La poesía de Bécquer
Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Era hijo de un pintor, José Domínguez Bécquer y de Joaquina Bastida. El poeta adopta desde el principio el apellido Bécquer, al igual que hizo su padre, apellido que procedía de una noble familia de comerciantes de origen flamenco. Su corta vida ( murió a la edad de 34 años) estuvo plagada de penalidades y sufrimientos. Pronto sus hermanos y él se verían privados del calor de sus padres. La horfandaz debió de ser un duro golpe para un niño que había ingresado con tan sólo diez años el Colegio de Náutica.
Del niño pasaría a hacerse cargo su madrina, Manuela Monahay, mujer de cierta sensibilidad literaria y en cuya biblioteca, Bécquer descubriría a los románticos alemanes. El adolescente se inicia como pintor, pero ya su tío le pronostica su suerte : «Tú no serás nunca un buen pintor, sino mal literato». El joven, desorientado, se traslada a Madrid con un ferviente deseo: triunfar en la literaria. Para ganarse la vida, escribe en colaboración con algunos amigos comedias y zarzuelas, adoptando el seudónimo de Gustavo García. En ellas ya se satiriza el ambiente burgués, tan contrario a sus inquietudes literarias o al ambiente bohemio que frecuentaba. Mientras lee con fervor a Byron ( Hebrew Melodies) o Heine ( Intermezzo).
Sin embargo, nuevamente la vida le juega una mala pasada. En 1857 aparece la tuberculosis que tendría fatales consecuencias. Desempeña un cargo modesto en la Dirección de Bienes Nacionales, pero lo pierde y poco a poco se desilusiona. En 1858 conoce a Joséfina Espin, una bella joven de ojos azules. Bécquer la cortejaría con entusiasmo, hasta que apareció la que sería su musa, la hermosa cantante de ópera, Julia Espin, hermana de la anterior. Para él, sólo el amor le proporcionaba la felicidad. Ella se convierte en su inspiración, aunque no será correspondido, porque a ella le disgusta su vida bohemia, tenía mayores aspiraciones. Posteriormente viviría una relación pasional con Elisa Guillén que se convertiría en su amante. También ella se cansó de él. El poeta se sumiría en la desesperación ante este nuevo desengaño, que lo conduce a casarse sin una meditación previa con Casta Esteban, que le daría dos hijos, pero con la que no sería feliz. En 1860 publica Cartas literarias a una mujer, obra que le sirve de reflexión y donde explica el sentido de las Rimas, que ahondan en lo inefable.
Consigue un puesto de redactor en El Contemporáneo, gracias a su amigo Rodríguez Correa. Su cometido es la redactar las crónicas de los salones, la política y la literatura. Gracias a este puesto, mantiene a su familia y se anima a seguir publicando. Pero el fantasma de la enfermedad no lo abandona y, cuando en 1863 sufre una recaída, y pese a que se restablecería, decide marchar a Sevilla con la familia. Pero este traslado provoca desavenencias con su esposa. Casta no soporta las continuas visitas de su hermano Valeriano y el matrimonio comienza a resquebrajarse.
Nuevamente la mediación de un amigo le allanaría el camino de sus desvelos económicos. Gracias a González Pravo, consigue el puesto de censor de novelas en 1864 y vuelve a Madrid. Se trata de un trabajo que desempeña hasta 1868, una fecha aciaga dentro de su calendario. Su mujer le es infiel y su libro de poemas desaparece en los disturbios revolucionarios. El poeta huye a Toledo y allí permanece un tiempo breve. Las habladurías surgen cuando Casta da a luz un tercer hijo, puesto que la gente asegura que no es hijo de Bécquer, sino de su amante. Pese a la cruda realidad, los esposos mantienen el contacto por carta, aunque ya relación está rota. En 1870 se traslada a Madrid, para dirigir el periódico La Ilustración de Madrid, fundado por Eduardo Gasset. Está ilusionado pues su deseo es que su hermano Valeriano trabaje con él, como dibujante. Pero su hermano muere en septiembre y él, sumido en una profunda desesperación, no puede soportar sus continuas desgracias. Bécquer fallece el 22 de diciembre del mismo año. Mientras agoniza pide a su amigo Augusto Ferrán que queme sus cartas ya que éstas ocasionarían su deshonra. Sin embargo, desea que se publiquen sus versos y que se cuide de su familia. Sus amigos realizarían una versión de las Obras completas, que saldría a la luz al poco tiempo: en 1871. Sus restos y los de su hermano serían trasladados en 1913 a Sevilla.
