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Otros poetas renancentistas.

por Aghata
lunes, 17 de noviembre del 2008 a las 01:03

Otros poetas renacentistas

Juan Boscán

El deseo de no despertar de los sueños, ese territorio en el que se tamizan las ilusiones  es uno de los motivos renacentistas. En ese sueño el poeta siente esa dulce congoja que es el amor; sin embargo, la desdicha se clava en sus entrañas cuando despierta, porque todos sus deseos se han evaporado.

 

Dulce soñar y dulce congojarme,

cuando estaba soñando que soñaba;

dulce gozar con lo que me engañaba,

si un poco más durara el engañarme;

 

dulce no estar en mí, que figurarme

podía cuanto bien yo deseaba;

dulce placer, aunque me importunaba

que alguna vez llegaba a despertarme:

 

¡oh sueño, cuánto más leve y sabroso

me fueras si vinieras tan pesado

que asentaras en mí con más reposo!

 

Durmiendo, en fin, fui bienaventurado,

y es justo en la mentira ser dichoso

quien siempre en la verdad fue desdichado.

Normalmente la ausencia es uno de los más eficaces remedios de amor.  Sin embargo, en este soneto el poeta expone claramente la idea contraria: la ausencia de la dama abre todavía más las heridas, la agrava; esta ausencia  interfiere en sus sentimientos: el recuerdo, la soledad, la distancia, la crudeza de las heridas; todas estas emociones acrecientan sus emociones.  

Quien dice que la ausencia causa olvido

merece ser de todos olvidado.

El verdadero y firme enamorado

está, cuando está ausente, más perdido.

 

Aviva la memoria sus sentidos;

la soledad levante su cuidado;

hallarse de bien tan apartado

hace su desear más encendido.

 

No sanan las heridas en él dadas,

aunque cese el mirar que las causó,

si quedan en el alma confirmadas.

 

 

Que si uno está con muchas cuchilladas,

porque huya de quien lo acuchilló,

no por eso serán mejor curadas.

 

 

A la tristeza

Estas coplas muestran uno de los motivos más habituales de la poesía cancioneril: cómo el amante se recrea en su dolor. Su pena da lugar a una serie de paradojas habituales en el amor cortés, por ejemplo, la idea de que el amor es una muerte que da vida.

 

Tristeza, pues yo soy tuyo,

tú no dejes de ser mía

mira bien que me destruyo,

sólo en ver que el alegría

presume de hacerme suyo.

¡Oh tristeza!,

que apartarme de contigo

es la mas alta crueza

que puedes usar conmigo.

 

No huyas ni seas tal

que me apartes de tu pena;

soy tu tierra natural,

no me dejes por la ajena

do quizá te querrán mal.

 

Pero di,

ya que estó en tu compaía:

¿Cómo gozaré de ti

que no goce de alegría?

 

Que el placer de verte en mí

no hay remedio para echallo.

¿Quién jamás estuvo así?

Que de ver en ti me hallo

me hallo que estoy sin ti.

¡Oh ventura!

¡Oh amor, que tú heciste

que el placer de mi tristura

me quitaste de ser triste!

 

Pues me das por mi dolor

el placer que en ti no tienes,

porque te sienta mayor,

no vengas que si no vienes,

entonces vernás mejor.

Pues me places,

vete ya, que en tu ausencia

sentiré yo lo que haces

mucho más que en tu presencia.

Cristóbal de Castillejo

El poeta se complace en ese amor que es una fuerza irresistible que arrastra la razón hasta la locura. Su voluntad flaquea en esa prisión donde se siente desposeído de su propio ser, enajenado. Sin embargo, el poeta no sabe si es muerte o vida, pues si en verdad ella le ama, su dolor será una dulce medicina.

 

Si las penas que dais son verdaderas,

como bien lo sabe el alma mía,

¿por qué no se me acaban? y sería

sin ellas el morir muy más de veras;

 

y si por dicha son tan lisonjeras,

y quieren retozar con mi alegría,

decid, ¿ por qué me matan cada día

de muerte de dolor de mil maneras?

 

Mostradme este secreto ya, señora,

sepa yo por vos, pues por vos muero,

si lo que padezco es muerte o vida;

 

porque, siendo vos la matadora,

mayor gloria de pena ya no quiero

que poder alegar tal homicida.

Nos hallamos ante una traducción feliz del célebre poema latino de Catulo ( De mi basia mille, deinde centum).

 

Dame, amor, besos sin cuento,

asida de mis cabellos,

y mil y ciento tras ellos,

y tras ellos mil y ciento,

y después

de muchos millares, tres;

y porque nadie lo sienta,

desbaratemos la cuenta

y contemos al revés.

