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Textos para talleres literarios. El crepúsculo de los elfos. Jean Louis Fetjaine

por Aghata
viernes, 26 de septiembre del 2008 a las 18:39

El Crepúsculo de los elfos 

Introducción

Este es un texto más. Otro texto que sigue a la saga de éxitos como "El señor de los anillos", digamos que puede ser un fragmento típico que se sirve de  todos los parámetros del género fantástico. En este caso nos describe al rey de los enanos. Poco más se nos dice en este fragmento. Parece que va a ver una reunión entre diversas razas: hombres, enanos, elfos... aunque no sepamos el  porqué se ha convocado, únicamente sabemos dónde se va a celebrar y quién va ser el alma de la reunión: el rey humano.

La construcción del personaje enano requiere -como siempre- el respeto a las premisas estipuladas por el género: estatura baja, barba abundante, modales rudos, armadura pesada, forma de caminar ruidosa y petulancia ante los humanos. Además, de forma inmediata, el autor nos da el apodo o sobrenombre con el que es conocido por todos: Señor de las Montañas Rojas. También es proverbial que los enanos tengan muchísimos años, porque no pertenecen al mismo mundo que los humanos, o sea, que se rigen por otros parámetros diferentes.  Este rey había luchado codo a codo con el rey humano quien le había propuesto que permaneciese a su lado sentado en el Gran Consejo, como uno más. No obstante, el enano había rechazado la invitación ya que siempre había vivido - como sus antepasados- en las montañas. También se nos advierte sobre la enemistad que mantiene con el rey elfo, quien todavía no ha acudido a la reunión, por lo que ésta se aplaza hasta su llegada. De esa enemistad se ha hablado siempre, parece ser que se trata de una antipatía común, que aparece en muchas otras historias.

Se comenta también la descortesía del rey, al que no le gustan las fiestas de bienvenida. Los enanos no tienen don gentes, por eso no quieren participar en ninguna fiesta, ni siquiera las dadas en su honor. El rey prefiere permanecer en sus aposentos, bufando de ira, porque no ha llegado el rey de los elfos, parece impaciente. Lo único que le interesa es la naturaleza de la reunión.

Al final el narrador deja claro, que al rey enano no le gustan los humanos, ni aguanta que lo miren por encima del hombro. Es algo que no soporta. Aunque estos parezcan unos mastodontes, él no soporta que se acerquen, es mejor mantener las distancias ante su presencia para no irritarlos.  

Una vez descrito al detalle el personaje  el fragmento se cierra abriendo una serie de interrogantes, sobre un personaje que cobrará un papel importante en la historia: uno de los paladines del rey enano.

Poco se nos dice acerca del personaje, únicamente se atiende a algunos rasgos faciales que dejan entrever un coraje fuera de lo normal en un paladín. Además los paladines nunca penetran en la habitación de los reyes, se quedan custodiando la puerta. Pero en este caso el paladín entra tras el rey enano y se cierra la puerta a su espalda, como se cierra el fragmento.

Veamos los que haremos con este texto:

¿Cómo describiríamos al rey elfo, cuya tardanza posterga la reunión?

¿Cómo describimos al rey humano, atendiendo tanto a sus rasgos físicos como de carácter? Recordemos que estos rasgos deben entremezclarse, presentarse difuminados, para que nos den una idea cabal, pero no de todos los rasgos (como si fuera una descripción técnica), sino de aquellos que creamos determinantes en la historia.

¿Cuál es la causa que ha provocado la reunión? Inventémonos una.

¿Podemos introducir más personajes?  Imagina que otras razas, podrían llegar a esa reunión que parece de vital importancia y que no debe postergarse.

Una vez descubiertos los personajes principales propongamos una trama. Construyamos una historia que siga los parámetros del género pero siempre intentemos ser originales.

Si sabemos buscar una causa coherente (que no sea el ataque del Señor Oscuro, que ya está muy visto) podremos construir una historia con gancho, quizás  el inicio de una gran historia.


El crepúsculo de los elfos.

 

http://gaming.tendido-7.com/blog/imag/Ironbreaker04.jpg 

Bladwin era un enano muy viejo, en verdad.

