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Leopoldo Alas "Clarín". Apuntes de literatura

por Aghata
miércoles, 07 de octubre del 2009 a las 19:03

 

Clarín

 

La novela española decimonónica más importante (posiblemente en competencia con Fortunata y Jacinta) y donde se ponen de manifiesto todos los supuestos teóricos de Clarín, es La Regenta, su obra más importante.

El escritor destaca en sus dos facetas: como crítico y como literato. De hecho durante su vida, fue más famoso como crítico, que como novelista; sus críticas podían ser además temibles y el público  lo respetaba.  Además era esta una función importante, porque el público se alienaba siguiendo sus posturas, él y otros críticos formaban el gusto de los lectores.

Clarín practica dos tipos de crítica: la que él llamaba, higiénica y policiaca, , que aplica a las obras y autores de baja calidad, y una crítica detallada comprensiva para aquellas obras que juzga de interés. Se manifiesta decidido partidario del estilo sencillo, natural e insiste en la necesidad de librarse de la retórica y de los lugares comunes. Para él la novela es el prototipo de las manifestaciones artísticas de la época. La novela debe ser el reflejo de la sociedad contemporánea.

 

Por otra parte, para sus contemporáneos,  Clarín fue el representante del naturalismo tanto en la crítica como en la novela. Su naturalismo  supera los estrechos límites del francés debido a su formación. En su última etapa se desmarcó del positivismo del Naturalismo zolesco pues como él mismo dijo “triste suerte sería del Naturalismo si dependiese del auge, quizá pasajero, de esa escuela que proclama el análisis empírico como única fuente de conocer en la ciencia. La novela naturalista debe ser el reflejo de la pura realidad, desprovista de cualquier clase de filosofía o ideología.

 

La Regenta es, sobre todo, una novela de conflictos, tanto sociales como personales. Los primeros son producto de una sociedad de transición entre el A. Régimen y la nueva sociedad burguesa, que vive en una serie de contradicciones producidas por las consecuencias de una revolución burguesa que ha dejado casi intactos los cimientos del Antiguo Régimen: la aristocracia y la Iglesia dirigen la vida social y la alta burguesía trata de penetrar en esta dinámica.

La iglesia, muy jerarquizada y revuelta por intrigas internas, está aliada con la aristocracia. La aristocracia, dividida en la vieja casta anterior al XIX, muy cerrada y muy católica: un ejemplo de esa aristocracia que se aviene a los nuevos modos de vida estaría representado en la obra por  los Vegallana. También la alta burguesía pretende integrarse en la aristocracia mediante la cultura (Roncal), la política (Mesía) el sometimiento a la iglesia (Páez) o el matrimonio ( Víctor Quintanar).

 

Clarín llega a la conclusión de que Vetusta es una ciudad dominada por la mezquindad y la hipocresía, cuyas gentes condenan al fracaso cualquier aspiración que se eleve más allá de sus cabezas. Es una ciudad de estúpidos y Clarín registras una a una las estupideces y cursilerías de cada uno de sus habitantes.  En Vetusta, se desarrolla la trama,  un verdadero mosaico de las relaciones sociales, políticas, económicas de una capital de provincias de la época.

Vetusta rige los destinos de todos los personajes secundarios de la obra: es la ciudad levítica, la que dirige los comportamientos tanto de la clase religiosa, como de la “muy noble y muy leal” clase aristocrática, en torno a la cual se desenvuelve la obra.

La ciudad es descrita negativamente desde el comienzo de la novela. Clarín denuncia la miseria espiritual de sus habitantes. El autor transforma a la propia ciudad en un personaje y personifica sus males: <<Vetusta… hacia la digestión del cocido y la olla podrida>>. La bimembración de los elementos contribuye de forma eficaz a la denigración del ambiente que se muestra: <<caliente y perezoso>>, <<aquellas migajas de la basura>>, <<aquellas sobras de todo>>, <<monótono y familiar zumbido>>, etc. A veces, en lugar de dos, son tres y hasta cuatro los elementos que se repiten: <<de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina>>; << se juntaban … parábanse… y brincaban>>, etc., y cuando quiere acrecentar la cosmovisión negativa, utiliza hasta cuatro elementos: <<remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles>>.

El contraste entre los elementos que sitúa en primer lugar y la descripción posterior  capta de inmediato la atención del lector: Vetusta, heroica, noble y leal…. basura podrida. La ciudad es un puzle de vida aburrida, donde no sucede nada, todos sus personajes son marionetas, un zumbido de personas monótono, que no tienen alicientes.

La estructura de la frase y la especial disposición del período  nos muestra la técnica, en cierto modo, impresionista.  A Clarín le interesa destacar el abandono y por eso mueve la pluma mediante trazos insistentes que reinciden en los elementos. Es una sintaxis compleja, a base de subordinaciones y complementos adnominales:

 

La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arrollo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de basura, aquellas sobras de todo, se juntaban en un montón, parábanse como dormidos un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegados en las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacia la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de las campanas de coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en Santa Basílica.

Es una ciudad atiborrada de lujuria: nadie soporta la idea de la decencia de Ana Ozores y se  organiza toda una conspiración para hacerla caer. Mesía es el héroe. La atmósfera erótica se refleja en las mínimas actuaciones: cuando Teresina hace la cama del magistral, cuando Ana muerde una cereza, las escenas en el Vivero, en la cocina de los Vegallana, etc.

La obra critica la hipocresía, la envidia, el espionaje a que se someten unos a otros. Todos los personajes que podemos encontrar en una pequeña capital de provincias tienen su representación en la Regenta: el obispo, los marqueses, el cacique, el obrero, etc., pero no son simples arquetipos. El esfuerzo de individualización de cada personaje es uno de los rasgos más decisivos de la obra.  Veamos uno de esos momentos felices para el lector, porque descubre la catadura de los habitantes de la ciudad:

-¡Ya llega, ya llega!- murmuraban los socios del Casino apiñados en los balcones, codeándose, pisándose, estrujándose, los músculos del cuello en tensión, por el afán de ver mejor el extraño espectáculo, de contemplar a su sabor a la dama más hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de Nazareno, ni más ni menos que el señor Vinagre, el cruelísimo maestro de escuela.

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella,  por las apretadas de las aceras, por la muchedumbre asomada a las ventanas y balcones, que <<la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba>>. No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos…Enfrente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra oscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. <<El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de los gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por la multitud inmensa!>>. Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería. Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros y paseos y también en procesiones… ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos, por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo de la nazarena! <<Y era natural; todo Vetusta –seguía pensando Obdulia- tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos. ¿ Por qué? Porque hay un cachet distinguidísimo en el modo de la exhibición, porque… esto es cuestión de escenario.>> <<¿Cuándo llegará?>>, preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y siento extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así… un deseo vago… de…, de… ser hombre.

 

 

 

Los dos personajes centrales son Ana Ozores y Fermín de Pas. El resto de personajes se agrupan por bloques en torno a ellos. Son los personajes eje de la acción, sus pasados están minuciosamente descritos y condicionan su presente.

 Los conflictos personales son muy numerosos pero entre ellos destacan los que se ciernen sobre la Regenta y el Magistral. -Ana Ozores, <<la Regenta>>, es una mujer todavía joven, que se ha casado con un hombre mayor que ella, don Víctor Quintanar.  Ella es una mujer con inquietudes espirituales pero la sociedad en la que vive la rechaza. Su naturaleza sensual y exaltada se ve reprimida por el tedio de Vetusta, por lo que vive en constante conflicto con el medio. Intenta compensar sus tremendas insatisfacciones bien por el misticismo, llevada de la mano de Magistral, bien por el erotismo incitada por Álvaro Mesia. Al final se ve defraudad en ambos casos.  Ella aborrece Vetusta, siente que la ciudad la asfixia, que ahoga sus inquietudes humanas y espirituales, de ahí que canalice su insatisfacción en el doble plano: : amor físico con don Álvaro Mesía hasta llegar al adulterio y amor espiritual, teñido de religiosidad al principio,  casi sacrílego luego, por parte de Fermín de Pas.

 

ana_ozores.jpg image by edryasPero no importaba: ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta de la vejez a que ya estaba llamando… Y no había gozado una sola vez esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedías, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba, entre avergonzada y furiosa, que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo: sí, sí, ¿ para qué ocultárselo a sí misma si a veces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primera noche, al despertar en su lecho de esposa, sintió junto a sí la respiración de un magistrado: le pareció un despropósito, una desfachatez que ya que estaba allí dentro el señor Quintanar, no estuviera con su levita larga de tricot y su pantalón negro de castor; recordaba que las delicias materiales, irremediables, la avergonzaban y se reían de ella al mismo tiempo que la aturdían: el gozar sin querer junto a aquel hombre le sonaba como la frase del miércoles de ceniza ¡quia pulvis es!, eres polvo, eres materia…, pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de todo aquello que había leído en las mitologías, de lo que había oído a criados y pastores murmurar con malicia… ¡Lo que aquello era y lo que podía haber sido! Y en aquel presidio de castidad no le queda ni el consuelo de ser tenida por mártir y heroína.

Fermín de Pas sufre el conflicto entre su ambición personal, alimentada por su madre y sus aspiraciones espirituales que permanecen dormidas hasta la irrupción de Ana Ozores. En un principio busca el equilibrio pero no lo logra ya que Ana no puede ser sólo suya por el espíritu pues necesita amor humano. Entonces es cuando quiere serlo todo para ella pues Ana no es sólo espíritu ya que espíritu y carne se confunden. Aunque al principio rechaza el descubrimiento, finalmente ha de reconocerlo pero ya es demasiado tarde. Ella se ha entregado a Álvaro Mesía que es un don Juan decadente sin interioridad vital, incapaz de sentir amor. Don Fermín de Pas, <<el Magistral>>, es un hombre ambicioso, insatisfecho y dominado por su madre; él cree ser el actor, él cree dirigir los hilos de los personajes que deambulan por sus calles. Vetusta es la razón de vida, encarna su soberbia y en ella deposita su ansia de poder. Sin embargo, paradójicamente, aunque es su presa más preciada, él está apresado en el mundo que Vetusta le impone.

Observa, primeramente, cómo describe Clarín el ansia de poder del Magistral diciéndonos que uno de sus recreos consistía en subir a las alturas, es evidente el tono irónico: <<Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas>>. El autor nos muestra el sentimiento que le produce la ciudad: gula. Vetusta representa el conformismo para su ansia de poder, lo que se muestra perfectamente en estos fragmentos:

 

Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no la había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viene a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba.  Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía, más ansiaba subir, en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas.

….

Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas las cosas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacia su anatomía, no como el fisiólogo que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados más apetitosos; no aplicaba el escalpelo, sino el trinchante.

Sin confesárselo, sentía a veces desmayos de la voluntad y de la fe en sí mismo que le daban escalofríos; pensaba en tales momentos que acaso él no sería jamás nada de aquello a que había aspirado, que tal vez el límite de su carrera sería el estado actual o un mal obispado en la vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente, del poderío que tenía en la mono; devoraba su presa, la Vetusta levítica, como el león enjaulado los pedazos ruines de carne que el domador le arroja.

….

 

 

La acción de la obra queda perfectamente estructurada con un típico triángulo amoroso

( mujer, marido y amante), en el que uno de sus ángulos es doble, puesto que es evidente la codicia que siente el Magistral por Ana Ozores, la protagonista. El nudo interno de la trama gira en torno a la lucha interna de Ana ante los dos amantes, que la llevará a enfrentarse a momentos de exaltación religiosa y a otros de máxima sensualidad. Clarín nos presenta la duda de esta mujer  y para ello introduce procedimientos como el monólogo interior, uno de los más representativos dentro de la obra. Este procedimiento sirve para que Ana analice su propia situación, de forma que sus pensamientos y sentimientos cobran vida propia ante el lector.

El punto cumbre de la acción llega cuando Ana cede a la conquista de don Álvaro y comete adulterio. Este hecho es transcendental para la conducta de los personajes. La presencia del Magistral en el triángulo salva a la historia, al dotarla de una entidad nueva que la aproxima a la novela contemporánea. Uno y otro conflicto ponen en evidencia la indisoluble unión entre el espíritu y la materia. Veamos el acierto con el que Clarín describe el momento clave de la historia, cuando el Magistral descubre que Ana le engaña:

El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprimía su frente parecía un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba además que su madre al meterle por la cabeza una sotana le había hecho tan desgraciado, tan miserable, que él era en el mundo lo único digno de lástima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clérigo con el eunuco se le fue metiendo también por el cerebro con la humedad de cristal helado.  Sí, él era como un eunuco enamorado, un objeto digno de risa, una cosa repugnante de puro ridícula… Su mujer, la Regenta, que era su mujer, su legítima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante ellos dos, ante él sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro, ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su mujer, su esposa, su humilde esposa…, le había engañado, le había deshonrado, como otra mujer cualquiera; y él, que tenía sed de sangre, ansías de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos, seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de reducirle a cachos, a polvo, a viento; él, atado por los pies con trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocín libre en los prados, él, misérrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado de anafrodita, el tenía que callar, morderse la lengua; las manos, el alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le escupía en la cara porque él tenía las manos atadas… ¿Quién le tenía sujeto? El mundo, el mundo entero… Veinte siglos de religión, millones de espíritus ciegos, perezosos que no veían el absurdo porque no les dolía a ellos, que llamaban grandeza, abnegación, virtud, a lo que era suplicio injusto, bárbaro, necio, y sobre todo cruel…, cruel… Cientos de papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de catedrales y cruces y conventos…, toda la historia, toda la civilización, un mundo de plomo, yacían sobre él, sobre sus brazos, sobre sus piernas, eran sus grilletes… Ana que le había consagrado el alma, una fidelidad de amor sobrehumano, le engañaba como a un marido idiota, carnal y grosero… Le dejaba para entregarse a un miserable lechugino, a un fatuo, a un elegante de similor,  a un hombre de yeso…, ¡ a una estatua hueca!. Y ni siquiera lástima le podía tener el mundo; ni su madre, que creía adorarle, podía darle un consuelo, el consuelo de sus brazos y de sus lágrimas… Si él se estuviera muriendo, su madre estaría a sus pies mesándose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse…, su madre no podía adivinar, ni debía… No había más que un deber supremo, el disimulo; silencio…, ¡ni una queja, ni un movimiento! Quería correr, buscar a los traidores, matarlos… ¿Sí? Pues silencio… Ni una mano había que mover, ni un pie fuera de casa…

El fragmento nos ofrece una síntesis de los motivos temáticos: el amor, la religión, el elemento crítico, la hipocresía, etc.  Nos muestra la lucha que mantiene el protagonista contra su propia existencia anodina y el dolor religioso.  El Magistral no reacciona como un padre espiritual sino como un marido celoso, lo que incide en el tono del texto y lo dota de coherencia a los ojos del lector, pues el protagonista está totalmente humanizado. El análisis psicológico de los protagonistas es un acierto meditado y usado con maestría y en este aspecto qué duda cabe: Clarín es un buen maestro y se adelanta a su tiempo.

 

El final de la obra es desolador. Se nos presenta a la protagonista en la soledad más absoluta: ha perdido a su marido, le ha abandonado su amante, ha originado las iras de Vetusta… Sólo le queda un consuelo: la religión. Pero este consuelo supremo también le será  negado y la novela termina con ese descorazonamiento, el hundimiento total de Ana Ozores.  

El Magistral dio otra absolución y llamó con la mano a otra beata… La capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato, y al fin quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor dentro del confesionario.

Ya era tarde. La catedral estaba sola. Allí dentro ya empezaba la noche.

Ana esperaba sin aliento, resuelta a acudir, la seña que la llamase a la celosía.

Jesús de talla, con los labios pálidos entreabiertos y la mirada de cristal fija, parecía dominado por el espanto, como si esperase una escena trágica inminente.

