Bravísima la poesía de Raymond Carver
Último fragmento
¿Y conseguiste lo que
querías en esta vida?
Lo conseguí.
¿Y qué querías?
Considerarme amado, sentirme
amado sobre la tierra.
Raymond Carver
Quiero que leáis estos poemas de Raymond Carver desde vuestro corazón, quiero que sentáis en vuestra garganta la inminencia de la muerte; a pesar de esta terrible verdad, el escritor se ha reconciliado con el mundo.
El amor por Tess Gallagher le permite reconocer los instantes vividos en esa prolongación que nos salva, el saberse apoyado, comprendido, acompañado en su último aliento. Estos poemas emocionan y lo hacen porque el autor consigue el distanciamiento necesario para que sintamos lo ajeno (su sufrimiento, su cotidiana existencia) como propio. Los poemas lo desnudan, devienen un diario íntimo de esa propina que le ha proporcionado la vida, para que sienta el placer del día a día; pero llegan a ser mucho más: consiguen la profundidad necesaria para que el lector descubra a través de su voz, el sentido de su vida. El poeta hace partícipe al lector de lo que sucede, del camino recorrido, le acompaña a través de una serie de instantáneas que se detienen ante nuestros ojos, como si de fotografías vistas con cariño se tratase.
Las palabras de Tess en la introducción nos describen el lento devenir de un hombre que consiguió superar sus problemas de alcoholismo, un hombre al que ella amaba profundamente y que sintió la energía de ese amor en medio de su sufrimiento. Esa energía le permitió seguir luchando, pese al tumor que le diagnosticaron, gracias a ella pudo contar lo que sucedía, sus últimos anhelos, sin que el pudor o el terror ante lo desconocido lo paralizase.

Para siempre
A la deriva en una nube de humo,
sigo la raya que en el suelo del jardín deja un caracol
hasta el muro de piedra.
Solamente al final me acuclillo, veo
lo que hay que hacer y, de repente,
me adhiero a la piedra húmeda.
Empiezo a mirar lentamente alrededor
y a escuchar, utilizando para ello
mi cuerpo entero como el caracol
utiliza el suyo, relajado, pero alerta.
¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,
¿cómo podré volver a mi
vida anterior? Mantengo los ojos fijos
en las estrellas, les hago señales
con mis antenas. Me sujeto bien
durante horas, descansando sin más.
Más tarde, la pena comienza
a gotear en mi corazón.
Recuerdo que mi padre está muerto,
Y que me voy a ir pronto
de esta ciudad. Para siempre.
Adiós, hijo, dice mi padre.
Casi al amanecer, bajo
y vuelvo errabundo a casa.
Todavía están esperándome,
el espanto aletea en sus rostros
cuando se encuentran con mis nuevos ojos por primera vez.
Miedo
Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.
Ya he dicho eso.
Felicidad

Tan temprano que casi está oscuro todavía.
Me acerco a la ventana con una taza de café
y el atasco de siempre a estas horas de la mañana
en la cabeza.
Veo entonces al chico y a su amigo
calle arriba
repartiendo el periódico.
Llevan gorras y sudaderas,
uno de ellos con una bolsa al hombro.
Son tan felices
que no se dicen nada, estos chicos.
Creo que si pudieran, se cogerían
del brazo.
Es temprano por la mañana
y están haciendo esto juntos.
Se acercan, despacio.
El cielo empieza a cubrirse de luz,
aunque todavía cuelga pálida la luna sobre el agua.
Tanta belleza que, durante un instante,
la muerte o la ambición, incluso el amor,
no tienen cabida aquí.
Felicidad. Llega
de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente.
Cualquier madrugada te lo dice.
Un paseo
Fui a dar un paseo por la vía del tren.
La seguí durante un rato
y me salí en el cementerio del pueblo.
Allí descansa un hombre entre
sus dos esposas. Emily van der Zee,
Esposa y madre Amantísima,
está a la derecha de John van der Zee,
Mary, la segunda señora van der Zee,
Amantísima esposa también, a la izquiera.
Primero se fue Emily, luego Mary.
Al cabo de unos años, el propio John van der Zee.
Once hijos nacieron de esas uniones.
También estarían muertos a estas alturas.
Este es un lugar silencioso. Un lugar tan bueno como
cualquier otro para descansar del paseo, sentarme y
pensar en mi propia muerte, que se acerca.
Pero no lo entiendo, no lo entiendo.
Todo lo que sé de esta vida llena de sudor y delicadeza,
de la mía y de la todos los demás,
es que dentro de poco me levantaré
y dejaré este lugar tan insólito
que ofrece amparo a los muertos. Este cementerio.
Me iré. Andando primero sobre un raíl
y luego sobre el otro.
Mi muerte

