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Textos para talleres literarios: El espacio narrativo.

por Aghata
domingo, 06 de septiembre del 2009 a las 01:50

El espacio

Si atentemos a la percepción kantiana, el espacio es, al igual que el tiempo, una <<forma a priori de la sensibilidad>>, una condición subjetiva que nos permite la perfección externa de los fenómenos que se producen en la realidad. Desde esta perspectiva espacio y tiempo se solapan, se interrelacionan, ya que todas las intuiciones del espacio son también intuiciones en el tiempo.  Según esto no existe “ espacio sin tiempo, ni tiempo sin espacio”, ya que incluso cuando evocamos en el recuerdo acontecimientos, objetos y personas, los situamos en un espacio y un tiempo determinado.

Algo similar ocurre cuando aplicamos esta categoría a la creación artística, el espacio es una vez más una condición subjetiva imprescindible para poder “representar” mundos imaginarios, que el escritor es capaz de reproducir gracias a su fantasia y al lenguaje literario.  Tanto en la ficción narrativa como en el teatro, acción, personajes y objetos deben concebirse en unas coordenadas espacio-temporales, que son necesarias para el desarrollo de la trama.

El narrador de un relato da forma a un espacio imaginario a través de la descripción y disposición de los objetos  que configuran el escenario en el que se mueven los personajes, formando parte de él.  De manera que el narrador no sólo nos sitúa la realidad ficticia en un ámbito de proximidad o alejamiento, sino que además puede estimular nuestra percepción  si introduce con eficacia el espectrum de las sensaciones ( luz, colores,r uidos, voces, aromas); elementos que actualizan esos objetos, personajes, u ámbitos ante nuestros ojos. 

El espacio puede servir de marco para el desarrollo de acción; pero también puede conformar un haz de pruebas que insinuan los condicionantes de los personajes, sus rasgos sicológicos más significativos.  Se convierte así en un índice de su propia trayectoria vital. Esto es lo que sucede tanto en los movimientos realista o naturalista como en ciertos modelos de conducta y de la incardinación del personaje en un estracto social, algo habitual en el tremendismo o en la novela social. De hecho, el espacio puede adquirir un cariz camaleónico si se fusiona con los personajes, cuyos rasgos son como haces de luz del mismo.  Así en una novela como El túnel de Ernesto Sabato, la disociación entre espacios herméticos ( cárcel,túnel) y espacios abiertos
(la escena de la ventana), adquiere un sentido simbólico  que muestra el  hundimiento del protagonista en la “caverna negra” y “los muros de este infierno”.

El espacio condicina, pero a la vez está condicionado por la estructura del relato. Cada género narrativo exige el conocimiento de diferentes técnicas para plasmar los espacios. La novela picaresca, por ejemplo, requiere un cambio continuo de escenarios porque la trama se desarrolla a partir de relación entre el pícaro y sus diversos amos; la pastoril, exige una descripción minuciosa de los escenarios exteriores (campo, montaña, valle), mientras que en  gran parte de la narrativa realista o naturalista nos movemos a través de escenarios interiores ( viviendas, fábricas, etc).  El espacio puede constituirse también como una herramienta eficaz para ofrecer al lector un autoanálisis de la conciencia, a través de la exploración de sus más íntimos desasiegos: confesiones, diarios, sueños recurrentes, son habituales, por ejemplo, en la novela psicológica, donde parece que el tiempo se apoltrona, se detiene ante un lector ávido por conocer los secretos íntimos de los personajes.  Hasta tal punto se inmiscuye esta categoría en la estructura narrativa, que se ha llegado de subcategorizar una narración atendiendo al lenguaje geométrico; así hablamos de estructura circular, concéntrica, en espiral, poligonal, etc.

 

En cuanto al estudio de esta categoría en el texto teatral se observa en primer lugar la diferencia que existe entre el espacio dramático y la escenificación. El primero atiende a la función creadora de un autor, cuyas indicaciones y acotaciones sirven tanto al lector del texto como al director de escena para que se cree una imagen mental del marco en el que se desarrolla la acción y el movimiento de los personajes. En cuanto al espacio escéncio este se concreta en el desarrollo de un espectáculo, de acuerdo con las posibilidades que ofrece la sala o el edificio en el que se pone en escena o representa la acción.  De hecho, a lo largo de la historia del teatro, se ha tratado de manera diversa el espacio dramático: desde la estructura circular del teatro griego, pasando por el escenario múltiple longitudinal de la Edad Media, hata la versión frontal en forma de vitrina, con una sola cara abierta al público.  Se trata de una cuestión estética que diverge según las diversas concepciones que pueden asumir una perspectiva simbólica, alegórica, arqueológica, mimética o estilizada de los elementos escenográficos.