Ana, ante aquel silencio, sintió un terror extraño…

Pasaban segundos, algunos minutos largos y la mano no llamaba.

La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso que en las grandes crisis le acudía… y se atrevió a dar un paso hacia el confesionario.

Entonces crujió con fuerza el cajón sombrío, y brotó de su centro una figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lámpara un rostro pálido, con unos ojos que pinchaban, como fuegos fijos, atónitos, como los del Jesús del altar…

El Magistral extendió su brazo, dio un paso asesino hacia la Regenta, que horrorizada retrocedió hasta tropezar con la tarima. Ana quiso gritar, pedir socorro y no pudo. Cayó sentada en la madera abierta la boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el terror le decía que iba a asesinarla.

El Magistral se detuvo. Cruzó los brazos sobre el vientre. No podía hablar, ni quería. Temblábale todo el cuerpo; volvió a extender los brazos hacia Ana…, dio otro paso adelante…, y después, clavándose las uñas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y con piernas débiles y temblorosas salió de la capilla. Cuando estuvo en el trascoro, sacó fuerzas de flaqueza, y aunque ciego, procuró no tropezar con los pilares y llegó a la sacristía, sin caer ni vacilar siquiera.

Ana, vencida por el terror, cayó de bruces sobre el pavimento de mármol blanco y negro; cayó sin sentido.

La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bóvedas se iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.

Celedonio, el acólito afeminado, alto y escuálido, con la sotana corta y sucia, venía de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del manojo sonaban chocando.

Llegó a la capilla del Magistral y cerró con estrépito.

Después de cerrar tuvo aprensión de haber oído algo allí dentro; pegó el rostro a la verja y miró hacia el fondo de la capilla, escudriñando en la oscuridad. Debajo de la lámpara se le figuró ver una sombra mayor que otras veces…

Y entonces redobló la atención y oyó un rumor como un quejido débil, como un suspiro.

Abrió, entró y reconoció a la Regenta desmayada.

Celedonio sintió un deseo miserable, una perversión de la perversión de su lascivia; y por gozar un placer  extraño, o por probar si lo gozaba, inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba náuseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

 

Respecto al supuesto naturalismo de la obra, hoy suele rechazarle entre los críticos. Encuentran demasiadas cosas no naturalistas como el profundo sentimiento religioso o la dimensión de interioridad, tampoco abusa de pormenores patológicos ni existe determinismo. Baquero ve en la densidad psicológica de la novela un elemento poco naturalista. El argumento sigue las oscilaciones de Ana Ozores entre la tentación erótica y el entusiasmo religioso pero, aunque parecen realidades contradictorias, son sentimientos casi idénticos. Clarín muestra la subyacente unidad de las pasiones de Ana en sutiles descripciones psicológicas y mediante  recursos en los que las escenas religiosas se convierten en escenas de amor y viceversa: la escena del Tenorio o las escenas religiosas de Navidad y Semana Santa.

El narrador actúa de modo omnisciente  y introduce comentarios sobre lo que ocurre, rasgos poco naturalistas. No obstante  la perspectiva omnisciente de la Regenta está muy cuidada; de hecho  Clarín permite que los personajes se presenten entre ellos o por ellos mismos, mediante sus actos o reflexiones: Ana se sumerge en sí misma y el lector recibe información indirecta de ella.

 

Sin lugar a dudas, uno de los rasgos más definidores de La Regenta es su ironía, la cual se dispara a dos bandas: contra el exceso de idealismo y contra los excesos de realidad. También, muy lejos del naturalismo, el uso de la sugerencia que permite a Clarín mantener la emoción del lector: la escena de Ana y Mesía en el balcón finaliza, dejándole al lector la incógnita de si se ha consumado el adulterio.

La otra novela larga de Clarín es Su único hijo. Puede incluirse en el grupo de intenso espiritualismo donde se encuentran las últimas obras de Galdós y de Pardo Bazán. Narra la historia de Bonifacio, quien desengañado con su amante y traicionado por su mujer, sufre una profunda evolución moral, y, al final, aparece ennoblecido y, al rechazar la insinuación de que él no es el padre del hijo de su mujer, encuentra en su paternidad la realización de su más íntima aspiración espiritual.

De todas formas la crítica ha destacado exageradamente sus diferencias con La Regenta. Cardyn Richmard dice que ahora el narrador se limita a seguir el mundo en vez de presentarlo fidedignamente, con lo que obliga al  lector a no ser pasivo para participar en la  recreación activa del texto. Pero esto también aparece en La Regenta, donde, por ejemplo, Clarín sugiere muy sutilmente las relaciones de Magistral y Petra. El erotismo de La Regenta es siempre sugerido. Otros críticos dicen que si en La Regenta la lucha se establece entre el mundo y unos personajes, en Su único hijo se establece dentro de los mismos personajes. Esto, como ya hemos dichos, tampoco es del todo cierto pues los conflictos humanos son tan importantes o más que los sociales en su primera novela. Hay, eso sí, una mayor interiorización de todos los elementos novelescos (acción, espacio y tiempo) a la vez que la ironía y el intelectualismo clarinianos se acentúan al máximo hasta el punto de devenir la novela hacia lo grotesco.

Es esta una obra bastante intelectual, porque en ella hallamos continuas referencias culturales: literarias, científicas, etc. Es un rasgo de modernidad, preferente en algunas novelas contemporáneas. Aunque no sea una obra naturalista, son frecuentes los datos fisiológicos referentes a la intimidad femenina: la menopausia, el parto, rasgos fisiológicos, etc. Sin embargo, siempre Clarín supera los moldes decimonónicos: aceleración del  ritmo narrativo, los personajes viven más por sí mismos, se nos descubre su interioridad.  Veamos el fragmento donde se narra el parto de Emma, situación a la que ha llegado, porque ha engañado a su marido con su amante; sin embargo, el marido decide aceptar la vergüenza y autoconvencerse de que el hijo es suyo:

-¡Un niño, tiene usted un niño, señor!- gritaba Eufemia, que entraba como un torbellino y llegaba hasta tocar al pasmado Bonis, sin reparar en que estaba el señorito en camisa en mitad de la alcoba. Ni ella ni él veían esto; la criada estaba entusiasmada, enternecida; Bonis se lo agradecía en el alma, mientras se ponía los pantalones al revés y tenía que deshacer la equivocación, temblando, anhelante, dudando si romper una vez más con lo convencional y echar a correr en calzoncillos por la casa adelante. Pero no; se vistió a media, y tropezando con paredes y puertas, y muebles y personas, llegó al pie del lecho de su esposa.

En el regazo de doña Celestina vio una masa amoratada que hacía movimientos de rana; algo como un animal troglodítico, que se veía sorprendido en su madriguera y a la fuerza sacado a la luz y a los peligros de la vida, Bonis, en una fracción de segundo, se acordó de haber leído que algunos pobres animalejos del mar, huyendo de sus enemigos más poderosos, se resignaban a vivir escondidos bajo la arena, renunciando a la luz por salvar la vida: en prisión eterna por miedo del mundo. Su hijo le pareció así. ¡Había tardado tanto! Se le figuró que nacía a la fuerza, que se le hacía violencia abriéndole las puertas de la vida…

-¡Coronado, Bonis, coronado!- decía una voz débil y mimosa, excitada, desde la cama.

Bonis, sin entender, se acercó a Emma y le dio un abrazo, llorando.

Emma lloraba también, nerviosa, muy débil, demacrada, convertida en una anciana de repente. Se apretó al cuello de su marido con la fuerza con que ella se agarraba a la vida, y como quejándose, pero sin la voz agria de otras veces, siguió diciendo:

-¡Coronado, Bonis, coronado!, ¿sabes?, ¡estuvo coronado!

-¡Claro, como que nació de cabeza!- gritó don Venancio, que estaba al otro lado del lecho, con los brazos remangados, con algunas manchas de sangre en la camisa y en el levitón, sudando, muy semejante a un funcionario de matadero.

-¡Pero estuvo mucho tiempo coronado…, Bonis!

-Sí, siglos – dijo el médico.

-A ti no se te dijo, se te hizo marchar, pero hubo peligro, ¿verdad don Venancio?

-Pero, hija mía, si acababa de acostarme…

-Sí, pero hace mucho tiempo que la cosa estaba próxima…, estaba coronado…, y no se te decía por no asustarte…, ¡hubo peligro!...

Y Emma lloraba, con algún rencor todavía contra el peligro pasado, pero más enternecida por el placer de vivir, de haber salvado con el alma llena de un sentimiento que debía ser de gratitud a Dios y no lo era, porque ella no pensaba en Dios, pensaba en sí misma.

-Vaya, vaya, menos charla- gritó don Venancio; y escondió con el embozo los hombros de Emma.

-Y ahora, ¡cuidado con dormirse!

-No, hija mía, dormir, no; eso sí que sería peligroso- exclamó Bonis con un escalofrío. La idea de la muerte de su mujer se le pasó por la imaginación como un espanto. ¡Morir ella! ¡Quedar él sin madre! Y se volvió a su hijo, que lloraba como un profeta.

 

Clarín escribió también novelas cortas y cuentos. En las novelas cortas no se esforzó tanto en tejer intrigas como en justificarlas por el cuidadoso análisis del personaje. Sus figuras tienen la humana verosimilitud necesaria para promover  en el lector grandes simpatías. Algunos de estos personajes se caracterizan por la frustración. El novelista y los personajes coinciden en desear algo inasequible, de ahí sus imprecisos afanes de conquista nunca logradas.  Las figuras  novelescas,  que presenta Clarín, se conservan sorprendentemente vivas y cercanas a la sensibilidad del hombre actual. Generalmente son seres sin complicación pues no pretende en sus novelas cortas la evolución de caracteres como ocurre en sus noveles largas, sino narrar el acontecimiento clave en que se revela el personaje. Destacan Pipá y Doña Berta. Sus cuentos recrean las vidas de personajes humildes víctimas de la sociedad y están narrados con gran economía de recursos. ¡Adiós cordera¡ representa una de las cumbres del cuento español. Baquero Goyanes distingue aquellos que tienden al intelectualismo irónico (El gallo de Sócrates, La mosca sabia,) y los que son explosiones de ternura y humorismo lírico (¡Adiós cordera! La trampa). En los primeros domina la caricatura y están construidos sobre las peculiares grotescas de un tipo humano que suele ser un sabio ridículo y desvitalizado. Los protagonistas del segundo grupo suelen ser niños, viejos, animales, gentes marginadas. Oleza añade un tercer grupo: el de los intelectuales positivos, a la búsqueda de valores auténticos, Cambio de luz, El sustituto, El frío de papá. Aquí te presentamos la descripción de uno de estos personajes, el Rana.

                                                                           EL   RANA

Tenía cincuenta años que parecían setenta; una levita que no lo parecía, del color de la vía pública, el gris que se coge en el arroyo como una pátina; barba rala, corrida, del color de la levita; tres o cuatro dientes; una camisa, y muy arraigadas convicciones políticas, sociológicas y aún filosóficas y teológicas. Había aprendido a leer allá en Cuba, cuando la otra guerra, siendo voluntario en un batallón provincial; y ahora leía periódicos y más periódicos arrimado a los pilares en los porches del Ayuntamiento. Siempre leía de prestado, porque él su poco dinero lo gastaba en aguardiente y tabaco. Era peón de albañil, pero casi  siempre dimisionario. No estaba conforme con la marcha del mundo. Cuando él era joven, la culpa de todos los males la tenía el oro de la reacción; ahora parecía ser que el enemigo era <<el infame burgués>>. <<Sea>>, se había dicho el Rana; y, como antes del oscurantismo y de los presupuestívoros, ahora maldecía del burgués, del zángano de levita. Y eso que él, por invencible afición, siempre vestía de levita, verdad es que debida a la munificencia de algún aborrecido burgués. Era el borracho más popular del pueblo, y todas la clases sociales le encontraban gracia al Rana,  y veían en él, acaso, el último representante de una generación famosa de perdis populares, que eran, en cierto modo, orgullo de la ciudad por el ingenio  de todos ellos, por los rasgos originales y muy cómicos de su excitada fantasía. El Rana, a pesar de sus ideas disolventes, de su bala rasa (alcohol puro) anarquista, no tenía un enemigo, ni siquiera entre el clero, que él despreciaba con serenidad olímpica. Sin embargo, sus lucubraciones teológicas más de una vez le hicieron dormir en la prevención, por la forma más que por el fondo. Cuando la prensa local encarecía la necesidad de perseguir la blasfemia, el Rana no se libraba de los rigores del terror blanco.  Pero salía de prisiones sin abdicar uno solo de sus principios; y aquella misma noche volvía a presentarse tan borracho como el día anterior y tan encastillado en sus negociaciones impías y en sus imprecaciones escandalosas. (…)

Textos para talleres literarios: Microrrelatos, Orlando Romano

por Aghata
miércoles, 07 de octubre del 2009 a las 00:42

Microrrelatos  Orlando Romano

 

Veamos hasta qué punto eres capaz de seguir el rumbo de la literatura, que corre hoy tan deprisa como una flecha, hasta el punto de dejarnos sin aliento. Sigue tú mismo esta flecha, que ahora se ha parado delante de tu pantalla. Microliteratura, literatura escrita en un pasmo. Verdaderamente Alicia se ha metamorfoseado, en un ser minúsculo, donde apenas la reconocemos. Estos textos parecen tomarnos el pelo, pero lo cierto es que al escuchar la historia, creemos percibir el aullido que se esconde detrás, la piel de sus elementos ha sido extraída, es asombrosa su desnudez. Por eso ahora vamos a pedirte que te transformes en una hormiga trabajadora y pienses cómo escribirías tú mismo un texto similar.  

Lee detenidamente los siguientes microrrelatos de Orlando Romano. Redacta un apunte personal donde expreses lo que has sentido mientras los leías, después intenta sintetizar en una frase corta o una palabra su sentido. Cuando tengas claro ese sentido, repite los mismos títulos y escribe tú mismo un microrrelato, totalmente diferente. ¡Enhorabuena, has sabido estirar del hilo y extraer todo el meollo al asunto!

 

 

Fantasmas

 

El doctor Follet ocupó gran parte de su vida tratando de atravesar paredes como un fantasma. Luego de un nuevo intento malogrado, rompió a pedazos el muro de la sala con un martillo.

Sobresaltada por el alboroto, la familia acudió. Follet contó su impotencia, su enorme desaliento, su pena. Los otros aceptaron de buena gana las explicaciones, y se desvanecieron.

 

El Final I

 

El capítulo IV del Apocalipsis secreto refiere que una pareja de simios un día unirá sus existencias y nacerá el amor más profundo que pueda existir entre dos criaturas y que cuando comience esa historia se apagará la raza humana.

 

El Final II

 

Un antiguo manuscrito hallado en las cuevas de Qumrán relata que existe un pájaro que vuela por todo el mundo y solo una vez al año baja para comer su fruta preferida y que el día que no encuentre ese alimento sonarán trompetas y comenzará el Apocalipsis.

 

El Final III

 

La última página del capítulo titulado “De las lágrimas “, en el libro sexto de Las revelaciones, cuenta que desde la matanza de los inocentes cada grito de dolor que brota de un niño vuela hacia un lugar remoto del océano para juntarse con otros que van formando una gigantesca mano invisible y que cuando esa mano esté terminada sus dedos huracanados se alargarán sobre la Tierra y luego se cerrará en un breve y colosal alarido y allí será el fin del mundo.

 

La salvación es compleja

-Maestro ¿al dejar este mundo seremos juzgados por nuestras faltas?

-De las obras equivocadas, todos daremos cuenta.

-¿Qué ocurre con aquellos que no se desvían jamás?

-Son obligados a volver, y a desviarse un poco.

Tuya es la Gracia y el Misterio, Señor

 

 

 

El silencio

 

Desde hace años los monos que nacen y viven en Latinoamérica tienen la facultad de hablar, pero callan deliberadamente por temor a ser ignorados.