Si tengo suerte, estaré conectado
a una cama de hospital. Tubos
por la nariz. Pero intentad no asustaros, amigos.
Os digo desde ahora que está bien así.
Poco se puede pedir al final.
Espero que alguien telefonee a los demás
para decir, “¡ven rápido, se está yendo!”
Y vendrán. Así tendré tiempo
para despedirme de las personas que amo.
Si tengo suerte, darán un paso adelante
para que pueda verles por última vez
y llevarme ese recuerdo.
Puede que bajen la mirada ante mí y quieran echar a correr
y aullar. Pero, al menos, puesto que me quieren,
me cogerán la mano y me dirán “Valor”
y “Todo va a ir bien”.
Y tienen razón. Todo va a ir bien.
Me basta con que sepas lo feliz que me has hecho.
Sólo espero que siga la suerte y pueda mostrar
mi agradecimiento.
Que pueda abrir y cerrar los ojos para decir
“Sí, te escucho. Te entiendo”.
Incluso que pueda llegar a decir algo así:
“También yo te quiero. Sé feliz”.
¡Así lo espero! Pero no quiero pedir demasiado.
Si no tengo suerte, si no la merezco, bueno,
me tendré que ir sin decir adiós ni darle la mano a nadie.
Sin poder decirte lo mucho que te quise y lo mucho que disfruté
de tu compañía todos estos años. En cualquier caso,
no me guardes luto mucho tiempo. Quiero que sepas
que fui feliz contigo.
Y recuerda que te dije esto hace tiempo, en abril de 1984.
Pero alégrate por mí si puedo morir en presencia
de mis amigos y de mi familia. Si es así, créeme,
salí de mi vida por la puerta grande. No perdí esta vez.
Para Tess

Afuera en el Estrecho el agua chapotea,
como dicen aquí. Anuncia la tormenta, me alegra
no estar fuera. Contento porque estuve todo el día pescando
en Morse Creek, probando una Daredevil roja, lanzándola
una y otra vez. No saqué nada. Ni una pieza
siquiera, nada. Pero estuvo bien. Fue divertido.
Llevé la navaja de tu padre y durante un rato
me siguió n perro que su dueño llamó Dixie.
A veces me sentía tan feliz que tenía que dejar
de pescar. Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en la copa de los árboles. El mismo viento
que sopla afuera en el Estrecho pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.
Donde hayan vivido

Fuera donde fuera, aquel día andaba
por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones
de recuerdos. Mirando las ventanas
que no hace mucho le habían pertenecido.
Trabajo, miseria y pocos cambios.
En aquella época vivían para sus deseos,
decididos a ser invencibles.
Nada les detendría. Al menos
durante muchísimo tiempo.
En la habitación del motel
aquella noche, de madrugada,
abrió una cortina. Vio nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
en el cristal. Le traspasó un aire frío
que puso la mano sobre su corazón.
Te amé, pesó.
Te he amado mucho.
Hasta que se acabó el amor.
Dulce luz

Tras el invierno, torpe y afligido,
florecí con la primavera. Una dulce luz
me colmó el pecho. Sacaba
una silla. Me sentaba durante horas frente al mar.
Escuchaba las balizas y aprendí
a expresar la diferencia entre una campana
y el sonido de una campana. Quería
todo lo que estaba a mi lado. Incluso quería
dejar de ser una persona. Y lo logré.
Sé que lo hice (ella me trajo de vuelta).
Recuerdo aquella mañana en que cerré la caja
de la memoria y giré la llave.
Cerrada para siempre.
Nadie sabe lo que me ocurrió
aquí fuera, mar. Sólo tú y yo lo sabemos.
Por la noche, las nubes cubrieron la luna.
Por la mañana ya se habían ido. ¿Y aquella dulce luz
que dije antes? También se había ido.
Zapatillas

