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Apuntes de Cultura Clásica: Heracles

por Aghata
sábado, 29 de agosto del 2009 a las 01:46

H e r a c l e s

 

Los mitos con los que estamos más familiarizados son los relacionados con las aventuras de los grandes héroes. Y de entre tan ilustres personajes, el más fuerte y valiente de todos fue Heracles ( el Hércules de los romanos). Ello no evitó que, a raíz de la animadversión que Hera sintiera por él, se pasase toda la vida superando retos de los que en última instancia acabaría beneficiándose no poca gente. 

 

 

Heracles era hijo de Zeus y Alcmena, nieta de Perseo y, como éste, de condición mortal. Dominado por el deseo, Zeus adoptó la forma de su asistente, Anfitrión, para de ese modo poder hacer el amor con ella. De hecho Alcmena tan sólo descubriría la verdad cuando el profeta Tiresias le revelara la artimaña del dios.

 

Nueve meses más tarde, Alcmena dio a luz a dos hermanos gemelos, Heracles e Ificles. Zeus, que se había propuesto que el primero de ellos se convirtiese no sólo en el mortal más poderoso sino incluso en un dios, engaño a Hera para que le diese de amamantar y de ese modo el pequeño bebiese la leche de la inmortalidad. Pero Heracles apretó con tanta fuerza el pezón de la diosa que ésta, dolorida, lo apartó de sí y cuando supo que el pequeño era además hijo ilegítimo de su esposo, se enfadó de tal modo que acabó convirtiéndose en la eterna enemiga del héroe.

 

El primer intento de venganza por parte de Hera vino en una ocasión en que, aprovechando que el pequeño Heracles estaba durmiendo en su cuna, le envió dos serpientes. Pero nada pudieron hacer frente a la ya por entonces increíble fuerza del bebé, quien, orgulloso de su hazaña, mostró los dos animales muertos a sus padres. Desde entonces, Hera no volvió a intentar matarlo directamente, sino que se valió de otros métodos más sutiles para acabar con su tan odiado adversario.

 

La infancia de Heracles fue feliz y transcurrió sin sobresaltos. Con los años acabó dominando el arco, la espada y la lucha mejor que ningún otro mortal, y también aprendió las disciplinas del canto y la música. Pero su fiero temperamento y su enorme fuerza no tardaron en dar problemas, Un día, su profesor de música le regaño y el alumno reaccionó con tanta violencia que acabó matándole. Aunque fue perdonado, sus padres lo enviaron a guardar rebaños en el monte Citerón, donde tuvo que hacer frente a su primera aventura al derrotar con su bastón de madera de olivo a un fiero león que estaba causando estragos entre los rebaños de la zona. Una vez muerto, le quitó la piel y se la puso sobre los hombres; desde entonces, tanto el bastón como la piel del león se convertirían en sus atributos.

 

De regreso a su casa en Tebas, se encontró con los mensajeros de la ciudad vecina de Orcómeno y les preguntó adónde se dirigían. Según le explicaron iban a recoger el tributo que todos los años los tebanos pagaban a su señor, el rey de los minias, en agradecimiento a que no les cortara las manos, las orejas y la nariz. Al oír tales palabras, Heracles se enfureció e infligió a los mensajeros las mismas torturas que le habían enumerado, enviándolos luego de regreso a su señor. Como era de esperar, los minias declararon la guerra a los tebanos, a cuyo mando se puso el  propio Heracles, quien casi sin ayuda de nadie logró derrotar al enemigo y matar a su arrogante monarca. Después regresó a Tebas convertido en héroe y la familia real le recompensó ofreciéndole en matrimonio a una de sus hijas, Mégara.

       

Con ella empezó el período más feliz de la vida del héroe, pues tuvo tres hijos y llevó una vida tranquila en compañía de su familia a la espera de hacerse algún día con el trono de Tebas, ya que el rey era bastante mayor. Pero entonces intervino Hera, cuya ira no se había apaciguado ni un ápice, y le hizo enloquecer hasta confundir a sus hijos  por enemigos y matarlos. Al conocer semejante tragedia, Mégara, murió de pena.