 

Ser escritor

Estaba en la Biblioteca Nacional cuando una pelirroja de busto prominente y minifalda diminuta atravesó la sala de lectura para sentarse muy cerca de mí (su Chanel N. º 5 flotaba en el aire)

No me distraje ni dos segundos; seguí leyendo, apuntando cosas, escribiendo. Supongo que ese día me convertí en lo que podría llamarse un escritor profesional.

 

Frialdad del tiempo

 

Me he comprado un reloj de sol, pero sigo experimentando el mismo frío al ver que el tiempo pasa.

 

 

Orlando Romano (Tucumán, Argentina, 1972) es narrador y periodista, colaborador habitual del diario La Nación La Nación, de buenos Aires, y de diversas publicaciones gráficas sobre cine y literatura. Entre sus obras destacan: Cuentos de un minuto ( Primer Premio de narrativa para Autores Noveles, 1999); la novela Perro diablo ( Progreso, México, 2007) y Los escritores argentinos preferidos ( I. M. F. C., Buenos Aires, 2007). Sus microrelatos están incluidos en algunas de las más prestigiosas recopilaciones dedicadas al género, como la reciente de Laura Pollastri, El límite de la palabra. Antología del microrrelato argentino contemporáneo (Menoscuarto, Palencia, 2007). Pronto se publicará su segundo libro dedicado al microrrelato, con el título de Cápsulas mínimas. En la actualidad reside en Toledo (España).

Trabajo monográfico de Investigación: 4 ESO. Textos poéticos para el comentario

por Aghata
martes, 06 de octubre del 2009 a las 23:23

 

 

 

Pepe Ramos

Padezco 60 vatios de pena
terribles
dolores de cabeza
me tumbo y siento
asco de mí
de mi esencia más íntima
de todo aquello
que me conforma.
La identidad es el cáncer
de una ballena varada.
Un hombre siempre
es rehén de sí mismo
aunque nunca se pertenece.
Hay una madrugada golpista
ahí fuera
la prisa es dios y existe y nadie
separa los mares de café
solo
mirando al techo
con la vista desenfocada
como cuando uno se mira dentro
y exige a la vida algo
más que verse de nuevo
ahogando sus gritos
contra una almohada
lamiendo el filo del sino
o rascando los mocos secos
del alma humana
(nescafé de luna,
televisión española,
valeriana fierabrás
para el insomnio
puto
este).

 

Jorge Riechman 

 

No dejes nunca de desconfiar de las instituciones

 

No dejes nunca de confiar en las personas

 

No dejes nunca de confiar

en que las personas

crearán instituciones

en las que quizá podrás dejar de desconfiar

 

No dejes nunca de desconfiar

en que el triste proceso

por el cual las instituciones

cambian a las personas tristemente

pueda ser cambiado

 

No dejes nunca de confiar en las personas

 

Y te digo una cosa más: donde encuentres la raíz de una verdad

aférrate a ella

porque se trata del más infrecuente y valioso

de todos los tesoros.

 

Y donde encuentres la raíz de una verdad

no temas soltarla

porque, como cualquier tesoro, la perderás

si te empecinas en aferrarte a ella.

 

 

 

 Jesús Munarriz


Por cuantos atormenta el desamor
y a nadie tienen ni de nadie escuchan
una palabra de consuelo nunca,
esta oración sin dios.

Por los que no poseen y no ven
sino miserias y necesidades,
por los que pasan frío y pasan hambre,
esta oración sin fe.

Por los niños que sufren en las guerras,
por los niños que mueren en las guerras,
por los niños que matan en las guerras,
esta oración terrena.

Por quienes tienen que vender su cuerpo
para sobrevivir, y sobremueren,
por quienes ni a sí mismas se poseen,
este dolido ruego.

Por los que nacen seropositivos,
esqueletitos ávidos de vida,
por las más inocentes de las víctimas,
este escéptico ruego.

Por los que no han tenido más remedio
que renunciar a lo que más amaban,
por los que ya han perdido la esperanza,
este baldío ruego.

Por secuestrados y por torturados,
por desaparecidos, por raptadas,
violadas y clitoritomizadas,
esta plegaria en vano.

Por las esclavizadas por sus hombres,
por las prostituidas por sus hombres,
por las asesinadas por sus hombres,
esta oración de un hombre.

Por los que no poseerán la tierra,
por los que nunca subirán al cielo,
por los que no saldrán del agujero,
esta oración atea.

Por los que morirán analfabetos
de cariño, de amor, de simpatía,
por los que vivirán sin poesía
esta oración en verso.

Por los que nunca rezan, pues no tienen
ni qué rezar ni a quién ni saben cómo,
ni lo quieren, ni cantan en el coro,
este rezo rebelde.

Esto pedimos no se sabe a quiénes,
esto imploramos puede ser que a nadie,
nuestra oración como una flor se abre
de vida breve.

 

 

 

 

 

 

 

ANGELA SERNA

 

Yo no tengo perro
para proteger mi cadáver.

Mi osamenta descarnada
se abre paso sola
en esta jauría humana
llamada tierra.

Yo no tengo perro
que lama mis heridas
ni caliente mi cuerpo
con su aliento
por las calles desiertas
que transito.

No, ni siquiera tengo un perro
que llene de babas mi universo.




Quisiera saber cómo se escribe amor
donde tu piel conecta con la mía.

Cómo se funde el tiempo en un beso
o cómo se disparan endorfinas
sin un átomo de dolor para el recuerdo.

Paula Gonzalo

 

CUESTIÓN DE GUSTOS

Hay estúpidos que se lanzan al amor de cabeza
y se la parten.

Hay herméticos que guardan el amor en tupper-ware y se les pudre.

Hay sonámbulos que sueñan el amor dormidos
y por el día lo olvidan.

Hay samuráis que se abren el corazón en canal por regalarlo
y lo pierden.
Hay indecisos que quieren amar sólo un poquito
de dos a tres, martes y jueves.

Hay poetas que describen pasiones
y la humedad sólo les llega a las letras.

Hay estúpidos, herméticos, sonámbulos,
samuráis, indecisos, poetas …
que al final del amor se encuentran
tan solos como al principio.




AUTOCRÍTICA

Que le canten otros a las puestas de sol,
al amor, a la gloria,
a los niños con flores en las manos.

Que le canten otros a Santa Claus,
a la alegría, a la bondad de los hombres,
que a la luz le canten otros y les aplaudan
que yo escribiré para que me partan la boca.

Desde lo oscuro,
con lágrimas en la punta de los dedos,
con las manos abiertas y vacías
con las llagas al sol,
y el estruendo de un claxon al oído.

- Ronquen su suerte desde la cama
que yo, desconsuelo cansado,
me exprimiré el insomnio
para mirar al basurero fijamente.

Que a la dulzura le canten otros,
que hoy no sirvo para los besos.

Bravísima la poesía de José Hierro

por Aghata
martes, 06 de octubre del 2009 a las 01:19

José Hierro

 

Amanecer

 

Imagínate tú...

Imagínate tú por un momento

               R. A.

 

La estrella aún flotaba en las aguas,

río abajo, a la noche del mar, la llevó la corriente.

Y de pronto la mágica música errante en la sombra

se apagó, sin dolor, en el fresco silencio silvestre.

 

Imagínate tú, piensa sólo un instante,

piensa sólo un instante que el alma comienza a caerse.

(Las hojas, el canto del agua que sólo tú escuchas:

maravilloso silencio que pone en las tuyas su mano evidente.)

Piensa sólo un instante que has roto los diques y flotas sin tiempo en la noche,

que eres carne de sombra, recuerdo de sombra, que sombra tan sólo te envuelve.

Piensa conmigo: Tan bello era todo.¡ Tan nuestro todo, tan vivo todo,

antes que todo se desvaneciese!

 

Imagínate tú que hace siglos que has muerto.

No te preguntan las cosas, si pasas, quién eres.

Procura un instante pensar que tus brazos no pesan.

Son nada más que dos cañas, dos gotas de lluvia, dos humos calientes.

( ¡Tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo¡)

Y cuando creas que todo ante ti perfecciona su muerte,

abre los ojos:

                      El trágico hachero saltaba los montes,

llevaba una antorcha en la mano, incendiaba los bosques nacientes.

El río volvía a mojar las orillas que dan a tu vida.

el prodigio era tuyo y te hacías así vencedor de la muerte.

 

 

 

 

 

 

Teoría y alucinación de Dublín.

 

Un instante vacío

de acción puede poblarse solamente

de nostalgia o de vino.

Hay quien lo llena de palabras vivas,

de poesía ( acción

de espectros, vino con remordimiento).

 

Cuando la vida se detiene,

se escribe lo pasado o lo imposible

para que los demás vivan aquello

que ya vivió (o que no vivió) el poeta.

El no puede dar vino,

nostalgia a los demás: sólo palabras.

Si les pudiese dar acción...

 

La poesía es como el viento,

y como el fuego, o como el mar.

Hace vibrar árboles, ropas,

abrasa espigas, hojas secas,

acuna en su oleaje los objetos

que duermen en la playa.

 

La poesía es como el viento,

o como el viento o como el mar:

de apariencia de vida

A lo inmóvil, a lo paralizado.

Y el leño que arde,

las conchas que las olas traen o llevan,

el papel que arrebata el viento,

destellan una viva momentánea

entre dos inmovilidades.

 

Pero los que están vivos,

los henchidos de acción,

los palpitantes de nostalgia o vino,

Esos...felices, bienaventurados,

porque no necesitan las palabras,

como el caballo corre, aunque no sople el viento,

y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,

y el hombre llora, y canta,

proyecta y edifica, aún sin el fuego.

 

 

 

El        rezagado

 

Te vimos, por última vez, ante le puente que unía tu reino

con este otro reino que sólo verán nuestros ojos.

Es duro perderse, saber que ni soles ni siglos ni vientos,

saber que ni mares ni noches podrán devolvernos tu rostro.

Te vimos llorar. Te sentaste a la sombra de un árbol.

Tus dientes mordían un tallo de verde y de oro.

Después nunca más te encontramos. Nos queda de ti, el rezagado,

la imagen de un hombre llevando en su frente la luz del crepúsculo rojo.

Nos duele saber que eres débil, que no te atreviste a arrojar al olvido,

a manchar, a rozarte el dolor, tu sereno tesoro.

Desde aquí pensaremos en ti, en tu alegría.

(Eras tú el más perfecto de todos;

pero yo ya conozco qué largas cadenas,

qué torres, qué ríos detienen tu paso,

qué música de olas, qué frutos redondos.

Yo sé bien lo que cuesta perder la alegría

y volver a ganarla, después del dolor, en un mundo remoto.

Es duro perderse. Quisiera guardar para siempre tu imagen,

la imagen que está en mi recuerdo poblando de sueños su fondo.

Pero ya te han llenado las manos de estrellas azules,

el pecho de yedra, la frente de mares brumosos.

tan lejos te vemos y extraño, tan de otro planeta,

que casi olvidamos que un día viviste feliz en nosotros.

 

 

 

La playa de ayer

 

Cuántas lamentaciones ante el muro

coronado de pálidas almenas...

( No estoy seguro..) Un canto de sirenas

o de cadenas...( Y a no estoy seguro...)

 

Palpitación salada...Y el conjuro

de la aventura...Sobre las arenas,

pasos...( no estoy seguro...) , o eran penas,

llagas de sombras sobre el oro puro.

 

Y eran las nubes y las estaciones...

Y alguien pasaba...y alguien trasponía

puertas de niebla, alcázares de espanto,

 

mar con marfil de las constelaciones....

y se ocultaba y reaparecía,

hijo del gozo con la cruz de llanto....

 

José Hierro

 

Nació en Madrid un 3 de abril de 1922 y con tan sólo dos años se transladó a Santader con su familia, lugar desde el que vivirían la experiencia traumática de la guerra  con todas sus consecuencias. Escribe algunos poemas en revistas de la época y en 1946 termina su primer libro, Tierra sin nosotros.  De 1947 es su libro Alegría, por el que recibe el premio Adonais y en 1950 Ediciones Proel publica Con las piedras, con el viento, título tomado de unos versos de Lope de Vega en los se asegura <<que un amante suele hablar/ con las piedras, con el viento>>.

Instalado definitivamente en Madrid en 1952, la Editora Nacional publica Quinta del 42, y en 1953, en edición limitada, Pablo Beltrán de Heredia le publica en Santander una Antología Poética, por la que obtiene el Premio Nacional de Poesía.  En 1957 se publica el libro Cuanto sé de mí, que recibe el premio de la Crítica y comienza a escribir los poemas del Libro de las alucinaciones, que concluirá en 1963 y que en 1964, son publicados por la Editora Nacional, obteniendo el Premio de la Crítica de ese año.

En la década de los setenta, Seix Barral publica la poesía completa de José Hierro con el título Cuanto sé de mí y en Cuadernos Hispanoamericanos aparecen los primeros poemas de Agenda ( 1978). En 1982 recibe el primer Premio Príncipe de Asturias de Literatura, y en 1987, al cumplir sesenta y cinco años de edad, José Hierro se jubila de su trabajo en Radio Nacional.

En 1991 se publica completo Agenda y en 1998 Cuadernos de Nueva York, libros con los que José Hierro rompe un silencio de años, quizá una promesa de no seguir escribiendo, y con los que obtiene el aplauso de la crítica y el reconocimiento, especialmente con el último, de un público mayoritario que le acoge como uno de los grandes de la poesía española de nuestros días.

 

Ignoro totalmente qué es la poesía. La olfateo, donde creo que está, y disfruto apasionadamente de ella. Como creador, aunque no sepa definirla sé para qué me sirve: para decir ( intentar) lo que no se puede decir. Es el humo resultante de la quema de un cuerpo que no recordamos qué era. Tarea de locos está de empeñarse en omodelar el humo, en articular palabras que digan más de lo que dicen, que informen ( via lógica) y persuadan, contagien, seduzcan ( vía mágica). El poeta apunta, pero nunca sabe si dio en el blanco. Ni siquiera está seguro de dónde estaba la diana.

Respiramos poesía, como respiramos oxígeno, aunque no lo advirtamos. Sin ella no podríamos vivir. Viene esto a cuento de eso que tanto se dice y se repite, a veces con amargura, otras con desdén, por muchos poetas: <<la poesía es para unos pocos, no se venden libros de versos porque no gustan>>. Por la misma sinrazón podría afirmarse que la música no gusta, pues es innegable que son muy pocas las partituras que se venden. El problema viene de lejos, de la primera enseñanza, del olvido - Pedro Salinas lo recordaba- de que la poesía tiene sentido y sonido. Es el ritmo - llevo tantos años repitiendo lo que me dijeron mucho añntes, y mejor dicho, que siento rubor al insistir - el que hace claro para la sensibilidad lo que puede ser oscuro para la razón. Y se escribe, y se lee poesía porque todo está dicho y todo está por decir.

Temo parecer excesivamente optimisnta. O -lo que resultaría más descorazonador aún- un conformista que hace de la necesidad virtud. Se equivoca quien piensa así. Vuelvo atrás la mirada y veo que, ni siquiera en el nefasto - poéticamente- siglo XVIII español, desaparecieron los navegantes líricos. Porque no hay tiempos malos o buenos para la poesía, sino poetas que no están a la altura de sus tiempos, del modo que no hay tiempos - climatólogicos- mejores o peores para los pronosticadores que acechan la llegada de las corrientes del oeste.

