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Textos para talleres literarios

por Aghata
domingo, 13 de septiembre del 2009 a las 20:17

Veamos cómo te desenvuelves en estas dos situaciones. La primera pertenece a la novela El asno de oro de Apuleyo y cuenta las aventuras y desventuras que vivió el joven Lucio, cuando se vio transformado en asno por su aficcion a la magia. Te presentamos justamente esa escena. Lucio, le pide a su amada Fotis que le ayude a vivir esa experiencia al ver cómo Pánfila se metamorfosea en búho. Para su desgracia, su joven cómplice se equivoca de cajita y, se embadurna con un ungüento equivocado. El resultado es fatal. Convertido en asno, la joven, que sabe el remedio para volverle a su estado primigenio, lo conduce al establo. Pero unos ladrones entran en él, y tras robar, se llevan al caballo y a él y a la otra acémila. Lo que te pido es muy sencillo, ponté en su propia piel e inventa una continuación. En primer lugar debes narrar con tus propias palabras la inesperada transformación; seguidamente, debes sentir la vergüenza y la humillación de la nueva situación e imaginad lo que van a hacer los ladrones: a dónde se dirigirán…dónde se halla su guarida, con quién se toparan. A partir de ahora vives en una angustia continua, tu única esperanza es hallar el modo de escapar de tus captores, idear un plan para zafarte de ellos y volver a tu estado primigenio.

 

 (…) En torno a la primera vigilia de aquella noche, me condujo ella misma de puntillas, sin hacer el más leve ruido, hasta el tomasol, y me invitó a mirar por una rendija de la puerta lo que estaba preparando. Pánfila se había quitado toda la ropa, y estaba sacando de un arcón cerrado unas cuantas cajitas de madera. Abrió una de la que sacó ungüento con el que se embadurnó toda ella de pies a cabeza con las manos. Luego, mientras decía ciertas palabras dirigiéndose al candil, como hablando con él en secretó, agitó con trémula cadencia los brazos, y a medida que los agitaba suavemente, fueron brotándole suaves plumones primero; luego le crecieron recias plumas, se le endureció la nariz aguileña y se le aceraron las uñas: Pánfila se había convertido en un búho que, lanzando un graznido lastimero, se puso a dar saltos para probarse las fuerzas, y se echó luego a volar de un salto, con las alas abiertas.

Sí ella se había transformado por su voluntad con artes mágicas, yo, sin que se me cantara ninguna salmodia, estaba tan sobrecogido de estupor por lo presenciado, que me parecio ser cualquier cosa excepto Lucio: fuera de mí, atónito hasta la locura, soñaba despierto. Al volver en mí, cogí a Fotis de la mano, y le dije acercándomela a los ojos.

-Ahora que se me pinta ocasión propicia, te suplico que me permitas poner a prueba el amor que me profesas: por tus pechos, dulce miel, has de untarme con el mismo ungüento, y tómame después por tu esclavo para siempre por ese impagable favor: haz  que convertido en otro Cupido alado, te atienda como a mi Venus.

-¡Ay de mí!- concluyó ella- ¡Qué zorro estás hecho! ¿Qué quieres? ¿Que me quebrante las piernas  con un hacha? Si sin recursos  como estás puedo apartarte de esas lobas tesálicas,

¿ cuándo y dónde volvería a verte si te pusiera alas?

-¡Lejos de mí la indignidad de ingratitud!- le respondí- ¿ o es que crees que, aunque surcara los cielos volando con el orgullo del águila, como mensajero del supremo dios Júpiter, o de su feliz escudero, no habría de volver a mi nido después de saboreear mi alada dignidiad? Yo te juro por ese dulce trenzado de tus cabellos con que me ganaste el alma, que no quiero a nadie más que a  mi Fotis. Además se me ocurre que cuando asumiera la forma de un ave, tendría que evitar cualquiera de esos amoríos, porque, ¿cómo iban a disfrutar las matronas de un amante que tiene el atractivo brillante de un búho? De esas aves nocturnas todos sabemos que  cuando se les ocurre meterse en alguna casa, se las suele cazar y clavarlas en la puerta, para que paguen con su tortura los malos agüeros que suelen atraer freucuentemente sobre las familias con sus infaustos vuelos. Y por fín – que casi me olvido de preguntártelo-: ¿qué es lo que tengo que hacer o decir para despojarme de las plumas y volver a ser Lucio?

