Textos para talleres literarios: La comisura
La comisura
Déjate arrastrar por las sugerencias que trasmiten esta columna aparecida en el periódico El País. Quizá nunca te habías fijado en la comisura de los labios, quizá tú te has fijado más en los ojos, en las manos, incluso en los pies, antes que en la comisura. Pero ahora que has sentido el fogonazo, ahora es distinto. Subes al autobús, al metro, te sientas en el parque... observas. Fijas tu mirada en la comisura de uno de los transeúntes, en un pasajero que instantáneamente ha cruzado su mirada contigo, en el chico que está sentado enfrente o tal vez en esa señora que va de pie, cuyo aliento se ha pegado a tus entrañas. Retienes la comisura de sus labios en tu retina, retienes el aroma de su cuerpo, te fijas en sus manos, en los gestos... Cuando llegas a casa, la sitúas en un lugar que desconoces, en un territorio que nunca has explorado. Acotas un instante fugaz y creas una trama, te preguntas, le preguntas a dónde se dirige... Su comisura te ha mostrado parte de su interior, ahora tú debes construir el resto, pero recuerda... no es necesario que lo cuentes todo de ella, sugiere, traza, propón; lo que ocultas es una piedra preciosa que debe descubrir el lector.
De la mujer y del hombre miro siempre las manos, claro, pero también miro las comisuras, me fijo en ellas como si fueran la guía para saber por qué memorias transito, de qué humor proceden mis amigos, de qué piel nutren su cuerpo los que me vienen a ver.
La comisura habla más que el llanto y también habla más que las palabras; en su lugar se aloja la memoria del día, pero también está, con toda la pesadez de su recuerdo sin hilos, la vértebra del sueño; lo que pasó antes de dormir , lo que luego vino en la duermevela, el remordimiento, la bondad, el rencor, todo se sitúa en la comisura de los labios; el ser humano tiene en ese extremo del cuerpo de la boca el DNI con el que vive.
Le pregunté al maestro japonés por las consecuencias del dolor y convino en que el dolor no solo deja extrañeza y melancolía en el rostro, sino que aloja su tristeza en la comisura de los labios. La gente insiste en pensar que todo está en la mirada: los ojos siempre ocultan, porque son sabios y son pícaros, saben dejar en silencio la mayor parte de lo que pasa en la memoria del cerebro. La comisura es la única parte pública del cuerpo que no engaña.
Las manos tienen una sinceridad involuntaria, pactan con el otro un tacto, se estrechan, sudan, se quedan a medias en el abrazo, y a veces penden en el aire, precisamente cuando se produce entre los que protagonizan el encuentro lo que todos llamamos encontronazo, que es precisamente lo contrario del encuentro. En la comisura está la sinceridad verdadera, es la caja negra del cuerpo a cualquiera hora del día o de la noche; y ahí se verifican la melancolía, la rabia, la hipocresía, el rencor o el rechazo y también se ve o se percibe la felicidad chiquita de los que recuerdan que, cuando niños, notaban en ese frescor espontáneo de la saliva débil la esencia de lo que empezaba a ser un bello sueño.
La comisura es la explicación de la vida. Es la parte que nadie puede ocultar, porque es el rasgo de la cara donde se depositan los restos del alma, la aduana secreta de las palabras.
Juan Cruz