Obra
La poesía de Bécquer surge en el periodo de efervescencia del Realismo, cuando ya el Romanticismo se veía como algo caduco, pasado de moda. Bécquer reabre el bastión romántico, pero lo hace usando nuevos cauces de expresión, de ahí que se diga que es un romántico rezagado.
Su poesía bebe de diversas fuentes, entre las que destaca el magisterio de la lírica alemana, su gusto por el poema breve, que huye de la grandilocuencia romántica. El poeta se siente totalmente fascinado por Heine, que hace un acerado retrato de la amada, pero también siente el fluido del poeta romántico Byron en diversos poemas, como cuando menciona el arpa o nos dibuja el sometimiento a esa "pupila azul".
El poeta beberá además de otras fuentes, en ese deseo de fluidez versal, en ese acercamiento a la desnudez poética. La sencillez, la espontaneidad, la rima asonante, popular se instalan con naturalidad en un estilo del que que apenas notamos el artificio. Pero lo verdaderamente fascinante de esta poesía es su colorido íntimo. Al suprimir la anécdota romántica, se intensifica la sugerencia, el verso se abre y se llena de resonancias. Machado, Rubén, Juan Ramón, los poetas del 27, todos se han sentido en mayor o menor medida, atraídos por “este himno gigante y extraño”.
En realidad, como él mismo pareció pronosticar, la fama no le llegaría en vida. El manuscrito original no llegó a publicarse porque se perdió en un incendio. De hecho, Bécquer volvería a reescribir su obra en 1868 cuando escribe el Libro de los gorriones. Consigue recomponer de memoria 79 rimas, encabezándolas con una declaración poética. Serían sus amigos los que se afanarían en la publicación de la primera edición de las Rimas, obra que saldría a la luz en 1871 y que seguiría un criterio temático.
Los temas que abordan las rimas son archiconocidos:
-Las rimas I-XI abordan el tema de la “creación poética”. El poeta es consciente de la lucha titánica que ejerce el poeta, para encontrar los moldes, el lenguaje que sirva de mecanismo de expresión de ideas y sentimientos.
Esta batalla requiere temple, una capacidad especial que proporciona la inspiración y que consigue un poeta que siente como nadie el ruido de las cosas y del mundo que le rodea. La poesía tiene vida propia y esta vitalidad se materializa en la naturaleza, en la mujer, en el misterio. El poeta debe tener la suficiente pericia para captar los motivos y revivirlos: motivos que se cruzan con los sentimientos que provoca el amor de una mujer, primer eslabón de esa cadena.
El estudio temático es bastante sencillo.
Las rimas XII- XXIX - se centran en el anhelo de lo ideal. No se identifica a la mujer con un personaje concreto, sino que se trata de una imagen incorpórea, intangible, o sea, inalcanzable. Es la mujer soñada, el ángel delicado de belleza alabastrina ( rubia, pálida, de ojos azules). Puesto que no es un ser tangible, la comunicación establecida no es carnal, sino espiritual: el poeta busca la fusión fugaz de dos almas, a través de gestos muy cotidianos: una mirada, un suspiro, un beso.
Pero el Bécquer de la vida real sentiría el desengaño hasta en la médula y ese desengaño aparece ya en el corpus de rimas que abarca de la XXX a la LI. Ahora ya no es un amor idealizado, ahora la amada es un ser tangible, corpóreo. El desengaño está provocado por la ruptura de los amantes. Esa ruptura puede surgir por varios hechos: la incomunicación, la infidelidad de la amada o el propio orgullo que crea una barrera que los separa. El dolor conduce al poeta a culpar a la amada, le increpa y le reprocha su actitud. El resentimiento puede alcanzar tonos irónicos, hasta sarcásticos; sin embargo, también tienen cabida en estos versos, la evocación nostálgica e incluso el consuelo cruel al observar su sufrimiento.
Por último, los versos que abarcan el periodo compuesto por las rimas LII- L XXXVI, nos presentan a un Bécquer que juega con el hilo de la vida, pues presiente el helor de la muerte. El vacio es tan grande en ocasiones que ansía el antiguo dolor ya desterrado, pero al menos, símbolo fehaciente de que uno sigue vivo .A veces se contradice, y se queja del tormento que provoca en su débil alma el tormento de los recuerdos. El poeta se debate ante la muerte: se trata de una lucha sin esperanza: ora teme a esa enemiga cruel que le arrebatará el aliento, ora, acepta la paz, como un bálsamo, la última cura para una vida de sufrimiento.
En cuanto al estilo, su poesía se desnuda, estableciendo un pulso certero con el ritmo para dotar a los versos de la musicalidad necesaria.