Por la misma razón, comtemplada por el envés, no hay temas poésticos más válidos para cada momento histórico. Todos tienen las mismas posibilidades. Recuerdo esto ahora porque miles de veces he oído esto de <<¿la poesía social pasó a la historia?>>. Se olvida que junto a poetas como Celaya o Otero que se proponían cambiar el mundo con la herramienta de la poesía, había quienes, con menor eco entonces, decían su canción vanguardista tardía (¡curioso maridaje), como Carlos Edmundo de Ory, o huían del testimonio presente en las naves del esteticismo, como los poetas del Grupo Cántico. Consecuentemente, no hay razón para que el poeta, el que libre y necesariamente tome ese camino escriba poesía social, pues el ser humano se debate - como tan hermoso nos recordó Cernuda- entre la realidad y el deseo-.  Nada importa que lo social haya dejado de ser una moda. continúa siendo una corriente que lleva muchos siglos de camino. El poeta es libre para hacer lo que le dé la gana, excepto para no hablar de lo que le exige su corazón. Por mi parte, con mayor o menor fortuna, es lo que siempre he querido hacer.

Publicado en ¿Qué puede la poesía?  2oo2.

Ediciones Bassarai  UN LIBRO QUE TE RECOMIENDO ENCARECIDAMENTE.

Trabajo monográfico de Investigación: Más canciones

por Aghata
martes, 06 de octubre del 2009 a las 00:14

Alejandro Sanz

 

No es lo mismo

 

Eres tanta gente, que dime

con quién hablas ahora

¿No veis que no sois iguales?

¿Eres la de "quédate conmigo,

prometo darte tormento, darte malos ratos..."?

Yo te prometo, si me escuchas niña, date arte

que no es lo mismo que

quédate y ya veremos

quédate y ya veremos.

 

No es lo mismo ser que estar

no es lo mismo estar que quedarse, ¡qué va!,

tampoco quedarse es igual que parar

no es lo mismo.

Será que no somos, ni estamos,

ni nos pensamos quedar

pero es distinto conformarse o pelear,

no es lo mismo... es distinto.

 

No es lo mismo arte que hartar,

no es lo mismo ser justo que ¡qué justo te va!... (verás).

No es lo mismo tú que otra, entérate.

No es lo mismo

que sepas que hay gente que trata de confundirnos

pero tenemos corazón que no es igual,

lo sentimos... es distinto.

 

Vale... que a lo mejor me lo merezco

bueno... pero mi voz no te la vendo,

puerta... y lo que opinen de nosotros

léeme los labios, no estoy en venta.

 

Vale, que a lo mejor lo merecemos

bueno, pero la voz no la vendemos

puerta, y lo que opinen de nosotros...

léeme los labios, a mi me vale madre.

 

Puerta y aire que me asfixio

que no se trata del lado que quieras estar

que estar de un lado o echarte a un lado... (verás).

No sé cómo decirte, no es lo mismo

vivir es lo más peligroso que tiene la vida,

que digan por televisión

que hay suelto un corazón,

que no es igual

que es peligroso... que es distinto.

 

No es lo mismo vasta o bastar

ni es lo mismo, decir, opinar, imponer o mandar

las listas negras, las manos blancas... (verás),

no es lo mismo.

No gana el que tiene más ganas...

¿no sé si me explico?

Que hoy nadie quiere ser igual

que más te da,

no es como un "ismo"... es distinto.

 

Vale, que a lo mejor me lo merezco

bueno, pero la voz no te la vendo

puerta, y lo que opinen de nosotros,

léeme los labios, yo no estoy en venta.

 

Vale, que a lo mejor lo merecemos,

bueno, pero la voz no la vendemos

puerta, y lo que opinen de nosotros...

léeme los labios, a mi me vale madre.

 

Tengo pomada pá tó los dolores

remedios para toda clase de errores

también recetas pá la desilusión

 

No es igual

 

Vale, que a lo mejor lo merecemos,

bueno, pero la voz no la vendemos

puerta, y lo que opinen de nosotros

léeme los labios, yo no estoy en venta.

 

Vale, que a lo mejor lo merecemos,

bueno, pero la voz no la vendemos

puerta, y lo que opinen de nosotros,

léeme los labios, a mi me vale madre.

 

Tengo pomada pá tó los dolores

remedios para toda clase de errores

también recetas pá la desilusión.

 

 

Cuando Sea Espacio

 

La frontera es tu imaginación, de momentos solo soy terrícola, ni español, ni
europeo, ni latino, ni flamenco, ni siquiera occidental... solo soy un terrícola
que sueña con ser lunático, y aunque seguro, que jamás llego a ser marciano,
cuando sea espíritu  seré espacio y si veo que el infinito me agobia echare un
vistazo en uno de esos agujeros negros que dicen, que hasta la luz se traga

Mi ayer, mi verdad, mis principios vienen y van, y se van cada vez por más
tiempo... Tan llenos de simples verdades, tan fácil si sabes hacerlo, mi aquel y
mi allí, mis principios vienen y van, y se van cada vez por más tiempo. Pero
cuando sea espíritu seré espacio... y si veo que el infinito e agobia... te
llamare o me llamaras, echaremos juntos un vistazo en uno de esos agujeros
negros que dicen que hasta la luz se traga...Pero yo cuando muera, cuando sea
espíritu seré espacio, cuando sea espíritu... seré espacio, cuando sea espíritu
seré espacio y ya no tendré que parame en tu frontera y ya no podrán hacerme más
daño.

 

Cuando sea espíritu seré espacio...

 

Fito Fitipaldi

Qué divertido!

 

Es fascinante arrimarse a la locura,
oír canciones, esa es la mejor cultura.
Cuando te canto me transporto a las alturas
leo en tus ojos, esa es mi literatura.
Qué divertido corre whisky por mis venas
vaya resaca ahora todo son problemas.
Lo dejo todo "pa" cantarle a las estrellas
eternamente abrazado a una botella.

Se está rifando una vida y una muerte
y el resultado es sólo cuestión de suerte
yo como un bobo, buscando la melodía
que sea tu sangre, tu lamento y tu sonrisa.
Soy el soldado que deserta de la guerra
me siento preso en una cárcel sin rejas (bis). 

Trozos de cristal

Voy a ver si me encuentro dentro de mi piel
y comprendo por qué nada puedo entender.
Me resulta tan raro todo lo normal,
me tropiezo, me caigo y vuelvo a tropezar.
Creí que me había equivocado,
luego pensé
que estoy bien aquí en mi nube azul.
Todo es como yo lo he inventado
y la realidad trozos de cristal
que al final hay que pasar descalzo.
Por favor no me empuje, me puedo caer.
Yo en mi nube estoy tan bien
no me va a convencer
yo conozco unos cuantos que son como usted
que me ofrecen veneno cuando tengo sed.
Creí que me había equivocado... 

 

 Manolo García

Pájaros De Barro

 

Por si el tiempo me arrastra
a playas desiertas,
hoy cierro yo el libro
de las horas muertas.
Hago pájaros de barro.
Hago pájaros de barro y los echo a volar.
Por si el tiempo me arrastra
a playas desiertas,
hoy rechazo la bajeza
del abandono y la pena.
Ni una página en blanco más.
Siento el asombro de un transeúnte solitario.
En los mapas me pierdo.
Por sus hojas navego.
Ahora sopla el viento,
cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
Ya no subo la cuesta
que me lleva a tu casa.
Ya no duerme mi perro junto a tu candela.
En los vértices del tiempo anidan los sentimientos.
Hoy son pájaros de barro que quieren volar.
En los valles me pierdo,
en las carreteras duermo.
Ahora sopla el viento.
Cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
Cuando no tengo barca, remos ni guitarra.
Cuando ya no canta el ruiseñor de la mañana.
Ahora sopla el viento.
Cuando el mar quedó lejos hace tiempo.
En los valles me pierdo,
en las carreteras duermo.

 


Del Bosque De Tu Alegría


Porque de ti volví a aprender el nombre de las cosas.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
Pan, casa, destino, camino.
De ti volví a aprender. Del bosque
de tu alegría. De manos
de tu sereno misterio.
Quedaba mucho por hacer:
arreglar la huerta,
hablar con los perros,
pasear por las orillas del otoño.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Porque de ti volví a aprender lo necesario.
A prescindir de lo inútil,
que nada es precario.
Del brillo de tus ojos
a disfrutar el tiempo lento.
Y cuatro cosas útiles de tu gesto cierto.
Y muchas cosas más de ti aprendí.
Y quedaba mucho por hacer.
A tirar el lastre, de eso que es la existencia.
Del tráfico, del peso de los lunes.
Gris, cielo, hoguera, camino.
De películas malas.
A robarle el tiempo al minutero,
que los relojes matan el tiempo.
Quedaba mucho por hacer:
recoger los sueños en las noches frías
como cuando no hay peces recojo las redes vacías.
Quedaba mucho por hacer.
Quedaba mucho.
Aprendí a sumar lo lógico y lo incierto.
A poner la mesa.
Aprendí a tolerar la presencia necesaria
de las arañas.
Aprendí a soportar sólo lo soportable.
Y quedaba mucho por hacer,
rechazar el tedio, luchar contra él.
Y quedaba mucho por hacer.
Limpiar de malas hierbas el prado,
arrancar las rejas y cercados.
Hacer montones: perros con gatos.
Hacer montones: soles y estrellas.
Borrar las señales de vuelo
para que los pájaros sean dueños del cielo.
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...
Y quedaba mucho por hacer...

 

Porta

Un sincorazón en el reino de los corazones

Un sincorazon
buscando el reino de los corazones
Un lugar que no existe.
Un corazón recluso, atrapado, que quiere salir fuera.
Mis sentimientos ¿qué son de ellos? No lo sé
Pensé y pienso en un mañana, en un ayer,
no sé si podré ya querer como antes
hace tiempo que mi corazón no late.
Se muere lentamente aunque no quiera,
quiero ir a un lugar donde nada me hiera.
Quisiera alejar ya todo el dolor, pesar las cargas
veo todo de otro color, algo más gris o más oscuro.
Disimular las lágrimas es duro, cruda es la realidad
que percibimos y nos escondemos lejos de la que vivimos.
Mantengo prisionero al sufrimiento
Miento digo que vivo el momento.
Lo siento por querer abandonar… (¡Lo siento!)
Quiero desaparecer irme a otro lugar.
Sigo arrastrando mis penas y alegrías
luz y oscuridad mis días
quizás sigo siendo aquel crio distinto a los otros, lo noto.
Mi corazón por qué está roto.
Olvidé mi pasado pa hacer un futuro sin ti,
por duro que fuese, quiero ser ese que era antes de morir.
Quiero un lugar en el que no vuelva sufrir
resurgir de mis cenizas,
Estoy muerto por dentro de soportar tantas palizas.
Las caricias se desvanecieron,
con lágrimas que en este cuento se perdieron.
Soy un sin sombra, soy un sin corazón
Sigo en busca de un porqué, de una razón de mi existencia.
Engañan las apariencias, en poco tiempo muchas malas experiencias
demasiadas pa mi gusto.
La vida te da sustos y no es justo
la oportunidad se agota
noto una fuerte presión
será lo último que sentirá mi corazón.
Lejos de todo y todos quiero irme
gritar alto y que nadie pueda oírme.
Palabras pa ti vacías,
que me hacen eco y se repiten, en mi corazón sigue hueco.
Ojos abiertos, pero parpados cerrados
Diste un paso hacia un lugar equivocado.
Quieres arrepentirte y no te atreves.
Quieres ver el mundo del revés, no crees en dios.
Bajo mis pies a la (...) un mundo que nunca existió.
La oscuridad reina sobre la luz las penas del día
que se encierran tu ataúd.
Una luz de sentimientos, recuerdos desordenados
del olvido no has borrado, un cero obsesionado con
solo un tesoro que no es de bronce ni de plata ni de oro.
El último rayo de luz jamás se extingue.
Te distingues por tu personalidad (¡finge!).
Para hallar la felicidad eterna en el baúl de los recuerdos que conservas,
Pese a todo sigo solo con dudas a avanzar.

Mi destino se elige al azar, veo zarpar mi barco con la carga de mi corazón,
a bordo y odio ver cómo se va.

No tengo pruebas de que existo,
mi corazón sigue muerto por lo visto.
Escribo por épocas, mis letras, se siente mi llanto, mi pena en forma de gota.
Y siento que ya no puedo
poco a poco Voy sintiendo como me muero,
no estoy en ninguna parte.
Solo con un corazón roto que ya no controlo,
lo que no mata dicen que hace más fuerte.
La suerte no existe
Pido por mí la muerte.
Vendo mi alma por un corazón que sirva,
estoy harto de ver las cosas siempre del mismo prisma.
Mi corazón lo consumió el olvido
por negarme a recordar lo vivido.
No tengo alma, soy un incorpóreo
que plasma sentimientos en folios.
Me convertí en una sombra
busco el reino de los corazones
Pa no estar a solas…

 

Finalmente lee este poema de Schiller

 Esperanza

 

Hablan y sueñan los hombres mucho

en días mejores y futuros;

hacia una meta dorada, alegre,

correr les vemos y cazar

el mundo se hace viejo y vuelve a hacerse joven,

mas siempre espera el hombre que habrá que mejorar.

La esperanza en la vida lo introduce

revolotea en torno a alegre muchacho,

su brillo hechicero encandila al joven,

y  ni con el viejo se deja enterrar.

pues si en la tumba termina su camino cansado

incluso allí en la tumba el planta su esperanza.

 

No es idea vacía y lisonjera,

que brota de una mente enloquecida

en el corazón fuertemente se anuncia,

para algo mejor hemos nacido,

y aquello que pregona esa voz interior,

eso no engaña nunca el alma esperanzada.

 

Larra, bravísima esta prosa periodística

por Aghata
lunes, 05 de octubre del 2009 a las 20:37

Larra

 

Mariano José de Larra nació en Madrid y allí también murió, al suicidarse, en 1837. Hijo de un español liberal exiliado, vivió algunos años de su niñez en Francia, lo que influyó en su formación literaria y personal por el conocimiento directo de una lengua que le permitió acceder a la cultura francesa, y por la vivencia en un ambiente político-liberal y progresista. Odia el absolutismo de Fernando VII y la opresión reinante; por eso, tanto su obra, como su vida, dan fe de esa lucha incansable por la libertad social y política.

Se inicia como escritor público en 1828 con la publicación del periódico El Duende Satírico del Día. Al tratarse de un periódico de carácter crítico, es objeto de la represión del régimen y dura poco tiempo, aunque lo suficiente para que el lector pueda reconocer la extraordinaria capacidad de observación, la capacidad de análisis de las situaciones y, por supuesto, el humor mordaz e irónico que caracteriza a sus artículos.

Aunque escribe algunos poemas y un importante drama romántico “Macías”, cuyo tema le sirve también para su novela histórica “El doncel de Don Enrique el Doliente” (1834), la actividad literaria de Larra más sobresaliente es la escritura periodística, los artículos que aparecen diversos periódicos o revistas como El Pobrecito Hablador –fundado por él mismo en 1832-, la Revista Española, El Español, El Observador, etc.  Todos ellos aparecen recogidos en “Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres”.  Su prematura muerte sólo le permitió ver impresos tres de ellos, que aparecieron en 1835, ya que los otros se editaron en 1837.

Larra asume el romanticismo como una actitud vital, manifestada a través de una aguda sensibilidad ante todo lo que le rodea. La visión tan pesimista y desengañada le conducirá al suicidio con tan sólo 28 años de vida. Apasionado por el hombre, al que lo condiciona su devenir histórico-social y cultural, nos ofrece una visión dramática del mundo que rodea a éste. Larra reacciona de manera muy crítica ante las costumbres, las formas de comportamientos sociales, la política, la intolerancia o la burocracia administrativa. En cada uno de esos artículos destaca claramente su personalidad.  Mientras la mayoría de los escritores costumbristas nos ofrecen cuadros pintorescos, con cierta complacencia; Larra imprime su pluma al servicio de unas marcas que intenta erradicar: la hipocresía, la ignorancia, lo ridículo, la incompetencia…, lacras que desfilan ante nuestros ojos, y en las que el autor participa activamente como espectador o como personaje.

