Luis García Montero, La inmortalidad: Textos para talleres literarios
Textos para talleres literarios.
Luis García Montero
La inmortalidad
Excelente en todos los sentidos este poema sobre la inmortalidad. Deslía su significado y deja que impregne tu retina, deja que se meza su ritmo en tus entrañas. Deja que pose sobre tu mirada. Reléelo una y otra vez, porque el brote de las palabras es el de un maestro y cuánto más lo lees, más sentidos, más puertas abres. Después, recapacita. Busca en tu interior, piensa en lo que para ti mismo significa esta palabra que ha sido siempre punto de inflexión para todos los poetas: uno de esos eternos interrogantes sobre el hombre y el sentido de su existencia. Después elabora tú mismo una versión personal, la tuya… que debes dotar de un sentido que no trasfiera lo dicho por otros, lo que has leído o escuchado. Debes moldear el tema, a imagen y semejanza de tu mirada… No existen dobles, ni mascaradas, únicamente existes tú y tu posicionamiento, tu forma de dotar al sentido de la vida de palabras.

Nunca he tenido dioses
y tampoco sentí la despiadada
voluntad de los héroes.
Durante mucho tiempo estuvo libre
la silla de mi juez
y no esperé juicio
en el que rendir cuentas de mis días.
Decidido a vivir, busqué la sombra
capaz de recogerme en los veranos
y la hoguera dispuesta
a llevarse el invierno por delante.
Pasé noches de guardia y de silencio,
no tuve prisa,
dejé cruzar la rueda de los años.
Estaba convencido
de que existir no tiene trascendencia,
porque la luz es siempre fugitiva
sobre la oscuridad,
un resplandor en medio del vacío.
Y de pronto en el bosque se encendieron los
árboles
de las miradas insistentes,
el mar tuvo labios de arena
igual que las palabras dichas en un rincón,
y el viento abrió sus manos
y los hoteles sus habitaciones.
Parecía la tierra más desnuda,
porque la noche fue,
como el vacío,
un resplandor en medio de la luz.
Entonces comprendí que la inmortalidad
puede cobrarse por adelantado.
Una inmortalidad que no reside
en plazas con estatua,
en nubes religiosas
o en la plastificada vanidad literaria,
llena de halagos homicidas
y murmullos de cóctel.
Es otra mi razón. Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.
La copa de cristal
que pusiste al revés sobre la mesa,
guarda un tiempo de oro detenido.
Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me convoquen a declarar mis actos,
aunque sólo me escuche una silla vacía,
será firme mi voz.
No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello que no podrá quitarme.