Cuando Heracles recuperó la cordura y se dio cuenta de lo que había hecho, quiso en primer momento quitarse él también la vida, pero luego reflexionó y decidió acudir al Oráculo de Delfos para preguntar a las sacerdotisas de Apolo si había alguna manera de compensar el injusto crimen que había cometido. La respuesta de las sacerdotisas fue clara. Tenía que ir a Tirene, donde estaba su primo Euristeo, el rey de Mecenas, y entrar a su servicio, permanecer con él un tiempo indeterminado y realizar cuantas empresas le encomendase el rey; si conseguía salir airoso de ellas, sería recompensado con la inmortalidad. Deseoso de enmendar el crimen cometido, Heracles aceptó tamaña humillación.

 

 

Los primeros trabajos de Hércules.

 

Euristeo no se alegró precisamente de ver a Heracles, pues no en vano por sus venas corría sangre real (Anfitrión, su padre mortal, había sido rey de Micenas antes de verse obligado a ceder el trono después de haber matado accidentalmente a un familiar), y veía en él un claro rival. No obstante, enseguida vio en los trabajos que Heracles había de realizar la posibilidad de deshacerse de tan incómodo huésped, así que se puso a discurrir una empresa de la no hubiera de volver con vida.

 

Finalmente, Euristeo dio con la solución: dar muerte al león de Nemea, un animal invulnerable a  las armas, que por esas fechas estaba aterrizando la región del norte de Micenas. Cuando Heracles se vio frente a la fiera, primero intentó matarla con sus flechas, pero enseguida vio que todas rebotaban en su cuerpo sin herirle. Entonces empezó a golpearle con el bastón, pero lo único que consiguió es que el león se volviese a la caverna donde vivía. Al comprender que la única manera de derrotarlo era luchando con sus propias manos, entró en la cueva y se lanzó sobre el animal, al que finalmente consiguió dar muerte. Entonces, intentó desollarlo, pero la espada se resistía a penetrar en la carne, así que al final utilizó las garras del animal para retirar la piel que llevaba, que pasó a reemplazar a la otra piel, ya desgastada. Cuando Euristeo lo vio regresar sano y salvo, apenas si pudo disimular su contrariedad: para su desesperación comprendió que alguien había sido capaz de matar a un animal como el león de Nemea no tendría problema para deshacerse de él, así que mandó construir una vasija de acero donde poder refugiarse mientras durase la estancia de Heracles. A partir de entonces se comunicó con su huésped tan sólo a través de un mensajero.

 

Por otra parte estaba convencido de que el nuevo trabajo que había concebido supondría, ahora sí, la muerte de Heracles. En esta ocasión le ordenó que fuera a Lerna, en la parte alta del golfo de Argos, al sudoeste de  Micenas, para que diese muerte a la Hidra, una terrible serpiente venenosa con nueve cabezas.

 

Llevándose a Yolao, hijo de Ificles, como ayudante, Heracles se puso en camino a las marismas donde habitaba la temible criatura. A instancias de Atenea, la obligó a salir arrojando flechas en llamas contra su madriguera y, una vez frente a ella, la golpeó con su bastón. Pero, para su asombro, cada vez que aplastaba una cabeza al instante salían otras dos en su lugar. Y para colmo, el combate había atraído la atención de un cangrejo gigante, que salió por sorpresa de entre el limo y agarro al héroe por uno de sus pies.

 

Un buen golpe de bastón solucionó tan inoportuno imprevisto, pero la Hidra demostraba una y otra vez ser un adversario mucho más difícil de derrotar. Entonces Heracles tuvo una idea. Tras pedir a Yolo que le arrojase una tea encendida, se puso a quemar con ella cada cabeza aplastada para que no brotasen nuevas cabezas en su lugar. La artimaña funcionó  y al final sólo quedó una cabeza en el centro. Atenea le había avisado de que era inmortal, así que la decapitó con su espada y la enterró bajo una enorme piedra. Antes de irse, empapó sus flechas en el veneno de la Hidra, para el que no se conocía antídoto alguno.