 

Analiza el espacio que muestra el narrador en los siguientes textos.

Elige uno de los textos propuestos para el análisis y escribe una continuación que resulte verosímil dentro del contexto de enunciación.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre, Estaba Ana en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas del mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraban que eran símbolos del universo, que era así ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las campanas comenzaban a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos martillazos estaban destinados a ella (…).

La Regenta, Clarín

 

 

Sigüenza contemplaba la tarde, angustiado, enfermo de tristeza, una tristeza tan acerba, tan densa, que le parecía que no era sólo un sentimiento suyo, sino que tenía una realidad propia, separada, grande, más fuerte que nuestra alma; la tristeza se le incorporaba de todo lo que veía, porque la vega, sus humos, sus árboles, los montes y el cielo, todo estaba hecho, cuajado de tristeza, la misma que le oprimía siendo chiquillo, cuando, vestido de uniforme de colegial, salía con su brigada, la de los pequeños, por aquellas sendas, aguardando el paso del tren, un tren que le traía tantas memorias alegres, que aún le entristecía más que el paisaje y el regrso al colegio de Santo Domingo.

Y Sigüenza volvíose a un hidalgo, camarada de viaje, que llevaba a su hijo para ponerlo interno en los Jesuitas, y moderadamente le confesó algo de sus recuerdos de convictorio.

El hidalgo le interrumpio:

-¿ Y no volvería usted a esos años? ¿ No le parece a usted que es una tristeza muy sabrosa la de la niñez del colegio?¿Qué no? ¡Pues cómo! ¿Qué si tuviese usted hijos no los traería donde usted estuvo?

Sigüenza dijo que no. Si esa tristeza es gustosa, lo será únicamente para los grandes; pero la de los niños es seca y helada y helada, sin ese perfume de lejanía. Cuando él estaba en Santo Domingo envidiaba la vida ancha y libre de un herrero cercano, cuyos cantos y el martilleo de su forja penetraban alborozadametne por todas las ventanas, invadiendo el silencio de los estudios; envidiaba a un señor Rebollo, mercader de chocolates elaborados a brazo, y al parsar por su portal todos los colegiales se miraban, recogiendo con delicia el rumor del rodillo y el tibio aroma del cacao; envidiaba a los hombres que estaban sentados a la orilla del río, fumando y mirando las burbujas de la corriente; envidiaba a un cochero que iba a la estación restallando la tralla, que sonaba como un cohete de fiesta, piropeando a gritos a las huertanas, y se imaginaba que ese hombre estaba hecho de la santa emoción de todos los hogares, porque en su vetusto coche llegaban casi todos los padres de los internos.

Gabriel Miró, Libro de Sugüenza.

 

Ya  Odiseo enderezaba sus pasos a la ínclita casa de Alcínoo, y antes de llegar frente al broncíneo umbral, meditó en su ánimo muchas cosas. La mansión excelsa del magnífico Alcínoo resplandecía con el brito del sol o de la luna. A derecha e izquierda corrían sendos muros de bronce desde el umbral al fondo; en lo alto de ellos extendíase una cornisa de lapislázuli; puertas de oro cerraban por dentro la casa sólidamente construida; las dos jambas eran de plata y arrancaban del broncíneo umbral; apoyábase en ellar argénteo dintel y el anillo de la puerta era de oro. Estaban a entrambos lados unos perros de plata y oro, inmortales y exentos para siempre de la vejez, que Hefesto había fabricado con sabia inteligencia para que guardaran la casa del magnánimo Alcínoo. Había sillones arrimados a la una y a la otra de las paredes, cuya serie llegaba sin terrupción desde el umbral a lo más hodo, y cubrían los delicados tapices hábilmente tejidos, obra de las mujeres. Sentábanse allí los príncipes faecios a beber y  a comer, pues de continuo celebraban banquetes. Sobre pedestales muy bien hechos hallábanses de pie unos niños de oro, los cuales alumbraban de noche, con hachas encendidas en las manos a los convidados que hubiera en la casa (…).

