que recreen un tópico determinado, por ejemplo el pertinaz…”tempus fugit”, que tanto nos angustia. A partir de esas lecturas, miramos al compañero e intentamos acotar ese momento que se repite con insistencia en nuestra mente, pero viéndolo en boca del otro. Es el otro quien se mueve, el que sirve el plato del tiempo, el que se alimenta de nuestro recuerdo. Si fijamos más la vista, lo vemos desempeñando nuestros actos, viviendo en nuestra burbuja, dislocando cada uno de nuestras vivencias. Contamos con sus ojos esa experiencia, ese sueño, ese vuelo irrefrenable que se deshace como una pompa de jabón en el silencio.
Escogemos diversos libros de nuestra biblioteca, y dejamos que la voz de sus autores nos susurre al oído. Nuestra misión es dotar de sentido a todos esos fragmentos escogidos, transformarlos de manera que, el lector apenas reconozca las fuentes. Debemos escoger el tono adecuado y mezclar los fragmentos, hasta que uno destaque por encima del resto. Una vez sepamos la idea motriz, podemos seguir releyendo hasta que consigamos una perfecta adecuación, fondo y forma. Después cada participante se intercambia los textos con el compañero que tiene enfrente. Se reescribe así la histora del otro, los textos del otro. No sabemos de dónde han sido extraídos, porque han sido difuminados, deshilvanados. Ahora nosotros volvemos a reescribirlos, les damos un punto de inflexión distinto. ¡Voilà! Difícilmente puede reconocerse la fuente, de la que bebieron los otros.
Escogemos ahora diversos fragmentos de ese encuadre engañoso que es la literatura juvenil. Distintos comienzos apelmazados, como gelatina… Las vivencias adolescentes se disparan: el primer amor, la primera pelea, el recreo. Neuronas adolescentes nos devuelven la radiografía de aquellos años. Optamos por elegir uno de esos temas y, fijándonos en el libro que ha dado pie a nuestra aventura meteórica, recreamos una vivencia, intentando que el lenguaje sea similar al del fragmento escogido.
Ahora hacemos lo mismo, pero con una obra de literatura juvenil clásica: uno de esos fragmentos que releemos con entusiasmo, al que tanto cariño tenemos. Nos colocamos el disfraz para retroceder en el tiempo y nos situamos en la atmósfera de la historia hasta que creemos controlar aquella emoción. Intentamos que se cuele en el texto que nos sirve de estímulo sin que se resquebraje su estructura. Podemos sentirnos un pirata, un caballero andante, un duende. Ese personaje lleno de acné que nos devuelve el espejo no somos nosotros. Nos distanciamos a través de la tercera persona, y nos lo cargamos a la espalda de nuestros sueños más auténticos, pero viviéndolos como si nos perteneciesen.
Quizá ahora estemos en condiciones de imaginamos lo que le sucedería a ese personaje si saltamos las casillas del tiempo y lo situamos en una nueva coordenada temporal. Nada tiene que ver con nosotros, no ha seguido nuestro mismo trayecto, sino otro cualquiera. Forjemos esa historia de forma verosímil, hasta que el personaje conecte con el eslabón de sus vivencias, que no son las nuestras. Dotémosle de un rostro, una fisonomía e intentemos profundizar en sus rasgos constituyentes, esos que lo identifican. Introduzcamos esa descripción en el texto que hemos creado.