 

Euristio no dio como bueno el trabajo, ya que, según él había hecho trampas al recurrir a la ayuda de su sobrino Yolao. Esta vez lo envió a capturar a la cierva de Cerinia, un animal de extraordinaria belleza con una cornamenta de oro y patas de bronce que puso a prueba la rapidez de las piernas del héroe, pues estuvo todo el año persiguiéndola hasta atraparla y llevarla sin daño hasta Micenas. En su cuarto trabajo, Heracles tuvo que capturar una nueva bestia, en esta ocasión un jabalí que vivía en las laderas del monte Erimanto. Para hacerse con él, lo acorraló en una extensión de nieve espesa y lo fatigó hasta conseguir atraparlo. Una vez en sus manos lo condujo hasta Euristeo.

 

El quinto trabajo llevó al héroe más allá del monte Erimanto, en concreto a Élide, cerca de la costa occidental del Peloponeso. El rey de esta población era Augias, célebre por el enorme rebaño que poseía, pero los establos donde vivía el ganado no se habían limpiado nunca. Así pues, la misión de Heracles consistía en limpiar todo el estiércol acumulado en ellos durante años y años, pero en un solo día.

 

Antes de acometer semejante empresa, Heracles le pidió al rey una décima parte de su rebaño si realizaba con éxito la empresa. Augias accedió y al punto el héroe se puso a construir un dique que desviase el curso de dos ríos cercanos hasta el lugar donde se encontraban los establos. Una vez limpios, devolvió las aguas de los ríos a su cauce normal. Pero cuando fue a reclamar al rey la recompensa convenida, Augias se negó a dársela aduciendo que eran los ríos los que habían limpiado los establos. Heracles no olvidaría nunca semejante afrenta.

 

El siguiente trabajo que le impuso Euristeo quedaba al alcance de la mano, en el lago Estinfalo, al noroeste de Micenas, en cuyas orillas vivía una devastadora bandada de aves con las alas, las garras y los picos de acero, y que se alimentaban de carne humana. Su misión consistía ni más ni menos que en matarlas. Para ello, utilizó unas castañuelas de bronce fabricadas por el mismísimo Hefesto. El ruido de éstas era tan ensordecedor que las aves salieron de su escondite y entonces Heracles pudo matarlas a flechazos con su legendario arco.

 

 

Más allá del Peloponeso.

 

Los seis trabajos realizados hasta entonces habían transcurrido todos ellos en el Peloponeso, pero para los siete siguientes Euristeo no dudó en enviar a Heracles mucho más lejos. Se daba la circunstancia de que por aquellas fechas la isla de Creta estaba padeciendo las incursiones de un gran toro blanco procedente del mar, el mismo que había engendrado al Minotauro. Así pues, Euristeo le encomendó al héroe la misión de capturar a dicho toro y traérselo vivo, cosa que hizo sin dificultades. Tan pronto como Heracles apareció en Micenas, Euristeo se apresuró a encerrarse en su vasija de acero, mientras el toro corría a sus anchas por el palacio. Al poco, ordenó a Heracles que lo dejara libre.

 

Dado que ya no había en tierras griegas empresas difíciles como para encomendar a Heracles, Euristeo lo despachó en su siguiente trabajo hasta la lejana Tracia, al norte del mar Egeo, donde reinaba Diomedes, quién, según se decía, poseía cuatro yeguas que se alimentaban de carne humana. El encargo que le hacia Euristeo era, pues, atrapar y domesticar a tan terribles criaturas. Para poder llevar a cabo semejante empresa, Heracles reunió a un grupo de voluntarios y con ellos se dirigió a la costa tracia, desde donde se dirigieron a los establos del rey y se apoderaron de las yeguas. Pero Diomedes, tan pronto supo la noticia, se dirigió al mando de sus hombres en busca de Heracles y el contingente de voluntarios que lo acompañaban.