En “El castellano viejo”, después de contar la desastrosa comida, en la que se ha visto forzado a participar invitado por aquél, dice al marcharse de la casa:

¡Santo Dios, yo te doy gracias! Exclamo respirando como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros, y que oye apenas ya sus ladridos; para de aquí en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, no te pido honores; líbrame de los convites caseros y de días de días; líbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento, en que sólo se pone la mesa decente para los convidados, en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones…

Por otra parte, en todo momento nos ofrece su visión antiabsolutista, la huella liberal es consciente y aparece en todo momento. En la “La diligencia”, adscrito al tema de los medios de transportes madrileños y en el que traza un cuadro vivo del patio de diligencias,  aprovecha para mostrar claramente su compromiso político;

Los tiranos, generalmente cortos de vista no han considerado en las diligencias más que un medio de transportar paquetes y personas de un pueblo a otro; seguros de alcanzar con su brazo de hierro a todas partes, se han sonreído imbécilmente al ver mudar de sitio a sus esclavos: no han considerado que las ideas se agarran como el polvo de los paquetes y viajan también en diligencia. Sin diligencia, sin navíos, la libertad estaría todavía probablemente encerrada en los Estados Unidos.

“El día de los difuntos de 1836”, constituye uno de sus artículos políticos más radicales, pesimistas y desalentadores. Un artículo que escribió escasos meses antes de suicidarse y donde exclama:

Dirigíanse las gentes por las calles en gran número y larga procesión, serpenteando de unas en otras como largas culebras de infinitos colores: ¡al cementerio, al cementerio! ¡Y para eso salían de las puertas de Madrid!

Vamos claros, dije yo para mí, ¿dónde está el cementerio? ¿Fuera o dentro? Un vértigo espantoso se apoderó de mí, y comencé a ver claro. El cementerio está dentro de Madrid. Madrid es el cementerio. Pero vasto cementerio donde casa es el nicho de una familia, cada calle el sepulcro de un acontecimiento, cada corazón la urna cineraria de una esperanza o de un deseo. Entonces, y en tanto que los que creen vivir acudían a la mansión que presumen de los muertos, yo comencé a pasear con la devoción y recogimiento de que soy capaz las calles del gran osario.

 

En cuanto a la estructura de sus artículos, casi todos ellos presentan un esquema similar:

Planteamiento generalizador: los temas giran en torno a la situación cultural, las costumbres o la visión de algún extranjero sobre el país.

Ejemplo concreto. en ese momento aparece el diálogo y la narración con los que acerca el tema al lector.

 

Final de carácter reflexivo: A veces, la conclusión se presenta con carácter nuevamente general.

A diferencia de los autores costumbristas, Larra no se limitó a describir, sino que profundizó en sus circunstancias sociales y en personas concretas. En sus textos volcó ideas impregnadas de la intención reformista de los ilustrados con el objeto de modernizar el país y de abrirlo a la cultura europea.

Recordemos que para Larra la palabra costumbre no significa sólo tipismo o sátira sino un medio para efectuar consideraciones sociales o filosóficas, extraer conclusiones sobre el carácter de un pueblo o meditar sobre la vida en general. En él observamos una pintura animada, vida de tipos y usos de la época y una visión pesimista, desgarrada de la vida, del país y la sociedad. En El mundo todo es máscara, acuña su imagen predilecta de la sociedad: todos llevan máscara, son inauténticos, fingen y además son insolidarios.

Los artículos que retratan las costumbres de España como “El café” reflejan el estado de retraso, la ignorancia cultural. Critica la educación “La educación de entonces”, “El castellano viejo” “Vuelva usted mañana

Pero la prosa de Larra no se quedó en el costumbrismo. También escribió artículos políticos y artículos de crítica literaria.

En los primeros critica a los sectores reaccionarios: los carlistas, partidarios del absolutismo, y también al gobierno de la reina regente María Cristina y a su ministro Mendizábal. Destaca “El día de difuntos de 1836 “donde une el destino de España al de su propio corazón, no hay esperanza para España ni para Larra.

 

En los artículos de crítica literaria encontramos los dedicados al teatro y los que evidencian su formación ilustrada aunque pronto su libertad ideológica aboga por la libertad en la  creación. Larra expone las causas de la decadencia del teatro: malos actores, las cargas que pesan sobre los empresarios, malas traducciones, Propone la creación de una Escuela de Arte Dramático, la educación del público y la

 

Lo característico de Larra es la ironía con la aborda los temas.  Recurre para ello a la acumulación, a veces caótica de acontecimientos o hechos que parten de un dato concreto hasta que se amplifican para dotar de una visión de conjunto al asunto.  En ocasiones, se vale de la parodia de los ensayos científicos, que se habían dado a conocer a través de los propios periódicos. Este procedimiento, amplifica el efecto irónico o corrosivo: la subjetividad del texto se reviste de un lenguaje aparentemente objetivo, resaltando de este modo el efecto cómico.

Su crítica es siempre mordaz. Con una actitud pesimista que recuerda a los grandes autores del Siglo de Oro, como Quevedo, Larra trasmite su discurso ético, literario, político… cohesionando su gran capacidad fabuladora, con la precisión crítica, que pone el dedo en la yaga; consigue de esta manera una  comunicación, inmediata, directa con el lector.

 Es una lástima, que su vida se desmoronase y le conduciese al suicidio: El abandono de su amante Dolores Armijo, y las decepciones políticas le hundieron en una profunda depresión que lo condujo al sucidio. Sólo tenía 28 años.

 

 

 

 

En este país

 

Hay en el lenguaje vulgar frases afortunadas que nacen en buena hora y que se derraman por toda una nación, así como se propagan hasta los términos de un estanque las ondas producidas por la caída de una piedra en medio del agua. Muchas de este género pudiéramos citar, en el vocabulario político sobre todo; de esta clase son aquellas que, halagando las pasiones de los partidos, han resonando tan funestamente en nuestros oídos en los años que van pasados de este siglo, tan fecundo en mutaciones de escena y en cambio de decoraciones. Cae una palabra de los labios de un perorados en un pequeño círculo, y un gran pueblo, ansioso de palabras, la recoge, la pasa de boca en boca, y con la rapidez del golpe eléctrico un crecido número de máquinas vivientes la repite y la consagra, las más veces sin entenderla, y siempre sin calcular que una palabra sola es a veces palanca suficiente a levantar la muchedumbre, inflamar los ánimos y causar en las cosas una revolución.              

…..

En este país… Esta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. ¿Qué quiere usted?, decimos ¡en este país! Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: ¡Cosas de este país! Que con vanidad pronunciamos y sin pudor repetimos.

….

Sólo con el auxilio de las anteriores reflexiones pude comprender el carácter de don Periquito, ese petulante joven, cuya instrucción está reducida al poco latín que le quisieron enseñar y que él no quiso aprender; cuyos viajes no han pasado de Carabanchel, que no lee sino en los ojos de sus queridas, los cuales no son ciertamente los libros más filosóficos; que no conoce, en fin, más ilustración que la suya, más hombres que sus amigos, cortados por la misma tijera que él, ni más mundo que el salón del Prado, ni más país que el suyo. Este fiel representante de gran parte de nuestra juventud desdeñosa de su país fue no ha mucho tiempo objeto de una de mis visitas.

Encontréle en una habitación mal amueblada y peor dispuesta, como de hombre solo; reinaba en sus muebles y sus ropas, tiradas aquí y allí, un espantoso desorden de que hubo de avergonzase al verme entrar.

-Este cuarto está hecho una leonera- me dijo-. ¿Qué quiere usted?, en este país…- y quedó muy satisfecho de la excusa que a su natural descuido había encontrado.

Mi amigo Periquito es hombre pesado como los hay en todos los países y me instó a que pasase el día con él, y yo, que había empezado ya estudiar sobre aquella máquina como un anatómico sobre un cadáver, acepté inmediatamente.

Don Periquito es pretendiente, a pesar de su notoria inutilidad. Llévome, pues, de ministerio en ministerio: de dos empleos con los cuales contaba, habíase llevado el uno otro candidato que había tenido más empeños que él.

-¡Cosas de España!- me salió diciendo al referirme su desgracia.

-Ciertamente- le respondí, sonriéndome de su injusticia-, porque en Francia y en Inglaterra no hay intrigas; puede usted estar seguro de que allá todos son unos santos varones, y los hombres no son hombres.

El segundo empleo que pretendía había sido dado a un hombre de más luces que él.

-¡Cosas de España!-me repitió.

-Sí, porque en otras partes colocan a los necios – dije yo para mí.

Llevóme  en seguida a una librería, después de haberme confesado que había publicado un folleto, llevado del mal ejemplo. Preguntó cuántos ejemplares se habían vendido de su peregrino folleto y el librero respondió:

-Ni uno.

-¿Lo ve usted, Fígaro?- me dijo-. ¿Lo ve usted? En este país no se puede escribir. En España nada se vende, vegetamos en la ignorancia. En París hubiera vendido diez ediciones.

-Ciertamente- le contesté yo-, porque los hombres como usted venden en París sus ediciones.

En París no habrá libros malos que no sean, ni autores necios que se mueran de hambre.

-Desengáñese usted: en este país no se lee- prosiguió diciendo.

- Y usted que de eso se queja, señor don Periquito, usted ¿qué lee?- le hubiera podido preguntar-. Todos nos quejamos de que no se lee y ninguno leemos.

-¿Lee usted los periódicos?- le pregunté, sin embargo.

-No, señor; en este país no se sabe escribir periódicos. ¡Lea usted ese Diario de los Debates, ese Times!

Es de advertir que don Periquito no sabe francés ni inglés, y que en cuanto a periódicos, buenos o malos, en fin, los hay, y muchos años no los ha habido.

-pasábamos al lado de una obra de esas que hermosean continuamente este país y clamaba:

-¡Qué basura! En este país no hay policía.

En París las cosas que se destruyen y reedifican no producen polvo.

Metió el pie torpemente en un charco.

-¡No hay limpieza en España! – exclamaba.

En el extranjero no hay lodo.

Se hablaba de un robo:

-¡Ah! ¡País de ladrones! – vociferaba indignado. Porque en Londres no se roba, en Londres, donde en calle acometen los malhechores a la mitad de un día de niebla a los transeúntes.

Nos pedía limosna un pobre:

-¡En este país, no hay más que miseria!- exclamaba horripilado. Porque en el extranjero no hay infeliz que no arrastre coche.

Íbamos al teatro, y:

-¡Oh qué horror!- decía don Periquito con compasión, sin haberlos visto mejores en su vida-.

¡Aquí no hay teatros!

Pasábamos por un café.

-No entremos. ¡Qué cafés los de este país!- gritaba.

Se hablaba de viajes:

-¡Oh!¡Dios me libre!; ¡en España no se puede viajar! ¡Qué posadas! ¡Qué caminos!

¡Oh infernal comezón de vilipendiar este país que adelanta y progresa de algunos años a esta parte más rápidamente que adelantaron esos países modelos, para llegar al punto de ventaja en que se han puesto!

….

Cuando oímos a un extranjero que tiene la fortuna de pertenecer a un país donde las ventajas de la ilustración se han hecho conocer con mucha anterioridad que en el nuestro, por causas que no es de nuestra inspección examinar, nada extrañamos en su boca si no es la falta de consideración y aun de gratitud que reclama la hospitalidad, de todo hombre honrado que la recibe; pero cuando oímos la expresión despreciativa que hoy merece nuestra sátira en bocas de españoles, y de españoles, sobre todo, que no conocen más país que este mismo suyo, que tan injustamente dilaceran, apenas reconoce nuestra indignación límites en que contenerse.

 

Borremos, pues, de nuestro lenguaje la humillante expresión que no nombra a este país sino para denigrarle; volvamos los ojos atrás, comparemos y nos creeremos felices. Si alguna vez miramos adelante y nos comparamos con el extranjero, sea para prepararnos un porvenir mejor que el presente, y para rivalizar en nuestros adelantos con los de nuestros vecinos: sólo en este sentido opondremos nosotros en algunos de nuestros artículos el bien de fuera al mal de dentro.

Olvidemos, lo repetimos, esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento: ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser mal tratado de los extranjeros a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros mismos el vergonzoso ejemplo.

Un reo de muerte

Este hábito de la pena de muerte, reglamentada y judicialmente llevaba a cabo en los pueblos modernos con un abuso inexplicable, supuesto que la sociedad al aplicarla no hace más que suprimir de su mismo cuerpo uno de sus miembros, es causa de que se oiga con la mayor indiferencia el fatídico grito que desde el amanecer resuena por las calles del gran pueblo, y que uno de nuestros amigos acaba de poner atinadísimamente por estribillo a un trozo de poesía romántica:

                   Para bien por el alma

                       del que van a ajusticiar.

Ese grito, precedido por una lúgubre campañilla tan inmediata y constantemente como sigue la llama al humo, y el alma al cuerpo; este grito que implora la piedad religiosa a favor de una parte del ser que va a morir, se confunde en los aires con las voces de los que venden y revenden por las calles los géneros de alimento y de vida para los que han de vivir aquel día. No sabemos si algún reo de muerte habrá hecho esta singular observación, pero debe ser horrible a sus oídos el último grito que ha de oír de la coliflorera que pasa atronando las calles a su lado.

Leída y notificada al reo la sentencia, y la última venganza que toma de él la sociedad entera, en la lucha por cierto desigual, el desgraciado es trasladado a la capilla, en donde la religión se apodera de él como de una presa ya segura; la justicia divina espera allí a recibirle de manos de la humana. Horas mortales transcurren allí para él; gran consuelo debe de ser el creen en un Dios, cuando es preciso prescindir de los hombres, o, por mejor decir, cuando ellos prescinden de uno. La vanidad, sin embargo, se abre paso a través del corazón en tan terrible momento, y es raro el reo que, pasada la primera impresión, en que una palidez mortal manifiesta que la sangre quiere huir y refugiarse al centro de la vida, no trata de afectar una serenidad pocas veces posible. Esta tiránica sociedad exige algo del hombre hasta en el momento en que se niega entera a él; injusticia por cierto incomprensible; pero reirá de la debilidad de su víctima. Parece que la sociedad, al exigir valor y serenidad en el reo de muerte, con sus constantes preocupaciones, se hace justicia a sí misma, y extraña que no se desprecie lo poco que ella vale y sus fallos insignificantes.

El drama romántico: Don Álvaro o la fuerza del sino.

por Aghata
lunes, 05 de octubre del 2009 a las 00:50

El teatro romántico.

 

La pervivencia del teatro neoclásico, tanto de la tragedia como de la comedia moratiana, fue uno de los motivos que retrasaron la introducción del drama romántico en España y que impidieron su triunfo completo. De hecho, ambas líneas teatrales convivieron y originaron polémicas sobre los clásicos y los románticos. En muchos casos habría que hablar más de obras románticas que de dramaturgos románticos, pues muchos de ellos escribieron obras tanto dentro de la orientación romántica como de la comedia neoclásica.

 

El estreno en 1834 de Macías de Larra y de La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa constituirán una especie de prólogo a los grandes éxitos de los años siguientes: 1835, Don Álvaro, del Duque de Rivas, 1836, El trovador, de García Gutiérrez, 1837, Los amantes de Teruel de Hartzenbusch, y 1844, Don Juan Tenorio de Zorrilla. El último gran éxito del teatro romántico, con el que éste puede darse por terminado se produce en 1849 con el estreno de Traidor, incofeso y mártir de Zorrilla.

 

Características

 

En cuanto a su forma y estructura, el drama romántico pretendió romper con el drama neoclásico; propuso la libertad de creación, la mezcla de géneros; así como de la prosa y el verso (que concede originalidad a la obra, pero que no suele estar justificada por cambios de contenido o de estructura), la polimetría y una predilección por determinados escenarios (lugares solitarios, cementerios, cárceles). La obra puede estar dividida  en tres, en cuatro o en cinco actos. Interesante es también la aparición de acotaciones escénicas, en las que el autor incluye datos sobre los personajes o el escenario.