Señor de las Montañas rojas desde hacia doscientos treinta años, muy pocas veces abandonaba ya su palacio subterráneo y aquel viaje resultaba penoso. Cabalgando por las calles lodosas y ya desiertas de la ciudad de los hombres del lago, entregadas por las noches a los perros, a los cerdos y a las aves de corral, pensaba también en los tiempos idos. Desde la lejana época de su primer encuentro, el príncipe Pellehun se había convertido en rey de Logres y señor del Gran Consejo de los Pueblos libres. Pellehun y él habían sido amigos, en las horas de las grandes batallas. Cuando el Señor negro había sido, por fin, rechazado más allá de las marismas y los montes desolados, tras tantas batallas, tantos muertos y tanta sangre, le había propuesto incluso quedarse con él en Loth y sentarse en el Gran Consejo. El enano lo había rechazado: vivir al aire libre, lejos de sus queridas montañas, le habría supuesto un excesivo sacrificio.

El chasquido de una contraventana le sobresaltó. Una mujer, asomándose, contempló con asombro al viejo enano de larga barba gris y vestiduras rojo sangre, montado en un robusto poney  y acicalando con joyas de oro de extrañas formas. El enano la miró con dureza, como si aguardara algo, y entonces ella parpadeó y retrocedió un paso.

-Señor...Que la paz sea contigo-farfulló, comprendiendo  finalmente con quién se las estaba viendo.

El enano sonrió, aunque el tamaño de su barba no permitió advertirlo, y dio un leve taconeo a su montura. Ante la ventana, abierta de par en par, de la casa humana, la escolta y el equipaje de Baldwin desfilaron lentamente, lanzaron brillos de oro ya cero en la calleja ya oscura.

Una fina lluvia comenzó a caer, mojando las barbas y las armaduras de cuero, cuando los enanos estaban llegando a la gran puerta de bronce del palacio. Miolnir, el caballero adalid del rey de los enanos, lanzó hacia delante su poney y golpeó hasta el cuerpo de guardia. Un hombre de armas,  de fatigados rasgos, tomó la enseña de  manos del jinete y golpeó por tres veces en un picaporte de metal, mientras los guardias se alineaban bajo la llovizna, de acuerdo con la costumbre cuando un príncipe se presentaba ante el Consejo.

 Las grandes puertas se abrieron casi al instante, cuando el pequeño grupo llegaba. Todos pusieron pie a tierra, a excepción de Baldwin al que le correspondía el privilegio de poder entrar a caballo en palacio.

Sin una mirada hacia la guardia de honor, con el rostro hosco, lanzó su poney hacia delante hasta el centro de la gran sala, dejando a su paso  las huellas lodosas de los cascos en las losas de piedra. Los guerreros enanos  de la escolta habían permanecido fuera y los criados se atareaban ya descargando de albardas las monturas. Tres caballeros que habían entrado siguiendo a su señor marchaban rodeando su montura, con la mano en la empuñadura de sus pesadas hachas de roble y hierro. Un cuarto enano le seguía, algo más atrás. Vestido de rojo y llevando las runas de Baldwin, mantenía la cabeza gacha, en una actitud de humildad que contrastaba con la altivez de sus compañeros. Armado simplemente con una corta daga, arma poco común entre los enanos, que prefieren machacar más que cortar, era de sorprendente talla para su raza, sacándoles, a los demás, la cabeza y los hombros. Su larga barba rojiza había sido introducida en su cinturón y llevaba en las muñecas unas pulseras de plata. Sus ojos eran casi invisibles bajo las enmarañadas cejas, pero quien  hubiese encontrado entonces su mirada, se habría estremecido. Pocas veces adoptan los enanos un aire dulce y amable, y fruncir el ceño es en ellos una expresión natural, pero éste tenía un rostro de una dureza realmente aterrorizadora.

Baldwin detuvo su poney y bostezó ostensiblemente, mientras los pasos apresurados del heraldo del rey Pellehun resonaban en la otra punta de la sala.

-Yo te saludo, señor- dijo arrodillándose ante el rey bajo la Montaña roja, e inclinándose lo bastante para ofrecerle su nuca (lo que exigía, en este caso, cierta flexibilidad del espinazo)

El heraldo volvió a levantarse y retrocedió distanciándose, como exigía la  etiqueta. La susceptibilidad de los enanos era proverbial y, por encima de todo, detestaban ser mirados de arriba abajo. Como los más altos de todos ellos apenas medían cuatro pies y los hombres- por muy baja que fuera su extracción- podían alcanzar seis pies y más, era esencial  evitar acercarse demasiado a un dignatario enano y dar la impresión de que te complacías dominándole.

-He avisado al rey Pellehun de tu visita, señor- prosiguió el hombre-. Y te ruego que vengas a compartir su comida. Hemos puesto a asar un buey. Habrá buñuelos, tortas y obleas con vino clarete. ¿O prefieres una sopa, para calentarte?

-Todo ello, pero en mi habitación- gruñó Baldwin-. Vendrás a buscarme cuando se reúna el consejo.

