Textos para talleres literarios: El cotilleo
Lee detenidamente este pequeño artículo que critica los entresijos del cotilleo, esa fea costumbre que tenemos de sacar los trapos sucios de los demás. Es una fea costumbre, muy española. Lo que se te pide es muy sencillo. Quiero que te inventes una historia de lo más inverosímil sobre dos de las imágenes que te mostramos a continuación. Quiero que reconstruyas su vida, a tu imagen y semejanza. Debe ser una historia de esas que se prestan a todo tipo de murmuraciones, para que no desentone con el artículo. Debes mezclar las cartas, barajar todas las posibilidades que se te ocurran: debes hallar el punto de intersección idóneo para que la historia inventada se preste a la murmuración de los cotillas, pero al mismo tiempo sea factible, o sea, que podría haber sucedido. Después de escribir ese guión deberás contarla en clase, imaginándote que la estás contando a tus vecinos. Cualquier marco, puede servir para este propósito: el mercado, la peluquería, un partido de fútbol, el cine, la discoteca; elige el más adecuado y ponte manos a la obra.
El cotillero
Nunca sabes muy bien quién ha encendido la mecha ni el porqué, pero ésta sube como espuma. En el mercado, en la peluquería, en el trabajo. A la gente le gusta hablar y contar chismes de los demás, quizá creen que jugando a la quiniela con los problemas de los demás, evitan poner el dedo en sus yagas.
Cada día he de hacer malabarismos para huir de preguntas y demás puntillas. Vecinos jugando a detectives observan todos y cada uno de mis movimientos en busca de indicios que les ayude a formarse conjeturas; para chismear por ahí. Lanzan sus preguntas cual dardos que se clavan en mis ojos, acusándome antes de abrir la boca.
Luego, en el autobús se escucha las mil y una: que si fulanita está preñada o menganito se va a casar. Tal vez algunas de esas historias tengan fundamento, pero la mayoría se basan en sospechas que no tienen pies ni cabeza. Se te tacha de juerguista nato, de engreído o de sinvergüencilla sin apenas conocerte.
¡Qué se le va a hacer! Ya te han puesto una cruz y por más que intentes quitártela, no hay manera. Así es nuestro carácter, somos tercos y de ideas fijas: cuando se nos mete algo en la chaveta, no hay Cristo que nos lo quite. Y en el trabajo, otro tanto. Tienes un minuto y ya estás de cotilleo, como si trabajar fuese un pecado capital.
Algunas críticas son constructivas, ¡nadie lo niega!, pero otras te rodean, te acosan y nunca sabes quién soltó la piedra y escondió la mano. De hecho, si mezclásemos todos esos chismes que nos decimos los unos a los otros, sin preocuparnos del daño que provocamos, se podrían escribir culebrones con más miga que los que pululan por televisión. Sólo con cruzar las historias con imaginación, el cóctel resultante sería de aquí te espero.
Vuelvo a casa. Allí siguen las mismas vecinas. Están apelotonados en el rellano intercambiando todos los chismes que se han siseado por ahí. Repito la misma maniobra, viro con rapidez para que no vean cómo se mueve mi barco, cómo se menea mi propia vida. Entro en casa y tras cerrar la puerta, les observo por la mirilla. Los de siempre, pero qué estarán diciendo... quizá si entreabriera un poco la puerta podría enterarme. Asomo el pico disimuladamente. Lo que me temía...todos cotorrean a la vez y no entiendo nada.








Comentarios sobre Textos para talleres literarios: El cotilleo
un fuerte babrazo cielo.