 

El héroe y la heroína románticos protagonizan el drama, revestidos de unas características muy similares en la mayoría de obras; ambos son hermosos y viven un amor imposible, estorbado por el destino. Es emblemático también que  el misterio rodee al héroe; su origen suele ser desconocido y como efecto dramático, al final de la obra se produce el reconocimiento (la anagnórisis) que demuestra sus orígenes nobles y en muchas ocasiones su parentesco precisamente con aquel a quien ha causado su muerte. Los demás personajes del drama representa la oposición, los impedimentos o la consecución del amor de los protagonistas o bien se comportan como simples espectadores de su amor.

El gran tema del teatro romántico es la fatalidad, que conduce a la muerte. Junto a él aparece el tema de la  búsqueda sin paliativos de la libertad, una libertad absoluta. La soledad que rodea al héroe y a los personajes con los que éste se topa, pone en evidencia la incomunicación, la imposibilidad de relacionarse. Monólogos y diálogos interminables no sirve para aproximar a los personajes, que no logran desasirse de su destino. El tiempo se percibe entonces como una amenaza, un plazo con el que carga el héroe, y que puede ser determinante para el desenlace de los acontecimientos: en Los amantes de Teruel, el cumplimiento del tiempo dramático, del plazo estipulado impide el desenlace feliz.

La crítica social también se incorpora como motivo temático. Se critica la intolerancia religiosa u otros símbolos del poder; el héroe siempre desea desatar las cadenas que lo aprisionan a unas convenciones hipócritas, que atan al individuo. Temas tan repetidos como el adulterio, el honor o el suicidio son vistos únicamente bajo el tamiz de la propia conciencia. El protagonista lucha siempre por deshacer todos los impedimentos que le impiden ser uno mismo.  Ese deseo de revulsivo social, es evidente además a través de la presencia de personajes marginales ( corsarios, bandidos), situados en el polo de oposición social. En otras ocasiones, es el propio personaje el que se identifica con esta polaridad, caso de Don Juan Tenorio. No es raro hallar en estos personajes un carácter demoníaco, como el que aparece justamente al final de Don Álvaro o la fuerza del sino.

       Existe una ruptura evidente de las unidades que se multiplican, al potenciarse el desplazamiento de los personajes. La simbología es sintomática: de ahí la necesidad de distanciar espacios abiertos y cerrados. La admiración por el mundo de ultratumba, símbolo de la brevedad de la vida, la anulación del individuo y la conciencia del fracaso humano son una constante en casi todas las obras. El sepulcro adquiere el sentido de advertencia metafísica.  De hecho las ruinas muestran el conflicto existente entre el mundo natural y el artificial. La naturaleza no está en ruinas, porque fluctúa, se metamorfosea, está viva, pues. Lo que sí está en ruinas es el mundo del artificio. La naturaleza siempre se regenera, pero el impulso humano no sobrevive, desaparece.

       En el neoclasicismo se pensaba que el caos se podía reconstruir y que todo tenía su lógica. Los románticos se burlan de ese optimismo, y una forma de distanciarse del movimiento predecesor, es dinamitando lo creado por el hombre, a través de esa presencia consciente y constante de las ruinas. A esta simbología se une la de la noche que representa el conflicto entre el infinito y la creación, la relatividad del mundo. La luna, por su parte, representa la aspiración de lo imposible, lo inalcanzable.

       La unidad temporal también se rompe con saltos que pueden abarcar años. En cuanto a la puesta en escena son importantes las acotaciones que señalan todo lo relativo a la puesta en escena: decorados, iluminación, vestuarios. Los códigos visuales recibieron un fuerte impulso gracias al desarrollo técnico: la utilización de espectáculos ópticos como la fantasmagoría (proyección de figuras y paisajes) hizo posible la creación de un clima alucinógeno,  que acercaba al teatro a la novela gótica. Los efectos sonoros apoyaron la percepción sensorial y funcionaron como elemento evocador de hechos y emociones (campanadas de relojes, campanas) o como desencadenantes de acciones (disparos).

 

       Martínez de la Rosa: Comenzó dentro de la comedia moratiniana pero su obra más famosa es La Conjuración de Venecia, publicada en París y estrenada en Madrid en 1834. La obra se  inspira en un acontecimiento histórico: Conjuración de los Querinis y Thiepolos en la Venecia de 1310., que  sirve  a su autor para exponer una teoría sobre la revolución, desposeyendo de su poder a los tiranos sin caer en la violencia. La acción muestra a su vez la prototípica historia de pasiones, tan característica de la sensibilidad romántica. El argumento es el siguiente:

Varios nobles planean una conjuración para derrocar al tirano Morosini. Laura, sobrina de éste y casada en secreto con Ruggeiero, uno de los conjurados, se entrevista con él en el panteón familiar. Un espía los descubre y denuncia los hechos, por lo que la conjuración fracasa y todos los implicados son detenidos y condenados. Por la declaración de Ruggiero se descubre que es hijo del tirano, pero la sentencia es inapelable.  

 

       García Gutiérrez: Su obra El trovador pertenece al drama histórico y sitúa los acontecimientos en el siglo XV. .La obra desarrolla dos acciones distintas: el amor de Leonor por el trovador Manrique y la venganza de Azucena, gitana que resulta ser la verdadera madre de Manrique.  Los acertados diálogos de los personajes cargados de lirismo, convierten a esta obra en una de las más conmovedoras del teatro romántico. 

 

       Juan Eugenio Hartenbusch sobresale por la historia de Los amantes de Teruel  que recoge la historia de  Marsilla, joven sin dinero y sin linaje que se enamora de Isabel. Como su padre se opone al matrimonio porque es pobre se lanza a la busca de fortuna en el plazo de cinco años y un día. Cuando vuelve en el mismo día de la boda de ésta, muere de desesperación porque ya amada se ha desposado con otro y arrastra a su amante a la muerte. La sobriedad en el manejo de los artificios retóricos y la concisión, junto al  hábil manejo de un tiempo,  convierten a esta obra en una joya, un modelo de los amantes arquetípicos, capaz de conmocionarnos todavía.

 

       Zorrilla. Pese a que su mejor obra es Traidor, incofeso y mártir sobre el proceso del pastelero que en 1595 se hizo pasar por el rey Sebastián de Portugal, su obra más famosa que él mismo rechazaba, por el abuso de lirismo y la falta de consistencia del protagonista cargado de  incongruencias, es Don Juan Tenorio.

 

        En este drama el protagonista se enfrenta, una vez más a las normas sociales de forma extremada hasta que el amor lo redime. Este final rompe con la tradición fatalista del teatro romántico, por  ello se considera que el Tenorio cierra el ciclo de la rebeldía y entra en el conformismo social. El peso escénico recae en los diálogos de los personajes, de hecho, la actuación de la protagonista es vital para la credibilidad de la historia, ella es el aliento de la obra, la que la dota de sentido, pues gracias a Inés, el personaje consigue salvarse. Doña Inés representa la figura virginal, capaz de despertar el amor de un libertino, morir de pena por él y rogar a Dios por su salvación. Entre los diversos nudos dramáticos se suceden lapsos temporales que abarcan varios años.

       Pese a los defectos de forma de la obra, ésta se salva por el lirismo de los diálogos. El personaje de Don Juan que no es un malvado sino un hombre capaz de redimirse por amor. El efectismo de las escenas es evidente, el autor nos traslada a un mundo de ensueño en el que opinan incluso los muertos.  Recordemos el fantasma del padre de Inés que atraviesa paredes, salen y vuelven esqueletos a sus tumbas

 

       El amor  se convierte en una fuerza incontrolable, irracional, capaz de transformar la propia naturaleza de los personajes. Aunque todavía subsiste aquella dicotomía barroca entre el sueño y la realidad, el amor no es un espejismo que disfraza la realidad, sino algo positivo, capaz de mover al espíritu a actuar y transformar su ego.

 

       Según Ortega y Gasset:, el Don Juan de Zorrilla, no pretendió ser una nueva interpretación del tema, sino todo lo contrario: la recuperación de la tradición legendaria. Y, sin embargo a Zorrilla le salió una obra irremediablemente romántica y que tiene en el idealismo del espíritu romántico sus cualidades más hondas. Si la muerte acaba con la fugacidad del tiempo en la versión barroca del mito, según el idealismo romántico, el amor vence a la muerte y al pecado.

       “Mi obra –dijo Zorrilla- tiene una excelencia que la hará durar largo tiempo sobre la escena, un genio tutelar en cuyas alas se elevará sobre los demás Tenorios: la creación de mi doña Inés cristiana. Quien no tiene carácter, quien tiene defectos enormes, quien mancha mi obra, es don Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es doña Inés; yo tengo orgullo en ser el creador de doña Inés y pena por no haber sabido crear a don Juan”.

 

Duque de Rivas: Don Álvaro o la fuerte del sino. En esta obra encontramos variedad de metros y rimas, verso y prosa, acción dislocada y una total ausencia de las unidades de lugar y tiempo. Su argumento es de larga tradición: Se trata del poder del destino frente a la voluntad del hombre incapaz de cambiarlo, un tema plenamente romántico. El suicidio de Don Álvaro, en contra de todos los códigos morales de su época supone una novedad literaria  El protagonista siente que el mundo y la sociedad le han cerrado las posibilidades vitales: su amor se frustra por las sospechas sobre su origen y las muertes sucesivas  lo arrastran a una situación cada vez más trágica que desemboca en el final trasgresor del suicidio. La obra es estrenada una noche del domingo 22 de marzo de 1835. El público se enardece ante el efectismo de sus escenas: libre juego de las pasiones, total ausencia de reglas, ambientación tremendista, etc. De hecho la propia vida del Duque de Rivas, parece sacada de esa misma ambientación exaltada: herido en la guerra de la Independencia, sus conspiraciones políticas durante el reinado de Fernando VII le valieron el exilio. Cuando regresa  diez años después, se dedica a la literatura ya que había heredado el título y una gran fortuna. Él es uno de los artífices en la introducción de las ideas románticas en los cenáculos de la época. Tras la composición de El moro expósito, poema narrativo llamado también leyenda y que aparece publicado en 1834, crea esa gran obra que sigue viéndose como el certero modelo (temático, técnico y argumental) del drama romántico: Don Álvaro o la fuerza del sino.

 

 

 

 

La obra se organiza en cinco jornadas con diferente número  de escenas:

1ª Jornada. Don Álvaro está enamorado de Leonor que pertenece a una noble familia de Sevilla contraria a la boda. Álvaro le entrega su arma, que se cae y mata accidentalmente al marqués, padre de Leonor. Ella se debate  entre  los dos: el amor a su padre y el que siente por Don Álvaro, que será la causa de su desgracia.

2ª Jornada. La atención se centra en Leonor que, pasando por un viajero anónimo se dirige al monasterio de Hornachuelos para retirarse como ermitaña.

3ª y 4ª Jornada. Transcurre en Italia. Aparece don Álvaro que, por una mala jugada del destino, se encuentra con el hermano de Leonor, al que mata en duelo. Es condenado a muerte, pero se salva.

5ª Jornada. En la última jornada, don Álvaro vive en el monasterio de Hornachuelos convertido en el padre Rafael. Alfonso, otro hermano de Leonor, lo descubre y don Álvaro lo mata en otro duelo. El final trágico es inminente. Don Alfonso ha descubierto a Doña Leonor y creyendo que están juntos, le clava un puñal. Horrorizado por la escena, don Álvaro se suicida, apelando al mismísimo infierno para que se trague su alma y su ira.  

 

La acción se desarrolla mediante los típicos  saltos temporales, a veces de años. Este hecho facilita los cambios geográficos: los acontecimientos se suceden entre Sevilla, Italia y el monasterio en el que conviven ambos amantes sin saberlo. Este hecho acrecienta su terrible soledad, que aparece representada por esos espacios sepulcrales: celdas, ermitas, monasterios; lugares plenamente románticos en los que la comunicación es inviable.  

Don Álvaro se presenta ante nuestros ojos como el prototipo del héroe romántico. Siente que la sociedad se vuelve en su contra, siente que se asfixia, porque se le niegan las posibilidades vitales: la pasión se frustra ante las sospechas sobre su origen, la muerte aciaga se ceba en todos aquellos con los que se topa en el camino, situación que se vuelve insostenible. Todos esos personajes, familiares de su amada, perecen; hasta su propia amada, muere a manos de su hermano. Ya no puede salvarse, la dolorosa muerte de Leonor, es la desencadenante de su suicidio. En ese momento invoca al infierno, se enfrenta a Dios, en ese acto rebelde que acentúa el efectismo.

La escenografía es cuidada.  El vestuario identifica a los personajes y sirve para configurar sus estados anímicos. La iluminación matiza las escenas mediante los continuos juegos de luces y sombras, capaces de marcar espacios, acentuar el momento en el que se producen los hechos, o servir de enlace idóneo para resaltar el ánimo que mueve a los personajes. Y a estos  elementos hay que añadir los efectos sonoros y decorados, capaces de crear determinadas perspectivas, eficaces como medios de atracción escénica.

 

 

Fragmento

 

Doña Leonor se retira como penitente a una cueva situada junto a un convento de franciscanos. Don Álvaro huye y, sirviéndose de un falso nombre, marcha a Italia para participar en la guerra contra los austríacos. Allí, sin conocer su identidad, salva la vida de Don Carlos, hermano de doña Leonor. Don Álvaro es malherido, Don Carlos descubre quién es y lo reta a duelo, en el trascurso del cual muere. El protagonista, arrestado y esperando la condena a muerte, clama contra su cruel destino.

 

Don Álvaro

¡Leonor! ¡Leonor! Si existes, desdichada,

¡oh, qué golpe le espera

cuando la nueva fiera

te llegue adonde vives retirada,

de que la misma mano,

la mano, ¡ay triste!, mía,

que te privo de padre y de alegría,

¡acaba de privarte de tu hermano!

No; te ha librado, sí, de un enemigo,

de un verdugo feroz que por castigo

de que diste en tu pecho

acogida a mi amor, verlo deshecho,

y roto, y palpitante,

preparaba anhelante,

y con su brazo mismo,

de su venganza hundirte en el abismo.

¡Respira, sí, respira,

que libre estás de su tremenda ira!

 

           ( Pausa.)

¡Ay de mí! Tú vivías,

y yo, lejos de ti, muerte buscaba,

y sin remedio las desgracias mías,

despechado juzgaba;

mas tú vives, ¡mi cielo!,

y aún aguardo un instante de consuelo.

¿ Y qué espero? ¡Infeliz! De sangre un río

que yo no derramé, serpenteaba

entre los dos, mas ahora el brazo mío

en mar inmenso de tornarlo acaba.

¡Hora de maldición, aciaga hora

fue aquella en que te vi la vez primera

en el soberbio templo de Sevilla,

como un ángel bajado de la esfera

en donde el trono Eterno brilla!

¡Qué porvenir dichoso

vio mi imaginación por un momento,

que huyó tan presuroso

como al soplar de repentino viento

las torres de oro, y montes argentinos

y colosos y fúlgidos follajes

que forman los celajes

en otoño a los rayos matutinos!

 

       ( Pausa.)

 

¿ Y mis padres?... Mis padres desdichados

aún yacen encerrados

en la prisión horrenda de un castillo…

pensaba restaurar su nombre y brillo

y rescatar sus míseras cabezas,

no me espera más suerte

que, como criminal, la infame muerte.

(Queda sumergido en el despecho.)

 

Cuatro años después, don Alfonso, hermano también de la dama, va en busca de don Álvaro y lo reta a duelo. El desenlace del drama, especialmente la escena final, es uno de los momentos más conmovedor del teatro romántico.