Los cuatro sentados en círculo aquella tarde.
Carolina nos contaba su sueño. Cómo se despertó
ladrando una noche. Y se encontró a su pequeño perro,
Teddy, al lado de la cama, mirándola.
El hombre que entonces era su marido
también la miraba mientras lo contaba.
Escuchaba atentamente. Incluso sonreía. Pero
había algo en sus ojos. Una forma
de mirarla, una mirada. Todos la teníamos…
Por entonces salía con una mujer
llamada Jane, pero no se trata aquí de juzgarle
ni a él, ni a Jane, ni a nadie. Cada uno fue contando
su sueño. Yo no tenía ninguno.
Miré tus pies, subidos al sofá,
en zapatillas. Todo lo que se me ocurría decir,
pero no lo hice, era que esas zapatillas aún conservaban el calor
una noche que las recogí
de donde las habías dejado. Te las dejé junto a la cama.
Pero el edredón se cayó durante la noche
y las cubrió. Por la mañana, las buscaste
por todos lados. Entonces tu voz desde arriba,
¨¡Encontré mis zapatillas!” No tiene importancia,
ya lo sé, se queda entre nosotros. Sin embargo,
tiene su cosa. Aquellas zapatillas perdidas. Y
el grito de alegría.
Está bien que haya pasado
hace un año o algo más. Podía haber sido
ayer, o el día antes. ¿Qué más da?
La alegría, el grito.
Lo que dijo el Médico

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que lo tenía malo malo de verdad
dijo que había contado treinta y dos en un pulmón y
que dejó de contar
le dije me alegro porque no quería saber
si hay más
dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese
en el bosque y pida ayuda
cuando llegue a la cascada
la neblina le rodeará los brazos y la cara
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy
dijo lo siento mucho dijo
me hubiera gustado tener otras noticias que darle
dije Amén y él añadió algo
que no entendí y no sabiendo qué más hacer
y para no hacerle repetirlo
y a mí digerirlo
me quedé mirándole sin más
durante un rato y él me miraba a mí
me puse de pie de un salto y le tendí la mano al hombre
que acababa de decirme lo que nunca nadie me había dicho
puede que incluso le haya dado las gracias por costumbre.
Propina
No hay otra palabra. Pues eso es lo que fue. Una propina.
Una propina, estos diez años.
Vivo, sobrio, trabajando, amando
y siendo amado por una buena mujer. Hace
once años le dijeron que le quedaban seis meses de vida
si seguía así. Y que por ese camino
no llegaría al fondo. De modo que cambió
su modo de vida. ¡Dejó de beber! ¿Y el resto?
Después de eso, todo fue una propina, cada minuto
hasta ahora, incluyendo el momento en que se lo dijeron,
bueno, aunque hubo cosas en su cabeza que se vinieron abajo
y otras que empezaron a formarse. “No lloréis por mí”,
les dijo a sus amigos: “Soy un hombre con suerte.
He vivido diez años más de lo que yo o nadie
Esperaba. Pura propina. Y no lo olvido”.
Bartleby Poesía
Raymond Carver, Todos nosotros.