Gutierre de Cetina

Nos hallamos ante uno de los poemas que han perdurado a lo largo de los siglos. Se trata del famoso poema que Cetina dedica a la mirada y a la belleza de los ojos.  Son dos madrigales. El primero fue imitado, musicado, vuelto a lo divino... En el segundo se comparan los ojos de la dama con el astro rey. Como la dama se cubre los ojos con la mano consigue que su resplandor se dulcifique, paliando un poco su intensidad.

 

 1

Ojos claros, serenos,

si de un dulce mirar sois alabados,

¿ por qué, si me miráis, miráis airados?

Si cuanto más piadosos

más bellos parecéis a aquel que os mira,

no me miréis con ira

porque no parezcáis menos hermosos.

¡Ay, tormentos rabiosos!

Ojos claros, serenos

ya que así me miráis, miradme al menos.

 

Cubrir los bellos ojos

con la mano que ya me tiene muerto,

cautela fue por cierto,

que ansí doblar pensastes mis enojos.

Pero de tal cautela

harto mayor ha sido el bien que el daño,

que el resplandor extraño

del sol se puede ver mientras se cela.

Así que aunque pensastes

cubrir vuestra beldad, única, inmensa,

yo os perdono la ofensa,

pues, cubiertos, mejor verlos dejastes.

Hernando de Acuña

El poeta nos muestra al dios Amor con esa doble identidad, consagrada desde siempre: como un cazador y como un niño ciego.

 

Cuando era nuevo el mundo y producía

gentes, como salvajes, indiscretas,

y el cielo dio furor a los poetas

y el canto con que el vulgo los seguía,

 

fingieron dios a Amor, y que tenia

por armas fuego, red, arco y saetas,

porque las fieras gentes no sujetas

se allanasen al trato y compañía;

 

después, viniendo a más rázon los hombres,

los que fueron más sabios y constantes

al Amor figuraron niño y ciego,

 

para mostrar que dél y destos hombres

les viene por herencia a los amantes

simpleza, ceguedad, desasosiego.

 

 

Francisco  de Aldana

Muestra la dificultad de la unión de los amantes, condenados a un deseo insatisfecho durante sus encuentros; únicamente sus almas pueden acoplarse, penetrarse. El poema se apoya  en algunos motivos tipificados como la lucha de amor, la fusión de las almas.

La novedad del poema es  esa sensualidad intensa que muestra como  si de un diálogo real entre amantes se tratase. Ese juego de voces acentúa la sensualidad,  aproximando de esta manera su intenso deseo al lector.

 

¿Cuál es la casa, mi Damón, que estando

en la lucha de amor juntos, trabados,

con lenguas, brazos, pies y encadenados

cual vid que entre el jazmín se va enredando,

 

y que el vital aliento ambos tomando

en nuestros labios, de chupar cansados,

en medio a tanto bien somos forzados

llorar y suspirar de cuando en cuando?

 

Amor, mi Filis bella, que allá dentro

nuestras almas juntó, quiere en su fragua

los cuerpos ajuntar también, tan fuerte,

 

que no pudiendo, como esponja el agua,

pasar del alma al dulce amado centro,

llora el velo mortal su avara suerte.

El poeta muestra su desesperación con gran intensidad. Desata su angustia, casi de forma violenta. Los contrastes tan intensos nos aproximan al Barroco, parece incluso que nos hallemos ante un soneto prototípico de Quevedo.

 

Mil veces callo, que romper deseo

el cielo a gritos, y otras tantas tiento

dar a mi lengua vos y movimiento,

que en silencio mortal yacer la veo.

 

Anda cual velocísimo correo

por dentro el alma el suelto pensamiento,

con alto, y de dolor, lloroso acento,

casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.

 

No halla la memoria o la esperanza

rastro de imagen dulce o deleitable

con que la voluntad viva segura.

 

Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,

muerte que tarda, llanto inconsolable,

desdén del cielo, error de la ventura.

Algo similar ocurre en este segundo poema. Ese desengaño barroco ante la existencia nos sobrecoge; sin embargo,  el poeta palia ese dolor aceptando uno de los motivos más extendidos durante el Renacimiento, que lo acerca a Fray Luís: la idea de apartarse del mundanal ruido y vivir retirado, en paz consigo mismo, para cultivar la virtud.

 

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,

tras tanto variar vida y destino

tras tanto de uno en otro desatino,

pensar todo apretar, nada cogiendo;

 

tras tanto acá y allá, yendo y viniendo

cual sin aliento, inútil peregrino;

¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino

yo mismo de mi mal ministro siendo,

 

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria

del mundo es lo mejor que en él se esconde,

pues es la paga de él muerte y olvido;

 

y en un rincón vivir con la victoria

de sí, puesto el querer tan sólo adonde

es premio el mismo Dios de lo servido.

Francisco de la Torre

Otro de los motivos recurrentes de la poesía renacentista que sera después recreado por los románticos es la personificación de la noche, entendida como confidente de los sentimientos. Son unos sentimientos que se reiteran y surgen una y otra vez, como si resucitaran de las cenizas. Los románticos desatarán su indivualidad increpando a la noche, aunque será una noche distinta, una noche que desgarra el alma, oscura y salvaje como su alma atormentada.