 

El teatro representa un valle rodeado de riscos inaccesibles y de malezas, atravesado por un arroyuelo. Sobre un peñasco accesible con dificultad, y colocado al fondo, habrá una medio gruta, medio ermita, con puerta practicable, y una campana que puede sonar y tocarse desde dentro; el cielo representará el ponerse el sol de un día borrascoso, se irá oscureciendo lentamente la escena y aumentándose los truenos y relámpagos. DON ÁLVARO y DON ALFONSO  salen por un lado.

 

DON ALFONSO

De aquí no hemos de pasar.

DON ÁLVARO

No, tras esos tapiales

bien, sin ser vistos,  podemos

terminar nuestro combate.

y aunque en hollar este sitio

cometo un crimen muy grande,

hoy es de crímenes día,

y todos han de apurarse.

De uno de los dos la tumba

se está abriendo en este instante.

DON ALFONSO

 Pues no perdamos más tiempo,

y que las espadas hablen.

DON ÁLVARO

Vamos, mas antes es fuerza

que un gran secreto os declare,

pues que de uno de nosotros

es la muerte irrevocable

y si yo caigo es forzoso

que sepáis en este trance

a quién habéis dado muerte,

que puede ser importante.

DON ALFONSO

Vuestro secreto no ignoro,

y era el mejor de mis planes

(para la sed de venganza

saciar que en venas arde),

después de heriros de muerte

daros noticias tan grandes,

tan impensadas y alegres,

de tan feliz desenlace,

que el despecho de saberlas

de la tumba en los umbrales,

cuando no hubiese remedio,

cuando todo fuera en balde,

el fin espantoso os diera

digno de vuestras maldades.

DON ÁLVARO

Hombre, fantasma o demonio,

que ha tomado humana carne

para hundirme en los infiernos,

para perderme…, ¿qué sabes?...

DON ALFONSO

Corrí el Nuevo Mundo… ¿Tiemblas?

Vengo de Lima… Esto baste.

DON ÁLVARO

 No basta, que es imposible

que saber quién soy lograses.

DON ALFONSO

De aquel virrey fementido

que ( pensando aprovecharse

de los trastornos y guerras,

de los disturbios y males

que la sucesión al trono

trajo a España) formó planes

de tornar su virreinato

en imperio, y coronarse,

casando con la heredera

última de aquel linaje

de los Incas ( que en  lo antiguo,

del mar del Sur a los Andes

fueron los emperadores)

eres hijo. De tu padre

las traiciones descubiertas,

aún a tiempo de evitarse,

con su esposa, en cuyo seno

eras tú ya paso grave,

huyó a los montes, alzando

entre los indios salvajes

de traición y rebeldía

el sacrílego estandarte.

No los ayudó fortuna,

pues los condujo a la cárcel

de Lima, do tú naciste.

   

     ( Hace extremos de indignación y sorpresa

DON ÁLVARO)

 

Oye…, espera hasta que acabe.

El triunfo del rey Felipe,

y su clemencia notable

suspendieron la cuchilla

que ya amagaba a tus padres,

y en una prisión perpetua

convirtió el suplicio infame.

Tú entre los indios creciste,

como fiera te educaste,

y viniste ya mancebo,

con oro y favor grande,

a buscar completo indulto

para tus traidores padres.

Mas no, que viniste sólo

para asesinar cobarde,

para seducir inicuo

y para que yo te mate.

DON ÁLVARO ( Despechado.)

Vamos a probarlo al punto.

DON ALFONSO

Ahora tienes que escucharme,

que has de apurar, ¡vive el cielo!

hasta las heces el cáliz.

Y si, por ser mi destino,

consiguieses el matarme,

quiero allá en tu aleve pecho

todo un infierno dejarte.

El rey, benéfico, acaba

de perdonar a tus padres.

Ya están libres y repuestos

en honras y dignidades.

La gracia alcanzó tu tío,

que goza de favor notable,

y andan todos tus parientes

afanados por buscarte

para que tenga heredero…

DON ÁLVARO ( Muy turbado y fuera de sí)

Ya me habéis dicho bastante…

No sé dónde estoy, ¡oh, cielos!...

Si es cierto, si son verdades

las noticias que dijisteis….

     ( Enternecido y confuso.)

¡todo puede repararse!

Si Leonor existe, todo.

¿Veis lo ilustre de mi sangre?...

¿Veis?...

DON ALFONSO

Con sumo gozo veo

que estáis ciego y delirante.

¿Qué es reparación?... Del mundo

amor, gloria, dignidades,

no son para vos… Los votos

religiosos e inmutables

que os ligan a este desierto,

esa capucha, ese traje,

capucha y traje que encubren

a un desertor que al infame

suplicio escapó en Italia,

de todo incapaz os hacen.

Oye cuán truena indignado.

         ( Truena.)

contra ti el cielo… Esta tarde

completísimo es mi triunfo.

Un sol hermoso y radiante

te he descubierto, y de un soplo

luego he sabido apagarle.

DON ÁLVARO  (Volviendo al furor.)

¿Eres monstruo del infierno,

prodigio de atrocidades?

DON ALFONSO

 Soy un hombre rencoroso

que tomar venganza sabe.

Y porque sea más completa,

te digo que no te jactes

de noble… Eres un mestizo,

fruto de traiciones…

DON ÁLVARO ( En el extremo de la desesperación)

Baste.

¡Muerte y exterminio! ¡Muerte

para los dos! Yo matarme

sabré, en teniendo el consuelo

de beber tu inicua sangre.

(Toma la espada, combaten y cae herido DON ALFONSO.)

DON ALFONSO. – Ya lo conseguiste… ¡Dios mío! ¡Confesión! Soy cristiano… Perdonadme…, salva mi alma…

DON ÁLVARO .- ( Suelta la espada y queda como petrificado.) ¡Cielos! ¡Dios mío! ¡Santa madre de los Ángeles!... ¡Mis manos titas en sangre…, en sangre de Vargas!...

DON ALFONSO.- ¡Confesión! ¡Confesión!... Conozco mi crimen y me arrepiento… Salvad mi alma, vos que sois ministro del Señor…

DON ÁLVARO. – ( Aterrado). No, yo no soy más que un réprobo, presa infeliz del demonio! Mis palabras sacrílegas aumentarían vuestra condenación. Estoy manchado de sangre, estoy irregular…: Pedid a Dios misericordia… Y… esperad…, cerca vive un santo penitente… podrá absolveros… Pero está prohibido acercarse a su mansión… ¿Qué importa? Yo, que he roto todos los vínculos, que he hollado todas las obligaciones…

DON ALFONSO. - ¡Ah! ¡Por caridad, por caridad!...

DON ÁLVARO. – Si voy a llamarlo… al punto…

DON ALFONOS. –Apresuraos, padre… ¡Dios mío! ( Corre a la ermita y golpea la puerta.)

DOÑA LEONOR. –( Dentro.) ¿Quién se atreve a llamar a esta puerta? Respetad este asilo.

DON ÁLVARO. – Hermano, es necesario salvar un alma, socorrer a un moribundo; venid a darle el auxilio espiritual.

DOÑA LEONOR. –(Dentro.) Imposible, no puedo; retiraos.

DON  ÁLVARO. –Hermano, por el amor de Dios.

DOÑA LEONOR.  ( Dentro.)   No, no; retiraos.

DON ÁLVARO. – Es indispensable; vamos ( Golpea fuertemente la puerta.)

DOÑA LEONOR.  – (Dentro, tocando la campañilla.) ¡Socorro! ¡Socorro!

Los MISMOS y DOÑA LEONOR vestida con un saco y esparcidos los cabellos, pálida y desfigurada, aparece a la puerta de la gruta, y se oye repicar a lo lejos las campanas del convento.

DOÑA LEONOR. – Huid, temerario; temed la ira del cielo.

DON ÁLVARO. – ( Retrocediendo horrorizado por la montaña abajo.) ¡Una mujer!... ¡Cielos!...

DON ALFONSO. – (Como queriéndose incorporar). ¡Leonor! ¿Qué escucho? ¡Mi hermana!

DOÑA LEONOR. – ( Corriendo detrás de DON ÁLVARO.) ¡ Dios mío! ¿Es Don Álvaro?... Conozco su voz… Él es… ¡Don Álvaro!

DON ALFONSO. - ¡Oh furia!... Es ella… ¡Estaba aquí con su seductor!... ¡Hipócritas!...¡¡Leonor!!

DOÑA LEONOR. - ¡Cielos!, ¡otra voz conocida!... Mas ¿qué veo? (Se precipita hacia donde ve a DON ALFONSO).

DON ALFONSO.  -¡Ves al último de tu infeliz familia!

DOÑA LEONOR. – (Precipitándose en los brazos de su hermano.) ¡Hermano mío!... ¡Alfonso!

DON ALFONSO. – ( Hace un esfuerzo, saca un puñal y hiere a muerte a Leonor). Toma, causa de tantos desastres, recibe el premio de tu deshonra… Muero vengado. ( Muere.)

DON ÁLVARO. - ¡Desdichado!... ¿Qué hiciste?... ¡Leonor! ¿Eres tú?... Tan cerca de mí estabas… ¡Ay! ( Se inclina hacia el cadáver de ella.) Aún respira…, aún palpita aquel corazón todo mío… Ángel de mi vida…, vive, vive; yo te adoro… ¡Te hallé, por fin… sí, te hallé… muerta! ( Queda inmóvil.)

 

Hay un rato de silencio; los truenos resuenan más fuerte que nunca, crecen los relámpagos y se oye cantar a lo lejos el Miserere, a la comunidad que se acerca lentamente

VOZ. (Dentro.) ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Qué horror!

( DON ÁLVARO  vuelve en sí y luego huye hacia la montaña. Sale el  PADRE GUARDIÁN  de la comunidad, que queda asombrada.)

PADRE GUARDÍAN. -¡Dios mío!... ¡Sangre derramada!... ¡Cadáveres!... ¡La mujer penitente!

TODOS LOS FRAILES. – ¡Una mujer!... ¡Cielos!

PADRE GUARDIÁN.- ¡Padre Rafael!

DON ÁLVARO.- (Desde un risco, con sonrisa diabólica, todo convulso, dice:) Busca, imbécil, al padre Rafael… Yo soy el enviado del infierno, soy el demonio exterminador… Huid miserables.

TODOS. -¡Jesús! ¡Jesús!

DON ÁLVARO.- Infierno, abre tu boca y trágame! ¡Húndase el cielo, perezca la raza humana; exterminio, destrucción…! (Sube a lo más alto del precipicio y se precipita.)

EL PADRE GUARDIÁN Y LOS OTROS FRAILES.- (Aterrados y en actitudes diversas.) ¡Misericordia, Señor! ¡Misericordia!

Duque de Rivas

Don Álvaro o la fuerza del sino.

La poesía de Bécquer

por Aghata
domingo, 04 de octubre del 2009 a las 00:47

Gustavo Adolfo Bécquer nació en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Era hijo de un pintor, José Domínguez Bécquer y de Joaquina Bastida. El poeta adopta desde el principio el apellido Bécquer, al igual que hizo su padre, apellido que procedía de una noble familia de comerciantes de origen flamenco.  Su corta vida ( murió a la edad de 34 años) estuvo plagada de penalidades y sufrimientos. Pronto sus hermanos y él se verían privados del calor de sus padres. La horfandaz debió de ser un duro golpe para un niño que había ingresado con tan sólo diez años el Colegio de Náutica.

Del niño pasaría a hacerse cargo su madrina, Manuela Monahay, mujer de cierta sensibilidad literaria y en cuya biblioteca, Bécquer descubriría a los románticos alemanes. El adolescente se inicia como pintor, pero ya su tío le pronostica su suerte : «Tú no serás nunca un buen pintor, sino mal literato». El joven, desorientado, se traslada a Madrid con un ferviente deseo: triunfar en la literaria. Para ganarse la vida, escribe en colaboración con algunos amigos comedias y zarzuelas, adoptando el seudónimo de Gustavo García. En ellas ya se satiriza el ambiente burgués, tan contrario a sus inquietudes literarias o al ambiente bohemio que frecuentaba. Mientras lee con fervor a  Byron ( Hebrew Melodies) o  Heine ( Intermezzo).

Sin embargo, nuevamente la vida le juega una mala pasada. En 1857 aparece la tuberculosis que tendría fatales consecuencias. Desempeña un cargo modesto en la Dirección de Bienes Nacionales, pero lo pierde  y poco a poco se desilusiona.  En 1858 conoce a Joséfina Espin, una bella joven de ojos azules. Bécquer la cortejaría con entusiasmo, hasta que apareció  la que sería su musa, la hermosa cantante de ópera, Julia Espin, hermana de la anterior.  Para él, sólo el amor le proporcionaba la felicidad. Ella se convierte en su inspiración, aunque no será correspondido, porque a ella le disgusta su vida bohemia, tenía mayores aspiraciones. Posteriormente  viviría una relación pasional con Elisa Guillén que se convertiría en su amante. También ella se cansó de él. El poeta se sumiría en la desesperación ante este nuevo desengaño, que lo conduce a casarse sin una meditación previa con  Casta Esteban, que le daría dos hijos, pero  con la que no sería feliz. En 1860 publica Cartas literarias a una mujer, obra que le sirve de reflexión y donde explica el sentido de las Rimas, que ahondan en lo inefable.

Consigue un puesto de redactor en El Contemporáneo, gracias a su amigo Rodríguez Correa. Su cometido es la redactar las crónicas de los salones, la política y la literatura. Gracias a este puesto, mantiene a su familia y se anima a seguir publicando. Pero el fantasma de la enfermedad no lo abandona y, cuando en 1863 sufre una recaída, y pese a que se restablecería, decide marchar a Sevilla con la familia. Pero este traslado provoca desavenencias con su esposa. Casta no soporta las continuas visitas de su hermano Valeriano y el matrimonio comienza a resquebrajarse.

Nuevamente la mediación de un amigo le allanaría el camino de sus desvelos económicos. Gracias a González Pravo, consigue el puesto de censor de novelas en 1864 y vuelve a Madrid. Se trata de  un trabajo que desempeña hasta 1868, una fecha aciaga dentro de su calendario. Su mujer le es infiel y su libro de poemas desaparece en los disturbios revolucionarios. El poeta huye a Toledo y allí permanece un tiempo breve. Las habladurías surgen cuando Casta da a luz un tercer hijo, puesto que la gente asegura que no es hijo de Bécquer, sino de su amante. Pese a la cruda realidad, los esposos mantienen el contacto por carta, aunque ya relación está rota. En 1870 se traslada a Madrid, para dirigir el periódico La Ilustración de Madrid, fundado por Eduardo Gasset. Está ilusionado pues su deseo es que su hermano Valeriano trabaje con él, como dibujante. Pero su hermano muere en septiembre y él, sumido en una profunda desesperación, no puede soportar sus continuas desgracias. Bécquer fallece el 22 de diciembre del mismo año. Mientras agoniza pide a su amigo Augusto Ferrán que queme sus cartas ya que éstas ocasionarían su  deshonra. Sin embargo, desea que se publiquen sus versos y que se cuide de su familia. Sus amigos realizarían una versión de las Obras completas, que saldría a la luz al poco tiempo: en 1871. Sus restos y los de su hermano serían trasladados en 1913 a Sevilla.

 

Obra

 

La poesía de Bécquer surge en el periodo de efervescencia del Realismo, cuando ya el Romanticismo se veía como algo caduco, pasado de moda. Bécquer reabre el bastión romántico, pero lo hace usando nuevos cauces de expresión, de ahí que se diga  que es un romántico rezagado.  

Su poesía bebe de diversas fuentes, entre las que destaca el magisterio de la lírica alemana,  su gusto por el poema breve, que huye de la grandilocuencia romántica. El poeta se siente totalmente fascinado por Heine, que hace un acerado retrato de la amada, pero también siente el fluido del poeta romántico Byron  en diversos poemas, como cuando menciona el arpa o nos dibuja el sometimiento a esa "pupila azul".