Alfredo consigue eso. Libros como Anoche hable con la luna, sobre la dura experiencia de una adolescente acosada por su padre; Noche de alacranes, que revive la vida de una guerrillera que sufrió en sus carnes la diáspora de la Guerra Civil o este nuevo libro , Barro de Medellín, que ha merecido el premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, demuestran nuevamente esa dúctil capacidad de todo buen escritor: la capacidad de moldear una realidad vivida, sentida u observada, en un universo inédito, inexplorado, lleno de seres creíbles que respiran vida.
Por supuesto que no es el único premio de su trayectoria, aunque sí uno de los más emotivos, un reconocimiento que lo consolida como uno de los grandes forjadores de sueños y mundos posibles. Gómez Cerdá ha recibido ya muchos otros premios, como el Premio Gran Angular, el Fray Luis de León o el Cervantes Chico por el conjunto de su obra. Piedrecitas, que siembra en el sendero, el seguro camino de su reconocimiento institucional, el que le permite una solvencia económica; el otro, es el anónimo, el dulce beneplácito de los chavales, sus enormes ojos se dilatan, se tornan voraces ante las palabras, se adhieren a esa escalera mágica y trepan sin demora.
Hoy en día nadie duda de la necesidad de iniciativas como las realizadas con entusiasmo por Elvira Azpeitia y Laura Moreno, profesoras del IES Las Rozas I de Madrid. Nunca se hace lo suficiente cuando se trata de poner en marcha el lento engranaje de la colaboración para facilitar el desarrollo en todos los niveles educativos. Pero la valentía y la perseverancia es una de las cualidades afines entre los profesores que quieren que sus alumnos vean lo que sucede a su alrededor con los ojos bien abiertos, para que reconozcan como deambulan por el mundo, esos chavales y chavalas desprotegidos con los que no pueden chatear, porqué sólo aparecen en las noticias con los ojos salidos de las órbitas y llenos de moscas. Es necesario- creen estas profesoras- darles las herramientas necesarias para que sepan lo que se cuece en esos países, para que alcen sus manos… si algún día pueden hacerlo y entreguen sus corazones a esos mismos hombres y mujeres que siendo niños soñaban con un mundo más digno. La idea era trabajar la realidad africana acotándola en un amplio espectro: desde el siglo XIX hasta la actualidad. Cada una de ellas desde su materia ( Historia del Mundo Contemporáneo y Tecnología de la información y la comunicación) han incentivado a los alumnos para que "adquieran una conciencia cívica responsable", y con este proyecto lo han logrado con creces.
Lo importante es que los alumnos aprendan a cotejar la información, que no se les oculte la realidad, con otros caramelos. La educación es un privilegio que no está al alcance de todos: miles de niños soldados mueren o matan cada día, miles de personas no tienen las herramientas necesarias para erradicar el SIDA, otros trabajan hasta la extenuación, miles de niñas son obligadas a casarse o prostituirse.
Esto es la historia de nunca acabar. Es desesperante que los seres humanos decidan sus diferencias con atentados suicidas como el que ocurrió en la Universidad Islámica de Islámabad. Es inadmisible que tengamos que escuchar una y otra vez la misma cantinela. El periódico El Mundo se hace eco hoy de la noticia: Pakistán cierra todos los centros educativos en previsión de nuevos ataques islamistas.
El pánico ha atenazado a las propias instituciones que no quieren tener que dar explicaciones ante una masacre. La solución siempre pasa por erradicar el mal, extirpar el tumor. Los ministros se arman de un valor de papel y secan las lagrimas y los gritos, prometiendo “erradicar el extremismo”, según palabras de Yusuf Raza Gilani. Las aspas de los helicópteros chupasangres aplastarán a la hormiga, el líder talibán Baitulá Mehsud. Lo más triste de todo es que un padre de familia le diga a un reportero: <<Vivimos en una amenaza constante. La educación de nuestros hijos sufre. Si ellos pueden atacar la Universidad islámica, pueden atacarlo todo>>… Y añada :<< No sabemos qué hacer. No queremos sacrificar a nuestros hijos, pero no podemos retenerlos por mucho tiempo en casa>>. Seguramente después de las masacres, podrán los cuervos darse un festín… Lo cruel es que se acojone la gente de ese modo, que la cultura se baje los pantalones, que un niño permanezca oculto en las entrañas de su casa, sin poder salir a la calle, sin poder jugar con los amigos, sin poder reírse, siempre con el nudo en la garganta, siempre expectante… oliendo a muerte y desesperación a las puertas de su casa o escuela.
¡Ayyyyy! Seguro que mis amigas madres comprenden el dolor de cabeza que me ronda esta noche. Ir de compras con tu hija es una operación matemática muy complicada. Siempre arañando precios y sacando las uñas, como perros y gatos. ¡Pero, qué fácil es claudicar y disfrutar de una tarde de sol radiante sin aspavientos! Venga, mujer… disfruta… no pienses en la tarjeta, déjala a la pobre que eche humo. María dándome un montón de ropa… yendo al probador… volviendo… “Esta camisa es muy grande, tráeme otra talla más pequeña”. “Esto me queda que ni pintado, me lo apunto”. “Mira mamá, o me traes un cinturón o no sé si me queda bien el suéter” “Anda, sé buena y cómpramelo”. Y yo… a cuadros. Veo cómo disfruta… y se me hace un nudo en el estómago de felicidad… Pero luego, empiezo a recortar despacio y se enfada. "Pero, mamá…" Nada, que no claudico. En un triste desliz, me fijo en un vestido… un poco hippie… y me lo pruebo. “Mamá, por Dios…” “Qué mal te queda”. Eso… encima dándome ánimos. En fin… que después de tanto mareo, no he podido mirar nada para mí. No si yo sólo quería una cazadora vaquera, para ponérmela con todos esos vaqueros, que ya le quedan pequeños, y sería un desperdicio tirar porque aún están nuevos… Pero ni eso…