Bécquer logra capar los motivos, suprime la anécdota y refuerza las sugerencias. Puede parecer una poesía sencilla o simple, pero lo cierto es que el trabajo depurador es excelente. Utiliza las herramientas apropiadas para lograr el efecto deseado y la emoción contenida: paralelismos y anáforas, se convierten en parte intrínseca de la composición, en medios eficaces para lograr la tonalidad y el ritmo apropiado. El carácter ascendente de las composiciones es evidente y suelen cerrarse mediante exclamaciones o preguntas retóricas, donde reside el núcleo climático.
El poeta utiliza otros recursos estilísticos: antítesis apropiadas para el tratamiento del desengaño amoroso; enumeraciones de imágenes para describir a la amada, al poeta o la relación vista a través de su mirada emocionada. El magnetismo que provoca su lectura en el lector es innegable, las resonancias se multiplican.
En los poemas se evidencia el yo y el tú de la amada. Ese yo adquiere un carácter enfático y se convierte en la voz de su mundo interior. El yo lírico e dirige a un tú o a ella, una amada generalmente ausente, la incomunicación, la tensión es crucial. En ocasiones nos retrata lo inaprensible de esa comunicación, porque la amada es inalcanzable; en otras, se ha producido una ruptura y, por lo tanto, ya no queda espacio para la comunicación. Pero ese tú también dialoga con el difícil oficio del poeta,e incluso, dialoga con cada uno de sus lectores.
En cualquier caso lo característico es la desnudez conceptual que multiplica las resonancias sentimentales a traves, por ejemplo, del uso de los puntos suspensivos que facilitan la vaguedad, hasta conseguir el punto máximo de intensidad expresiva.
El poeta huye del énfasis seleccionando los adjetivos, únicamente aparecen aquellos imprescindibles, los conocidos epítetos constantes, que resaltan las cualidades intrínsecas del sustantivo: vago fantasma, ángulo oscuro, sombra aérea.
La sintexis sencilla, se amolda al verso. Huye siempre del hipérbaton alambicado y sólo lo emplea eficazmente cuando el sentido de éste es trasparente.
Finalmente observamos un uso de imágenes inteligente: metáforas y comparaciones transparentes, puesto que la relación que se establece entre los términos es de fácil asimilación.
Los términos se circunscriben al campo semántico de lo inefable, lo evanescente, lo que es difícil de aprehender: luz ( aura, rayo), oscuridad ( nube, tinieblas), niebla (bruma, nube), sonidos ( rumor, suspiros), formas vagas ( siluetas, visión), etc.
La musicalidad es evidente. El poeta busca los efectos sensoriales a través de la polimetría, la rima, el ritmo o las aliteraciones. Los versos se combinan de diversas formas ( pentasílabos, heptasílabos, octosílabos, endecasílabos, etc.); todos ellos se despliegan en estrofas de cuatro versos, romances, serventesios, pie quebrado, etc. Se acopia del dodecasílabo y del heptasílabo o usa la silva arromanzada. Se trata de procedimientos innovadores y de ahí el magisterio posterior de su obra. El ritmo es excelente: la asonancia de los versos impares, el abundante encabalgamiento y los paralelismos trasmutan un poema desnudo en una fuente inagotable de emociones, que lo visten con un traje invisible, que completa un lector, conmovido. Así Bécquer abre el camino a posteriores estéticas: simbolistas, modernistas, autores del 27… todos se han asomado al gran poeta, todos han intentado mimar su propio estilo, buscando el secreto de su innegable valía, de su verso desnudo e irrepetible.
Intentemos hallar ese secreto escuchando sus propias palabras:
Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.
Las rimas
I
Yo sé de un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora,
y estas páginas son de ese himno
cadencias que el aire dilata en las sombras.
Yo quisiera escribirle del hombre,
domando el rebelde, mezquino idioma,
con palabras que fuesen a un tiempo
suspiros y risas, colores y notas.
Pero en vano es luchar, que no hay cifra
capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!,
sí, teniendo en mis manos las tuyas,
pudiera al oído, cantártelo a solas.
II
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
y que no sabe dónde
temblando se clavará;
hoja que del árbol seca
arrebata el vendaval,
sin que nadie acierte el surco
donde el polvo volverá;
gigante ola que el viento,
riza y empuja en el mar,
y rueda y pasa, y se ignora
qué playa buscando va;
luz que en cercos temblorosos
brilla próxima a expirar
y que no se sabe de ellos
cuál el último será;
ese soy yo, que al acaso
cruzo el mundo sin pensar
de dónde vengo ni a dónde
mis pasos me llevarán.
IV
No digáis que agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira,
podrá no haber poetas, pero siempre
habrá poesía.
Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!
Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad, siempre avanzando,
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!
Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían,
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila,
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Mientras haya unos ojos que reflejan
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!
XIII
Tu pupila es azul y, cuando ríes,
su claridad süave me recuerda
el trémulo fulgor de la mañana
que en el mar se refleja.
Tu pupila es azul y, cuando lloras,
las transparentes lágrimas en ella
se me figuran gotas de rocío
sobre una violeta.
Tu pupila es azul y, si en el fondo
como un punto de luz radia una idea,
me parece en el cielo de la tarde
una perdida estrella.
XV
Cendal flotante de leve bruma,
rizada cinta de blanca espuma,
rumor sonoro
de arpa de oro,
beso del aura, onda de luz:
eso eres tú.
Tú sombra aérea, que cuantas veces
voy a tocarte, te desvaneces,
como la llama, como el sonido,
como la niebla, como el gemido
del lago azul.
En mar sin playas, onda sonante;
en el vacío, cometa errante;
largo lamento
del ronco viento;
ansia perpetua de algo mejor.
ese soy yo.
Yo, que a tus ojos, en mi agonía,
los ojos vuelvo de noche y día;
yo, que incansable corro y demente
tras una sombra, tras la hija ardiente
de una visión.
XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡hoy creo en Dios!
XXX
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro,
Pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún : -¿Por qué callé aquel día?
Y ella dirá: -¿Por qué no lloré yo?
XLI
Tú eres el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder,
la senda estrecha, inevitable el choque…
¡No pudo ser!...
LII
Olas gigantes que os rompéis bramando
en las playas desiertas y remotas,
envuelto entre las sábanas de espuma,
¡llevadme con vosotras!
Ráfagas de huracán que arrebatáis
del alto bosque las marchitas hojas,
arrastrando en el ciego torbellino,
¡llevadme con vosotras!
Nubes de tempestad que rompe el rayo
y en su fuego ornáis las desprendidas orlas,
arrebatado entre la niebla oscura,
¡llevadme con vosotras!
Llevadme por piedad a donde el vértigo
con la razón me arranque la memoria.
¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme
con mi dolor a solas!
L IV
Cuando volvemos las fugaces horas
del pasado a evocar,
temblando brilla en sus pestañas negras
una lágrima pronta a resbalar.
Y al fin resbala y cae como gota
de rocío, al pensar
que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,
volveremos los dos a suspirar.
L X
Mi vida es un erial
flor que todo se deshoja;
que en mi camino fatal
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
L XXIX
Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda.
Si mañana, rodando, este veneno
envenena a su vez, ¿ por qué acusarme?
¿ Puedo dar más de lo que a mí me dieron?
Anotaciones:
himno gigante y extraño: la poesía.
cifra: escritura.
al acaso: al azar.
la lira: se refiere otra vez a la poesía.
dó: dónde.
trémulo fulgor: tembloroso resplandor.
cendal: tela transparente.
aura: brisa .
erial: terreno improductivo.
Un rayo de Luna
Habían pasado algunos años, Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre ni a los consuelos de sus servidores.
-¡ Tú eres joven, tú eres hermoso- le decía aquélla-; ¿por qué te consumes en la soledad? ¿ Por que no busca una a quien ames y qué, amándote, pueda hacerte feliz¡
-¡El amor...¡ El amor es un rayo de luna- murmuraba el joven
-¿Por qué no os despertáis de ese letargo?- le decía uno de sus escuderos-. Os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre y marchamos a la guerra; en la guerra se encuentra la gloria.
-¡La gloria¡ La gloria es un rayo de luna.-¿Queréis que os diga una cántiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?
-¡No¡ ¡No¡- exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-. ¡No quiero nada...¡
Es decir, si quiero..., glorias..., felicidad... ¡Mentiras todo¡¡Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos¡¿Para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.
Manrique estaba loco. Por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mi, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.
Sitial: asiento de ceremonia.
Gustavo Adolfo Bécquer.




Comentarios sobre La poesía de Bécquer
A mí, me gusta muchísimo esta rima, creo que es la IX:

Besa el aura que gime blandamente
las leves ondas que jugando riza;
el sol besa a la nube en occidente
y de púrpura y oro la matiza;
la llama en derredor del tronco ardiente
por besar a otra llama se desliza;
y hasta el sauce, inclinándose a su peso,
al río que le besa, vuelve un beso.
Gracias por estas poesías... siempre habrá poesía.
¿Pilates? Seguro, seguro que te va a ir de primera. Cuídate.
Uisss si me había yo perdido esto con lo que me gusta Bécquer!!! Muchas gracias Aghata y besitos.
pd. todo más tranquilo??