- Por este lado puedes estar tranquilo- respondíome- . Porque mi señora me ha enseñado cómo se puede volver a un ser humano a partir de cualquier otra forma. Y no te creas que ha hecho por bondad, sino para que pudiera darle el remedio necesario cuando ella regresara. Observa ahora lo corriente que son las hierbas que se utilizan para esto: un poco de eneldo con hojas de laurel en maceración con aguna de una fuente, un bebedizo o un baño, cobran tran grande prodigio.

Aunque estaba  temblando mientras me decía esas cosas entró en el tomasol y sacó la cajita  del arcón,  a lo  que respondí con un abrazo y un beso. Y después de las invocaciones para que se me otorgaran vuelos propicios, me despojé en pocos segundos de toda la ropa, cogí ávidamente una buena cantidad de ungüento con la mano, y me lo extendí por todo el cuerpo. Empecé a batir los brazos como un pájaro, pero no aparecían los plumones ni las plumas, sino que empezaron a endurecérseme los pelos como cerdas, se he fue convirtiendo la delicada piel en cuero, los dedos de las manos y los pies se confundían en una sola uña, y me salió una larga cola por la rabadilla. La cara se me hizo enorme; me creció la boca, se me abrieron las narices; los labios se me pusieron pendulantes; las orejas aumentaron desproporcionadamente su tamaño y se me llenaron de pelo. En fin: en nada encontraba consuelo a mi desafortunada transformación, excepto en que, aun no pudiendo intimar entonces con Fotis, también me crecían desmesuradamente los atributos de mi masculinidad. Cuando llegué a la evidencia de que mi cuerpo no se había transformado en ave, sino en un acabado asno, intenté reprocharle a Fotis su equivocación, pero al verme privado de los gestos y la voz humana, no me quedó otra salida que dejar pendulante el labio inferior en protesta silenciosa, mientras la observaba de reojo con mirada llorosa. Ella, al verme en semejante situación, exclamó al tiempo que se golpeaba la cara con las manos:

-¡Desgraciada de mí! ¡Muerta soy! Con el nerviosismo, las prisas y el aturdimiento que llevaba, me he equivocado de caja; y es que son prácticamente iguales. Pero bueno. El remedio a esta transformación es más asequible, porque en cuanto mastiques unas rosas dejarás de ser asno para ser otra vez mi Lucio. Ojalá esta tarde hubiera seguido mi constumbre de traer unas guirnaldas, y así no hubieras tenido que esperar ni una sola noche. Pero en cuanto amanezca  me cuidaré yo de que tengas a punto la medicina.

Así se lamentaba Fotis de lo sucedido, yo, por mi parte, aunque era una perfecta acémila – de ninguna manera Lucio-, conservaba el entendimiento de hombre. Durante un buen rato estuve dudando entre matar a aquella estúpida mujer a coces o a mordiscos, pero, pensándolo mejor, creí que era una temeridad excesiva no fuera a suceder que, castigando a Fotis, se volatizaran las únicas posibilidades de salvación. Así que humillé la cabezota, sufriendo en silencio la angustiosa afrenta de ser compañero de aquel excelante caballo que me había traído y allí mismo me encontré con el asno de mi antiguo huésped Milon.

Yo creía que, habiendo una natural y tácita comunicación entre los animales desprovistos de habla, aquel mi caballo, movido por el reconocimiento y la consideración, habría de cederme el lugar preeminente. Pero, ¡ por Júpiter hospicial! ¡Secretos arcanos de fidelidad! Aquel caballo mío había hecho causa común contra mí con el asno, hasta el punto de que, temiendo por mi ración de pienso, en cuanto veía que me acercaba al pesebre, me perseguïan a viva coz con las orejas gachas, con que opté por alejarme lo más que me pude de aquella cebada que yo mismo le había echado a mi agradecido esclavo con mis propias manos. Quebrantado y relegado a la soledad, me retiré a un rincón del establo, reflexionando sobre la solidaridad de los colegas, sin poder dejar de darle vueltas a la venganza que debería tomar de tan pérfido animal al otro día, con el retorno  a mi ser de Lucio gracias a las rosas, cuando me di cuenta de que en el pilar que aguantaba las vigas del establo, a mieda altura, había una hornacina de la diosa Epona que había sido adornada hacía bien poco con una guirnalda de rosas. Con las esperanza puestas en el conocido remedio de mi salvación, estiré cuanto pude las patas delanteras, el cuello y los labios, poniendo el mayor esfuerzo en llegar a las guirnaldas. Pero, para mi desgracia, cuando estaba a punto de conseguirlo me vio el encargado del cuidar los caballos; se levantó indignado y dijo:

-¿Hasta cuándo habremos de soportar a este castrón y su obsesión, primero por la comida del caballo, y ahora por las imágenes de los dioses? A este sacrílego le voy a dejar cojo; lo voy a copar. Y se puso a buscar alguna herramienta, pero encontró sólo un haz de leña, de la que cogió una buena rama, la más gruesa que encontró, y empezó a sacudirme, pobre de mí, hasta que se oyeron alarmantes ruidos de porrazos y golpes en las puertas, juntamente con un gran alboroto y griterío de vecinos, de lo que dedujo que llegaban ladrones y huyó aterrado. En poco rato lo invandió todo una cuadrilla de gente aguerrida, después de ehcar abajo las puertas y se organizaron facciones armadas para hacer frente a los que llegaban por todos lados. Provistos de teas encendidas, iluminaban la noche con tal brillo que, en ausencia del sol, el fuego y las espadas se adueñaron del recinto. Llegaron por fin al granero, construido en los medios, y protegido con grandes aldabas, pero partieron las puertas en dos con unas enormes hachas: y es que allí estaban, precisamente, las riquezas de Milón. Lo saquearon, enfardaron lo que les pareció de valor y se lo repartieron a toda prisa; pero lo que querían llevarse  excedía en mucho la fuerza de los portadores; y fue entonces cuando nos sacaron del establo al caballo y a los dos borriscos para transportar la mayor cantidad posible; así que nos cargaron unos fardos más que pesados, y nos obligaron a salir de casa, vacía ya, a palos. Solo dejaron  a un compañero para que se enterara de la marcha de la investigación del robo; a nosotros nos llevaron a todo correr, a puta de vara, por los inaccesibles caminos de los montes.

 

El asno de oro, Apuleyo

Ed. Cátedra, Letras Universales.

 

 

El segundo fragmento pertenece a  unas de las novelas más celebradas por niños y adultos, Pinocho, de Collodi.  La transformación es exactamente la misma.  Los dos amigos, Mecha y Pinocho descubren primero que ambos tienen unas grandes orejas de burro y se echan a reír.  Pronto las lágrimas se transforman en llanto. Sus cuerpos se metamorfosean en burros, intentan hablar, pero sólo emiten rebuznos.  Entonces aparece el Hombrecillo del carro y tras cepillarlos y lustrarlos adecuadamente, se dirige al mercado con la sana esperanza de obtener un buen pellizco por su venta.  Pinocho es vendido al Director de una compañía de payasos y titiriteros, mientras que Mecha, su amigo, es adquirido por un labrador.  Debes pues continuar la historia en ese momento climático.  Debes ponerte en la piel de los dos muchachos para relatarnos lo que sucede a continuación. Entrométete en la mente de los chicos, e intenta transcribirnos lo que piensan: quizá no sean conscientes de cómo ha sucedido todo, pero es evidente que están avergonzados y se sienten infelices:  el mundo de felicidad ( el País de los Juguetes) ha resultado una bufonada, una trampa cruel,  a ahora deben asumir  las consecuencias de sus actos,  atrapados en el cuerpo de un burro, vendidos al mejor postor y obligados a trabajar. Ni siquiera pueden protestar o quejarse, porque si lo hacen emiten rebuznos.

 

(…) Y entonces acaeció lo que parecía increíble de no haber sido cierto. Ocurrió que cuando Pinocho y Mecha se vieron aquejados ambos por la misma desgracia, en vez de sentirse mortificados y doloridos, empezaron a agitar sus orejas desmesuradamente grandes y, tras hacer mil muecas, acabaron con una sonora carcajada.