El poeta beberá además de otras fuentes, en ese deseo de fluidez versal, en ese acercamiento a la desnudez poética. La sencillez, la espontaneidad, la rima asonante, popular se instalan con naturalidad en un estilo del que  que apenas notamos el artificio.  Pero  lo verdaderamente fascinante de esta poesía es su colorido íntimo. Al suprimir la anécdota romántica,  se intensifica  la sugerencia, el verso se abre y se llena de resonancias.  Machado, Rubén, Juan Ramón, los poetas del 27, todos se han sentido en mayor o menor medida, atraídos por “este himno gigante y extraño”.

 

En realidad, como él mismo pareció pronosticar, la fama no le llegaría en vida. El manuscrito original no llegó a publicarse porque se perdió en un incendio. De hecho, Bécquer volvería a reescribir su obra en 1868 cuando escribe el Libro de los gorriones. Consigue recomponer de memoria 79 rimas, encabezándolas con una declaración poética. Serían sus amigos los que se afanarían en la publicación de la primera edición de las Rimas, obra que saldría a la luz en 1871 y que seguiría un criterio temático.

 

 Los temas que abordan las rimas son archiconocidos:

-Las rimas I-XI abordan el tema de la “creación poética”. El poeta es consciente de la lucha titánica que ejerce el poeta, para encontrar los moldes, el lenguaje que sirva de mecanismo de expresión de ideas y sentimientos.

Esta batalla requiere  temple, una capacidad especial que proporciona la inspiración y que consigue un poeta que siente como nadie el ruido de las cosas y del mundo que le rodea.  La poesía tiene  vida propia y esta vitalidad se materializa en  la naturaleza, en la mujer, en el misterio. El poeta debe tener la suficiente pericia para captar los motivos y revivirlos: motivos que se cruzan con los sentimientos que provoca el amor de una mujer, primer eslabón de esa cadena.

El estudio temático es bastante sencillo.

Las rimas XII- XXIX - se centran en el anhelo de lo ideal. No se identifica a la mujer con un personaje concreto, sino que se trata de una imagen incorpórea, intangible, o sea, inalcanzable. Es la mujer soñada, el ángel delicado de belleza alabastrina ( rubia, pálida, de ojos azules). Puesto que no es un ser tangible, la comunicación establecida no es carnal, sino espiritual: el poeta busca la fusión fugaz de dos almas, a través de gestos muy cotidianos: una mirada, un suspiro, un beso.

 

Pero el Bécquer de la vida real sentiría el desengaño hasta en la médula y ese desengaño aparece  ya en el corpus de rimas que abarca de la XXX a la LI. Ahora ya no es un amor idealizado, ahora la amada es un ser tangible, corpóreo. El desengaño está provocado por la ruptura de los amantes. Esa ruptura puede surgir por varios hechos: la incomunicación, la infidelidad de la amada o el propio orgullo que crea una barrera que los separa. El dolor conduce al poeta a culpar a la amada, le increpa y le reprocha su actitud. El resentimiento puede alcanzar tonos irónicos, hasta sarcásticos; sin embargo, también tienen cabida en estos versos, la evocación nostálgica e incluso el consuelo cruel al observar su sufrimiento.

 

Por último, los versos que abarcan el periodo compuesto por las rimas LII- L XXXVI, nos presentan a un Bécquer que juega con el hilo de la vida, pues presiente el helor de la muerte. El vacio es tan grande en ocasiones que ansía el antiguo dolor ya desterrado, pero al menos, símbolo fehaciente de que uno sigue vivo .A veces se contradice, y se queja del tormento que provoca en su débil alma el tormento de los recuerdos. El poeta se debate ante la muerte: se trata de una lucha sin esperanza: ora teme a esa enemiga cruel que le arrebatará el aliento, ora, acepta la paz, como un bálsamo, la última cura para una vida de sufrimiento.

 

 

En cuanto al estilo, su poesía se desnuda,  estableciendo un pulso certero con el ritmo para dotar a los versos de la musicalidad necesaria.  

Bécquer logra capar los motivos, suprime la anécdota y refuerza las sugerencias. Puede parecer una poesía sencilla o simple, pero  lo cierto es que el trabajo depurador es excelente. Utiliza las herramientas apropiadas para lograr el efecto deseado y la emoción contenida: paralelismos y anáforas, se convierten en parte intrínseca de la composición, en medios eficaces para lograr la tonalidad y el ritmo apropiado. El carácter ascendente de las composiciones es evidente y suelen cerrarse mediante exclamaciones o preguntas retóricas, donde reside el núcleo climático.

El poeta utiliza otros recursos estilísticos: antítesis apropiadas para el tratamiento del desengaño amoroso; enumeraciones de imágenes para describir a la amada, al poeta o la relación vista a través de su mirada emocionada. El magnetismo que provoca su lectura en el lector es innegable, las resonancias se multiplican.

En los poemas se evidencia el yo y el tú de la amada. Ese yo adquiere un carácter enfático y se convierte en la voz  de su mundo interior. El yo lírico e dirige a un tú o a ella, una amada generalmente ausente, la incomunicación, la tensión es crucial. En ocasiones nos retrata lo inaprensible de esa comunicación, porque la amada es inalcanzable; en otras, se ha producido una ruptura y, por lo tanto, ya no queda espacio para la comunicación.  Pero ese tú también dialoga con el difícil oficio del poeta,e incluso, dialoga con cada uno de sus lectores.

En cualquier caso lo característico es la desnudez conceptual que multiplica las resonancias sentimentales a traves, por ejemplo, del uso de los puntos suspensivos que facilitan la vaguedad, hasta conseguir el punto máximo de intensidad expresiva.  

El poeta huye del énfasis seleccionando los adjetivos, únicamente aparecen aquellos imprescindibles, los conocidos epítetos constantes, que resaltan las cualidades intrínsecas del sustantivo: vago fantasma, ángulo oscuro, sombra aérea.  

La sintexis sencilla, se amolda al verso. Huye siempre del hipérbaton alambicado y sólo lo emplea eficazmente cuando el sentido de éste es trasparente.

 

Finalmente observamos un uso de imágenes inteligente: metáforas y comparaciones transparentes, puesto que la relación que se establece entre los términos es de fácil asimilación.

Los términos se circunscriben al campo semántico de lo inefable, lo evanescente, lo que es difícil de aprehender: luz ( aura, rayo), oscuridad ( nube, tinieblas), niebla (bruma, nube), sonidos ( rumor, suspiros), formas vagas ( siluetas, visión), etc.

 

La musicalidad es evidente. El poeta busca los efectos sensoriales a través de la polimetría, la rima, el ritmo o las aliteraciones. Los versos se combinan de diversas formas ( pentasílabos, heptasílabos, octosílabos, endecasílabos, etc.); todos ellos se despliegan en estrofas de cuatro versos, romances, serventesios, pie quebrado, etc. Se acopia del dodecasílabo y del heptasílabo o  usa la silva arromanzada. Se trata de procedimientos innovadores y de ahí el magisterio posterior de su obra.  El ritmo es excelente: la asonancia de los versos impares, el abundante encabalgamiento y los paralelismos trasmutan un poema desnudo en una fuente inagotable de emociones, que lo visten con un traje invisible, que completa un lector, conmovido. Así Bécquer abre el camino a posteriores estéticas: simbolistas, modernistas, autores del 27… todos se han asomado al gran poeta, todos han intentado mimar su propio estilo, buscando el secreto de su innegable valía, de su verso desnudo e irrepetible.

Intentemos hallar ese secreto escuchando sus propias palabras:

 

Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura. Hay otra, natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye; y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía. La primera tiene un valor dado: es la poesía de todo el mundo. La segunda carece de medida absoluta; adquiere las proporciones de la imaginación que impresiona: puede llamarse la poesía de los poetas. La primera es una melodía que nace, se desarrolla, acaba y se desvanece. La segunda es un acorde que se arranca de un arpa, y se quedan las cuerdas vibrando con un zumbido armonioso. Cuando se concluye aquélla, se dobla la hoja con una suave sonrisa de satisfacción. Cuando se acaba ésta, se inclina la frente cargada de pensamientos sin nombre. La una es el fruto divino de la unión del arte y de la fantasía. La otra es la centella inflamada que brota al choque del sentimiento y la pasión. Las poesías de este libro pertenecen al último de los dos géneros, porque son populares, y la poesía popular es la síntesis de la poesía.

                                                                       

 

 

                                       Las rimas

 

                        I

Yo sé de un himno gigante y extraño

que anuncia en la noche del alma una aurora,

y estas páginas son de ese himno

cadencias que el aire dilata en las sombras.

 

Yo quisiera escribirle del hombre,

domando el rebelde, mezquino idioma,

con palabras que fuesen a un tiempo

suspiros y risas, colores y notas.

 

Pero en vano es luchar, que no hay cifra

capaz de encerrarle, y apenas ¡oh hermosa!,

sí, teniendo en mis manos las tuyas,

pudiera al oído, cantártelo a solas.

 

                    II

 

Saeta que voladora

cruza, arrojada al azar,

y que no sabe dónde

temblando se clavará;

 

hoja que del árbol seca

arrebata el vendaval,

sin que nadie acierte el surco

donde el polvo volverá;

 

gigante ola que el viento,

riza y empuja en el mar,

y rueda y pasa, y se ignora

qué playa buscando va;

 

luz que en cercos temblorosos

brilla próxima a expirar

y que no se sabe de ellos

cuál el último será;

 

ese soy yo, que al acaso

cruzo el mundo sin pensar

de dónde vengo ni a dónde

mis pasos me llevarán.

 

             IV

No digáis que agotado su tesoro,

de asuntos falta, enmudeció la lira,

podrá no haber poetas, pero siempre

habrá poesía.

 

Mientras las ondas de la luz al beso

palpiten encendidas,

mientras el sol las desgarradas nubes

de fuego y oro vista,

mientras el aire en su regazo lleve

perfumes y armonías,

mientras haya en el mundo primavera,

¡habrá poesía!

 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance

las fuentes de la vida,

y en el mar o en el cielo haya un abismo

que al cálculo resista,

mientras la humanidad, siempre avanzando,

no sepa  a dó camina,

mientras haya un misterio para el hombre,

¡habrá poesía!

 

Mientras se sienta que se ríe el alma,

sin que los labios rían,

mientras se llore, sin que el llanto acuda

a nublar la pupila,

mientras el corazón y la cabeza

batallando prosigan,

mientras haya esperanzas y recuerdos,

¡habrá poesía!

 

Mientras haya unos ojos que reflejan

los ojos que los miran,

mientras responda el labio suspirando

al labio que suspira,

mientras sentirse puedan en un beso

dos almas confundidas,

mientras exista una mujer hermosa,

¡habrá poesía!

 

 

                    XIII

 

Tu pupila es azul y, cuando ríes,

su claridad süave me recuerda

el trémulo fulgor de la mañana

que en el mar se refleja.

 

Tu pupila es azul y, cuando lloras,

las transparentes lágrimas en ella

se me figuran gotas de rocío

sobre una violeta.

 

Tu pupila es azul y, si en el fondo

como un punto de luz radia una idea,

me parece en el cielo de la tarde

una perdida estrella.

 

                  XV

 

Cendal flotante de leve bruma,

rizada cinta de blanca espuma,

rumor sonoro

de arpa de oro,

beso del aura, onda de luz:

eso eres tú.

 

Tú sombra aérea, que cuantas veces

voy a tocarte, te desvaneces,

como la llama, como el sonido,

como la niebla, como el gemido

del lago azul.

 

En mar sin playas, onda sonante;

en el vacío, cometa errante;

largo lamento

del ronco viento;

ansia perpetua de algo mejor.

ese soy yo.

 

Yo, que  a tus ojos, en mi agonía,

los ojos vuelvo de noche y día;

yo, que incansable corro y demente

tras una sombra, tras la hija ardiente

de una visión.

 

             XVII

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;

hoy llega al fondo de mi alma el sol;

hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…

¡hoy creo en Dios!

 

                  XXX

 

Asomaba a sus ojos una lágrima

y a mi labio una frase de perdón;

habló el orgullo y se enjugó su llanto,

y la frase en mis labios expiró.

 

Yo voy por un camino, ella por otro,

Pero al pensar en nuestro mutuo amor,

yo digo aún : -¿Por qué callé aquel día?

Y ella dirá: -¿Por qué no lloré yo?

 

                 XLI

 

Tú eres el huracán y yo la alta

torre que desafía su poder:

¡tenías que estrellarte o abatirme!...

¡No pudo ser!

 

Tú eras el océano y yo la enhiesta

roca que firme aguarda su vaivén:

¡tenías que romperte o que arrancarme!...

¡No pudo ser!

 

Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados

uno a arrollar, el otro a no ceder,

la senda estrecha, inevitable el choque…

¡No pudo ser!...

 

             LII

Olas gigantes que os rompéis bramando

en las playas desiertas y remotas,

envuelto entre las sábanas de espuma,

¡llevadme con vosotras!

 

Ráfagas de huracán que arrebatáis

del alto bosque las marchitas hojas,

arrastrando en el ciego torbellino,

¡llevadme con vosotras!

 

Nubes de tempestad que rompe el rayo

y en su fuego ornáis las desprendidas orlas,

arrebatado entre la niebla oscura,

¡llevadme con vosotras!

 

Llevadme por piedad a donde el vértigo

con la razón me arranque la memoria.

¡Por piedad! ¡Tengo miedo de quedarme

con mi dolor a solas!

                          L IV

 

Cuando volvemos las fugaces horas

del pasado a evocar,

temblando brilla en sus pestañas negras

una lágrima pronta a resbalar.

 

Y al fin resbala y cae como gota

de rocío, al pensar

que,  cual hoy por ayer, por hoy mañana,

volveremos los dos a suspirar.

 

                L X

 

Mi vida es un erial

flor que todo se deshoja;

que en mi camino fatal

alguien va sembrando el mal

para que yo lo recoja.

 

          L XXIX

 

Una mujer me ha envenenado el alma,

otra mujer me ha envenenado el cuerpo;

ninguna de las dos vino a buscarme,

yo de ninguna de las dos me quejo.

 

Como el mundo es redondo, el mundo rueda.

Si mañana, rodando, este veneno

envenena a su vez, ¿ por qué acusarme?

¿ Puedo dar más de lo que a mí me dieron?

 

Anotaciones:

himno gigante y extraño: la poesía.

cifra: escritura.

al acaso: al azar.

la lira: se refiere otra vez a la poesía.

dó: dónde.

trémulo fulgor: tembloroso resplandor.

cendal: tela transparente.

aura: brisa .

erial: terreno improductivo.

 

 

 

 

Un rayo de Luna

 

Habían pasado algunos años, Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención  ni a las caricias de su madre  ni a los consuelos de sus servidores.

-¡ Tú eres joven, tú eres hermoso- le decía aquélla-; ¿por qué te consumes en la soledad? ¿ Por que no busca una a quien ames y qué, amándote, pueda hacerte feliz¡

-¡El amor...¡ El amor es un rayo de luna- murmuraba el joven

-¿Por qué no os despertáis de ese letargo?- le decía uno de sus escuderos-. Os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre y marchamos a la guerra; en la guerra se encuentra la gloria.

-¡La gloria¡ La gloria es un rayo de luna.-¿Queréis que os diga una cántiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

-¡No¡ ¡No¡- exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-. ¡No quiero nada...¡

Es decir, si quiero..., glorias..., felicidad... ¡Mentiras todo¡¡Fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos¡¿Para qué? ¿Para qué? Para encontrar un rayo de luna.

Manrique estaba loco. Por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mi, por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.

 

 

Sitial: asiento de ceremonia.

Gustavo Adolfo Bécquer.

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Gracias amiga, eso sí que me va a venir bien: recargar energías, es estimulante......(01 dic)
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Lo intento Lerna, pero ya sabes cómo es mi cabecita, siempre maquinando sin pararUn beso...(01 dic)
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