Detúvose el paciente divinal Odiseo a contemplar todo aquello, y después de admirarlo, pasó rápidamente el umbral, entró enla casa y halló a los cuadillos y príncipes de los faecios ofreciendo con las copas ilbaciones al vigilante Argifontes, que era el último a quien las hacían cuando ya determinaban acostarse, mas el paciente divinal Odiseo anduvo por el palacio, envuelto en la espesa nube con que lo cubrió Atenea, hasta llegar adonde estaban Arete y el rey Alcínoo. Entonces tendió Odiseo sus brazos a las rodillas de Arete, disipóse la divinal niebla, enmudecieron todos los  de la casa al reparar en aquel hombre a quien contemplaban admirados, y odiseo comenzó su ruego de esta manera:

Odiseo.- ¡Arete, hija de Rexénor, que parecía un dios! Después de sufrir mucho, vengo a tu esposo, a tus rodillas y a estos convidados, a quienes permitan los dioses vivir felizmente y entregar su herencia a los hijos que dejen en sus palacios, así como también los honores que el pueblo les haya conferido. Más aprestadme hombres que me conduzcan , para que muy pronto vuelva a la patria, pues hace mucho tiempo que ando lejos de los amigos, padeciendo infortunios.

Homero, La Iliada.

 

 

 

12  de diciembre

 

Querido Guillermo: Me encuentro en un estado que debe parecerse al de los desgraciados que antiguamente se creían poseídos del espíritu maligno. No es el pesar; no es tampoco un deseo ardiente, sino una rabia sorda y sin nombre que me desgarra el pecho, me anuda la garganta y me sofoca. Sufro, quisiera huir de mí mismo y paso las noches vagando por los parajes desiertos y sombríos en que abunda esta estación enemiga. Anoche salí. Sobrevino súbitamente el deshielo y supe que el río había salido de madre,q ue todos los arrollos de Walheim corrían desbordados y que la inundación era completa en mi querido valle. Me dirigí a él cuando rayaba la media noche, y presencie un espectáculo aterrador. Desde la cumbre de una roca vi, a la claridad de la luna, revolverse los torrentes por los campos, por las praderas y entre los vallados, devorándolo y sumergiéndolo todo; vi desaparecer el valle; vi, en su lugar, un mar rugiente y espumoso, azotado por el soplo de los huracanes. Después, profundas tinieblas; después, la luna, que aparecía de nuevo para arrojar una siniestra claridad sobre aquel soberbio e impotente cuadro. Las olas rodaban con estrépito…, venían a estrellarse a mis pies violentamente… un extraño temblor y una tentación inexplicable se apoderaron de mí. Me encontraba allí con los brazos extendidos hacia el abismo, acariando la idea de arrojarme en él. Sí, arrojarme y sepultar conmigo en su fondo mis dolores y sufrimientos…

Las desventuras del joven Wherther, Goethe

 

La atmósfera del salón a aquella alta hora de la noche era irrespirable. Las emanaciones de los cuerpos acumulados desde media tarde en tan reducido espacio, el humo del tabaco al que no había modo de dar salida ya que toda apretura de ventana al exterior está rigurosamente castigada, el polvo levantado cuando el barro de los pies de los visitantes consigue paulatinamente desecarse, los perfumes baratos, las toses repartidas en mil partículas esféricas y microscópicas, la brillantina chorreante de muchas cabezas masculinas constituían un fluido denso sólo a cuyo través erda dado admirar los cuerpos escultuririformes apenas velados por las vestimentas más inverosímiles y breves de las blancas de cuya trata era cuestión, apoyados en una de las largas paredes. Contrastando con el estruendo de la tumultuosa escalera y con la riqueza de elementos táctiles, aromáticos y visuales, un discreto silencio avergonzado daba un aire aún más litúrgico a la escena. El deseo mudo se expresaba en miradas casi de refilón, casi ocultas, casi disimuladas.

Tiempo de silencio, Luis Martín Santos.

Comentarios sobre Textos para talleres literarios: El espacio narrativo.

Si es que,,aquí se aprende siempre.

Un beso Aghata,

Gracias Lerna, ¿ todo bien? Espero...
Un beso.

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