Y rieron, rieron, rieron hasta más no poder; pero, en lo mejor de las risas, Mecha se detuvo de repente y, tambaleándose y cambiando de color, dijo a su amigo:

-¡Socorro, Pinocho, socorro!

-¿Qué te pasa?

-¡Ay de mí! ¡Que no puedo sostenerme sobre las piernas!...

-Ni yo tampoco- gritó Pinocho llorando y tambaleándose.

Y mientras así hablaban se doblaron a cuatro patas y, caminando con las manos y los pies empezaron a dar vueltas y a correr por la habitación. Y mientras corrían, los brazos se convirtieron en patas, sus caras se alargaron y se convirtieron en hocicos y sus espaldas se cubrieron de un pelaje gris claro con pintas negras.

Pero, ¿sabéis cual fue el peor momento para aquellos dos desventurados? El peor momento y el más humillante fue cuando sintieron que detrás empezaba a despuntarles el rabo.

Abrumados entonces por la vergüenza y el dolor, trataron de llorar y lamentarse de su destino.

¡Nunca lo hubieran hecho! En vez de gemidos y lamentos, lanzaban rebuznos asnales, y, rebuznando sonoramente, hacían los a coro: i-a, i-a, i-a.

Entonces llamaron a la puerta, y una voz desde fuera dijo:

-¡Abrid! ¡Soy el Hombrecillos, soy el cochero del carro que os trajo a este país. Abrid en seguida o ¡pobres de vosotros!

Viendo que la puerta no se abría, el Hombrecillo la descerrajó con una violentísima patada y, entrando en la habitación de Pinocho y Mecha, les dijo con su habitual sonrisa:

-¡Buenos días! Habéis rebuznado tan bien que os he conocido por la voz. Por eso he venido.

Ante tales palabras, los dos borriquillos quedaron muy mohínos, con la cabeza gacha, las orejas bajas y el rabo entre las patas.

Al principio el Hombrecillo los alisó, los acarició y les dio unas palmaditas; después sacó la almohaza y empezó a cepillarlos bien.

Cuando, a fuerza de limpiarlos, los dejó brillantes como espejos, les puso la cabezada y los llevó a la plaza del mercado con la esperanza de venderlos y sacarse una buena ganancia.

En efecto, los compradores no se hicieron esperar.

Mecha fue adquirido por un labrador, a quien el día anterior se le había muerto  el borrico, y Pinocho fue vendido al Director de una compañía de payasos y titiriteros , el cual lo compró para amaestrarlo y hacerlo luego saltar y bailar con los demás animales de la compañía.

¿Habéis comprendido mis pequeños lectores, cuál era el oficio de aquel Hombrecillo? Ese hombre monstruo, que tenía una fisonomía de leche y miel, recorría de vez en cuando el mundo con su carro; con halagos y promesas iba recogiendo por el camino a todos los chiquillos holgazanes, que se aburrían con los libros y la escuela; y tras haberlos cargado en su carro, los llevaba al <<País de los Juguetes>>, con el fin de que pasaran allí todo el tiempo en juegos, algaraza y diversiones.

Después, cuando aquellos pobres ilusos, a fuerza de jugar siempre y de no estudiar jamás, se convertían en borricos, entonces, alegre y contento, se apoderaba de ellos para venderlos en ferias y mercados. Y así, en pocos años, había hecho mucho dinero y se había convertido en millonario.

Las aventuras de Pinocho, Collodi.

Círculo de Lectores S. A.

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Comentarios sobre Textos para talleres literarios

pasé a saludarte y a contagiarme de tu serenidad bella.........

mil besos¡¡

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Aghata

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Extenuada (arlequini)
Gracias amiga, eso sí que me va a venir bien: recargar energías, es estimulante......(01 dic)
Extenuada (arlequini)
Lo intento Lerna, pero ya sabes cómo es mi cabecita, siempre maquinando sin pararUn beso...(01 dic)
Extenuada (arlequini)
Vale, Luz... Descanso, estoy hecha un flan. El médico dice que ´debería volver a operarme, que han ......(01 dic)
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Sí Luci, mira ahora llega el cumple de María, 11 de Diciembre y ya se está frotando las manos. Le ......(01 dic)
Extenuada (guiomar)
un beso aghata, que descanses y recuperes energias......(30 nov)

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