 

¡Cuántas veces te me has engalanado

clara y amiga Noche!¡Cuántas llena

de oscuridad y espanto la serena

mansedumbre del cielo me has turbado!

 

Estrellas hay que saben mi cuidado,

y que se han regalado con mi pena;

que entre tanta beldad, la más ajena

de amor, tiene su pecho enamorado.

 

Ellas saben amar, y saben ellas

que he contado su mal llorando el mío,

envuelto en los dobleces de tu manto

 

Tú, con mil ojos, Noche, mis querellas

oye, y esconde; pues mi amargo llanto

es fruto inútil que al amor envío.

Francisco de Figueroa

Este soneto expone uno de los tópicos más insistentes de la poesía del Siglo de Oro, motivo que será recreado también por los poetas barrocos como Quevedo: el alma del amante se halla donde está la amada y con ella permanece eternamente. Recordemos el famoso "polvo serán/ mas polvo enamorado".

 

Partiendo de la luz, donde solía

venir su luz, mis ojos han cegado;

perdió también el corazón cuitado

el precioso manjar de que vivía.

 

El alma desechó la compañía

del cuerpo, y fuese tras el rostro amado;

así en mi triste ausencia he siempre estado

ciego y con hambre y sin el alma mía.

 

Agora que al lugar, que el pensamiento

nunca dejó, mis pasos presurosos

después de mil trabajos me han traído,

 

cobraron luz mis ojos tenebrosos

y su pastura el corazón hambriento,

pero no tornará el alma a su nido.

En este otro soneto el  poeta recrea un viejo tema de la poesía de los cancioneros, el enajenamiento ante la amada, que ya recreó, entre otros, Manrique, y que será uno de los motivos más insistentes de la poesía del Barroco ( por ejemplo, en Lope de Vega).

La dama es vista como un dios, y el poeta ante ella se vacía. Es la típica dama cruel del amor cortés.

 

Perdido ando, señora, entre la gente

sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida;

sin vos, porque no sois de mi servida;

sin mí, porque no estoy con vos presente;

 

sin ser, porque de vos estando ausente,

no hay cosa que del ser no me despida;

sin Dios, porque mi alma a Dios olvida

por contemplar en vos continuamente;

 

sin vida porque ya que haya vivido,

cien, mil veces mejor morir me fuera

que no un dolor tan grave y tan extraño.

 

¡Qué, preso yo por vos, por vos herido,

y muerto yo por vos de esta manera,

estéis tan descuidada de mi daño!

Fernando de Herrera

Fernando de Herrera mostró de manera insistente su amor hacia doña Leonor de Milán, condesa de Gelves, que aparece en sus poemas como la Luz. En este caso interesa la eficacia con la que describe de una forma muy original el peinado de la dama (que compara con Febo, el sol o un cometa) y como recrea el rostro de la dama en ese contraste de nieve y púrpura,  como si fuera un retrato del propio cielo.

Cual d´oro era el cabello ensortijado

y en mil varias lazadas dividido,

y cuanto en más figuras esparcido,

tantos de más centellas ilustrado;

 

tal de lucientes hebras coronado

Febo aparece en llamas encendido,

tal discurre en el cielo esclarecido

un ardiente cometa arrebatado.

 

Debaxo el puro, propio y sutil velo

Amor, gracia y valor y la belleza

templada en nieve y púrpura se vía

 

Pensara que s´abrió esta vez el cielo,

y mostró su poder y su riqueza,

si no fuera la Luz del l´alma mía.

El amor aparece como destino doloroso e inevitable. El poeta expresa con imágenes muy plásticas su sufrimiento en los cuartetos. Además es evidente, como dice en el primer terceto, que es imposible quitarse esa llaga, es imposible huir de ese amor que causa el dolor. El cerco se cierra, en ese inexorable existir que le conduce al amor puesto que no puede olvidar sus sentimientos.

Voy siguiendo la fuerza de mi hado

por este campo estéril y escondido;

todo calla, y no cesa mi gemido,

y lloro la desdicha de mi estado.

 

Crece el camino y crece mi cuidado,

que nunca mi dolor pone en olvido;

el curso al fin acaba, aunque extendido,

pero no acaba el daño dilatado.

 

¿Qué vale contra un mal siempre presente

apartarse y huir, si en la memoria

se estampa, y muestra frescas las señales?

 

Vuela Amor en mi alcance y no consiente

en mi afrenta que olvide aquella historia

que descubrió la senda de mis males.

Comentarios sobre Otros poetas renancentistas.

guille guille

Bueno. Vi toda la página y esta buena, la verdad nunca me apresté tanto a esta época de la poesía; modernistas o contemporáneos se acercan a mi forma de sentir, aunque éstos tengan alg inalienable, una como paz interior. Saludos

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