Bravísima la poesía de Marcial

Marco Valerio Marcial nació en Bibilis a unos cuatro kilómetros de la actual Calateyud entre los años 38 y 41. Como otros jóvenes de diversos puntos del Imperio, acudió a Roma para acabar sus estudios. Acogido inicialmente en el círculo de Séneca, el triste final de su grupo, tras el descubrimiento de la conjuración de Pisón contra Nerón dejó al joven en una posición precaria, que lo obligo a procurarse el sustento sometiéndose a las servidumbres propias de un cliente, tal como refleja en muchos epigramas, hipótesis que, sin embargo, no ha sido aceptada por todos los estudiosos. Casi treinta y cinco años después regresó a su tierra, donde murió hacia el 104.
La obra de Marcial nos ha llegado agrupada en quince libros, el primero de los cuales, titulado Epigrammaton liber o Liber de spectaculis, se publicó en el año 80 cuando se inaguró el anfiteatro Flavio ( el Coliseo), Xenia, dísticos que acompaban a los regalos con motivo de las Saturnales, Apophoreta, regalos de los patronos a sus convidados en los banquetes, compuesto también de dísticos y doce libros de epigramas. Sus epigramas muestran una amplia temática y un registro variado plagado de diversas voces, de ahí que junto a composiciones de un hondo lirismo aparezcan otras de carácter obsceno, satírico u mordaz. Por estos poemas desfila una amplia galería de personajes con sus vicios, flaquezas y defectos, un espéctaculo teatral donde el poeta se desembaraza de las máscaras propias y ajenas para mostrarnos unas debilidades muy humanas.

El aroma que exhala una manzana al morderla una tierna muchacha,
el de la brisa que procede del azafrán de Córico;
el de la viña blanca cuando florecen sus primeros racimos;
el que despiden las hierbas que una oveja acaba de arrancar;
el del mirto, el del segador árabe, el del ámbar molido,
el que emite un fuego pálido de incienso oriental;
el de la tierra suavemente rociada por una lluvia de verano,
el de la corona que ha ceñido unos cabellos húmedos de nardo:
todo esto, cruel niño Diadúmeno, exhalan tus beso.
¿Qué pasaría si me los dieses todos de buena gana?

Atrapada en una gota de ámbar, brilla oculta una abeja,
de modo que parece encerrada en su propio néctar.
Halló aquella recompensa digna de tantos esfuerzos:
creíble es que ella misma haya querido morir así.
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Una serpiente se arrastraba por las ramas llorosas
de las Helíades, cuando una gota de ámbar le cayó de frente.
mientras se extraña de estar retenida por el espeso rocío,
de repente se queda rígida, ceñida por aquel hielo cuajado.
No te complazcas, Cleopatra, con tu real sepulcro,
si una serpiente yace en un túmulo más noble.
Dame, Diadúmeno, intensos besos, <<¿Cuántos?>>, preguntas.
Me ordenas que cuente las olas del océano
y las conchas esparcidas por las costas del mar Egeo,
y las abejas que vagan por el monte Cecropio,
y las voces y manos que suenan en un teatro repleto,
cuando de pronto el pueblo ve asomar el rostro del César.
No quiero cuantos al armonioso Catulo dio, vencida por las súplicas,
Lesbia. Pocos desea quien los puede contar.

Estás triste y eres afortunado. Procura que no lo sepa la Fortuna:
te dirá ingrato, Lupo, si se entera.

Para que tus pálidos frutales de Cilicia no teman el invierno
y una brisa fuerte no hiera el tierno bosque,
unas vidrieras que se oponen a los notos invernales
dejan pasar soles nítidos y el día sin sombra.
Pero a mí me das una habitación cerrada con una ventana
Desajustada, en la que ni el Bóreas querría permanecer.
¿Así ordenas, cruel, que viva un viejo amigo?
Estaré más protegido como huésped de uno de tus árboles.

¿Ves a este que se contenta con un solo ojo,
bajo cuya frente arrugada se abre una cavidad legañosa?
No desprecies esa cabeza, nadie hay más ladrón que él;
ni Autólico tuvo una mano tan atrevida.
Acuérdate, precavido, de observar a este convidado:
entonces se enloquece y aunque tuerto ve con los dos ojos:
los criados inquietos pierden copas y cucharillas
y en su tibio regazo oculta gran número de servilletas;
y no ignora cómo coger el manto que se le ha caído a alguien
sentado y con frecuenta se va cubierto con dos capas;
y no le avergüenza, taimado, robar la lámpara,
a un esclavo que dormita, aunque esté encendida.
Si no ha cogida nada, entonces con ardides engañosos
da vueltas en torno a su esclavo y le roba sus propias sandalias.

Cada vez que miro a Hilo cuando sirve el vino,
me observas, Afro, con ojos amanazadores.
¿Qué delito, pregunto, qué delito es contemplar a un dulce copero?
Miramos el sol, las estrellas, los templos, los dioses.
¿Tendré que volver la cara, como si la Gorgona me ofreciera
La bebida y buscara mis ojos y mi cara?
Fiero era el Alcida, pero permitía contemplar a Hilas;
le está permitido a Mercurio bromear con Ganimedes.
Si no quieres que un convidado contemple a tus tiernos coperos,
Invita a los Fineos, Afro y a los Edipos.

Las cosas que hacen la vida más feliz,
gratísimo Marcial son éstas:
una fortuna no producida por el trabajo, sino heredada,
un campo no ingrato, un fuego perenne;
nunca un pleito, rara vez la toga, el espíritu sereno;
fuerzas de hombre libre, un cuerpo sano;
una sencillez prudente, unos amigos de la misma condición;
convites fáciles , una mesa sin artificio,
una noche no ebria, pero libre de preocupaciones,
un lecho no triste y sin embargo púdico;
un sueño que haga fugaces las tinieblas,
querer ser lo que eres y no preferir nada más,
no temer el último día ni desearlo.

Ve en compañía de mi Flavio, ve, librito,
a través del ancho mar, pero de olas favorables,
y con un curso fácil y vientos propicios,
dirígite a las alturas de la hispana Tarragona.
Desde allí te llevará un carro y rápidamente
La alta Bíbilis y tu Jalón
Tal vez en la quinta jornada verás.
¿Preguntas qué te encargo? Que a mis camaradas,
pocos, pero viejos, a los que hace
treinta y cuatro inviernos dejé de ver,
desde el mismo camino enseguida saludes
y recuerdes una y otra vez a mi Flavo
que me prepare un retiro agradable
y no muy laborioso a buen precio,
que convierta en perezoso a tu padre.
Eso es todo. Ya el capitán, irritado, llama
y reprende las demoras, y una brisa mejor
ha abierto el puerto; adiós, librito: una nave,
pienso que lo sabes, no se retrasa por uno solo.




Comentarios sobre Bravísima la poesía de Marcial
encantadora querida aghata besotes...
Gracias, Karen, un besote muy fuerte
Magnífico todo lo que pones sobre autores clásicos. Eres genial.