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Mentiras vitales
La capacidad de falsificar la realidad a nuestro alrededor con el fin de camuflar verdades lastimosas, intolerables o humillantes, es una cualidad única de los seres humanos. Los hombres y las mujeres, mayores y pequeños, a menudo nos engañamos, contamos mentiras para poder superar sueños devastadores, neutralizar golpes implacables o justificar comportamientos reprochables. Estos embustes persuasivos son de gran utilidad en los momentos de prueba que nos depara la vida. hay verdades que atentan contra imagen, nuestra esperanza o nuestro entusiasmo. El autoengaño nos permite evadirlas, ocultarlas o incluso olvidarlas.
La distorsión de la realidad tiene como misión preservar nuestra estabilidad emocional y social. Nos ayuda a conservar la autoestima y facilita la adaptación y la supervivencia. Sirve de salvavidas a la hora de mantener el sentido de seguridad ante condiciones internas o externas adversas que nos amenazan o nos traumatizan: la ansiedad del fracaso, la desilusión de uno mismo, la humillación pública, o incluso el miedo a la muerte.
Muchos animales utilizan tretas engañosas con el fin de confundir a sus enemigos de fauna y mejorar así sus posibilidades de conservación. Por ejemplo, los zorros en peligro simulan estar muertos para prevenir ser atacados. Algunas serpientes inofensivas exhiben la pigmentación de culebras venenosas y reciben un respeto inmerecido. Sin embargo, mientras estos impostores del reino animal probablemente son conscientes de su verdadera identidad y de sus limitaciones los humanos engatusados por nuestras propias aspiraciones, nos creemos nuestros cuentos. Tendemos a dar por ciertas nuestras distorsiones de los hechos y acabamos aceptándolas como si fueran verídicas. ¿Quién no conoce alguien sinceramente convencido de que los argumentos que escenifica a diario o las virtudes que aparenta, lejos de representar simples papeles, reflejan la objetiva realidad? Las personas interpretamos el mundo según nuestras necesidades, expectativas y deseos. Tenemos una gran propensión a optar por explicaciones ventajosas, por ilusorias que sean. Precisamente, la profunda aversión que desde muy pequeños sentimos hacia nuestras debilidades y el menosprecio de los demás, junto con la necesidad de sentirnos invulnerables, explica la propia competencia y los fracasos al destino o a circunstancias que están fuera de nuestro control.
La negación de la evidencia dolorosa es posible porque no es un tronco consciente ni premeditado, sino que lo elaboramos sin darnos cuenta dentro de ese sector de la mente que constituye nuestro inconsciente Sigmund Freíd describió varias tácticas para evadir la dura realidad, a las que llamó mecanismos de defensa. Entre las más populares resaltan la proyección, la racionalización y la sublimación.
La más importante de todas es la represión. Esta maniobra mental consiste en excluir de la memoria y de la conciencia y enterrar en el olvido impulsos, ideas y sentimientos que consideramos inaceptables. Con la ayuda de este ardid, las personas sacrificamos la percepción correcta de la realidad, a cambio de sentirnos seguros. Aunque los efectos no son siempre beneficiosos, ya que la negación de un peligro real puede ser la causa de que no nos protejamos.

La imparable evolución del ser humano y los frutos del progreso favorecen la apreciación cada vez más aguda de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Cada día conocemos más y sentimos la vida con más intensidad. Al mismo tiempo, la mayor complejidad de nuestra existencia genera penosos conflictos, ansiedades y dilemas. Bajo estas condiciones, un mundo sin autoengaño seria invisible. Por eso, todos fabricamos mentiras vitales, historias que nos contamos a nosotros mismos y a los dioses, unas veces para sobrevivir, y otras, simplemente para alegrar nuestra experiencia.
Luís Rojas Marcos
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