-Lamentablemente, señor, temo que no será antes de mañana. Sólo esta tarde hemos sido advertidos de tu llegada, y el rey Llandon está ausente.

http://img66.imageshack.us/img66/228/elfo16ft.jpg

Un gruñido hostil recorrió el grupo de los caballeros. Todos conocían a Llandon, rey de los altos-elfos y señor bajo el bosque de Eliandre, cuya autoridad se extendía, más o menos, a todas las comunidades élficas.

El heraldo no pudo evitar un parpadeo. Los enanos y los elfos no se querían demasiado, era incluso proverbial, pero aquel gruñido de cólera era de mal augurio.

-Está bien- dijo Baldwin descabalgando. Aguardaremos a Llandon... Además, es necesario que escuche mi mensaje. ¡Vamos¡

El viejo rey hizo un gesto con la mano para autorizar al hombre a abrir la marcha y, tras él, el grupo se puso en movimiento con un insensato estruendo que debió ensordecer, a su paso, a todos los ocupantes del palacio. "Estruendoso como un enano" era un dicho entre los hombres del lago, y los guerreros de Balwin parecían complacerse haciéndose más ruidosos aún, multiplicando los gruñidos, los choques de metal y el chirriar de las armaduras a cada uno de sus pasos.

Caminaron así hasta el ala que les estaba reservada, luego el heraldo se apartó, dejando que el señor penetrara en sus aposentos. Los tres caballeros se apostaron ante la puerta, apoyados en sus largas hachas, pero el cuarto, ante la gran sorpresa del hombre, cerro al señor de las Montañas rojas y cerró la puerta tras él.

 

El crepúsculo de los elfos, Jean Louis Fetjaine. Editorial Torre de Viento. José J. de Olañeta. Editor

El escritor Jean -Louis Fetjaine

Jean- Louis Fetjaine

Reconocido por la crítica del país vecino como uno de los estándares dentro del género fantástico, es uno de los autores que más prestigio internacional ha adquirido, gracias a su saga sobre los elfos, aunque su dedicación a la literatura fantástica no es exclusiva, la ha compartido con colaboraciones a diversos libros humorísticos y también con su labor como periodista. Por otra parte es un autor que conoce perfectamente cómo recrear la psicología y el tiempo en el que se inscriben sus personajes, ya que se licenció en filosofía medieval e historia. También ha sido aplaudido por sus álbumes ilustrados donde recrea el mundo de Faerie con una gran exactitud.

Destaca su capacidad para penetrar en la psicología de los personajes y dotarlos de la fuerza necesaria para sobrellevar las acciones, la adecuada caracterización de los espacios, acorde a la naturaleza de los personajes que viven en sus entrañas.

Veamos - por ejemplo- cómo describe el País de las sombras.

Scath era el territorio reservado del Gremio, un santuario custodiado por cien asesinos invisibles, un ejército entero de barbianes dispuestos a degollar al intruso lo bastante loco como para extraviarse sin escolta por aquel dédalo. La mayoría de las ciudades del reino tenían cortes de los milagros semejantes, pero el País de la sombra, dada la licencia que reinaba en la villa gnoma, no tenía igual. Y allí, los bandidos, piratas y malandrines de los cuatro puntos cardinales iban a ocultar su oro, protegidos por la ley del Gremio en aquellos cubiles miserables, vacilantes sobre sus cimientos y decorados como palacios desbordantes de terciopelos y de pieles de marta cebellina, de armas valiosísimas y cofres de perlas (...)

 

El autor ha reconocido el magisterio de Tolkien, pese a ello, en su obra, los personajes femeninos -por ejemplo- cobran mayor fuerza y son determinantes para el desarrollo de los acontecimientos ( Lliane); por otra parte, su historia cobrará un sentido más humanizado si cabe, al enlazarse con el personaje de Merlín, ganando en verosimilitud.

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Aghata

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Extenuada (arlequini)
Gracias amiga, eso sí que me va a venir bien: recargar energías, es estimulante......(01 dic)
Extenuada (arlequini)
Lo intento Lerna, pero ya sabes cómo es mi cabecita, siempre maquinando sin pararUn beso...(01 dic)
Extenuada (arlequini)
Vale, Luz... Descanso, estoy hecha un flan. El médico dice que ´debería volver a operarme, que han ......(01 dic)
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Sí Luci, mira ahora llega el cumple de María, 11 de Diciembre y ya se está frotando las manos. Le ......(01 dic)
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un beso aghata, que descanses y recuperes energias......(30 nov)

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