 

Sin perder tiempo, Heracles condujo a los caballos a lo alto de un promontorio y se los confió a Abdero. A continuación, se dirigió hasta un dique cercano y abrió un canal en él de modo que el agua del mar inundase la tierra que quedaba al otro lado y arremetió acompañado de sus hombres contra Diomedes. Tras capturarlo, lo condujo hasta el promontorio donde había dejado a Abdero y las yeguas, pero una vez allí se encontró con una escena terrible: en la confusión, los caballos habían dado muerte al joven y lo habían devorado. En su desesperación, Heracles entregó a Diomedes a las hambrientas yeguas para que lo devoraran a él también.

 

Una vez saciadas, las yeguas se volvieron más dóciles, de modo que se pudieron subir al barco sin mayores problemas. Acto seguido, pusieron rumbo a Micenas y cuando llegaron al palacio real Euristeo mando juntar a las yeguas, que todavía se mostraban dóciles con sus propios sementales, de cuya unión nacerían los corceles más hermosos de toda Grecia.

 

El siguiente trabajo llevó a Heracles a tierras aún más distantes, en concreto a las orillas meridionales del mar Negro, previo paso por el estrecho del Gósforo, donde vivían las temibles amazonas. En esta ocasión, a petición de Admito, la hija de Euristeo, el héroe griego tenía que hacerse con el cinturón de Hipólita, reina de tan legendario pueblo de guerreras, y que le había regalado el mismísimo Ares.

 

Una vez más, Heracles se embarcó con un contingente de voluntarios, entre los que se encontraban Teseo y Peleo, el futuro padre de Aquiles. Tan pronto como arribaron a la costa de las amazonas, Hipólita quedó tan impresionada por la talla del héroe griego que ella misma le ofreció el cinturón como obsequio. Pero entonces intervino Hera, la adversaria de Heracles, e hizo correr la voz entre las amazonas de que los griegos tenían intención de raptar a su reina. Al punto, las belicosas amazonas se alzaron en armas y se desató una violenta batalla que obligó a los hombres a retroceder. Pero en el momento álgido del combate Heracles logró atrapar a Melanita, la hermana de Hipólita y amenazó con matarla si no se les permitía partir tanto a él como a cada uno de sus hombres. Las amazonas cedieron y los griegos pudieron por fin embarcarse llevándose consigo el preciado cinturón de Hipólita.

 

A su paso por el estrecho de los Dardanelos hacia el mar Egeo, Heracles vio a una doncella desnuda encadenada a una roca que gritaba auxilio en medio de la desesperación. Al atracar y acudir a su rescate, supo que se trataba de Hesíone, la hija de Laomedonte, el rey de Troya, a la habían ofrecido en sacrificio para que la devorase un monstruo marino con el que Poseidón estaba devastando toda la región.

 

Tras devolverla a su padre, Heracles se ofreció para liberar a los troyanos de tan temible monstruo a cambio de los dos corceles inmortales de color blanco inmaculado  que, según se decía, había recibido Laumedonte de manos del mismísimo Zeus. El rey no se hizo de rogar y Heracles se dispuso a entrar en combate.

 

El monstruo marino demostró ser un adversario más que formidable, aunque al fin logró derrotarlo desgarrando el vientre de la fiera con las garras de su piel de león y arrancando de su interior todos sus intestinos. Al volver a la orilla, Laomedonte le entregó los corceles, pero el héroe comprendió enseguida que no eran los de Zeus, tal como habían acordado, pues los que le había entregado eran mortales. Entonces, juró vengarse del pérfido rey de Troya.

 

Los tres últimos trabajos habían llevado a Heracles a las lejanas tierras del norte, el sur y el este, así que esta vez Euristeo decidió enviarlo al oeste. Y es que, para los griegos, todo cuando quedaba al oeste, más allá de las aguas del Mediterráneo, pertenecía a lo desconocido, incluso había quienes sostenían que las Islas de los Bienaventurados, a las que acudían los más afortunados tras la muerte, se encontraban por aquellas latitudes. En éste su décimo trabajo, Euristeo encargó a Heracles que se hiciese con los bueyes de Geriones, un gigante con tres cabezas que habitaba en la isla de Eritia, en un lugar indeterminado del océano Atlántico. Esta nueva empresa condujo, pues a Heracles al nacimiento mismo del Mediterráneo, que señaló erigiendo dos enormes columnas de piedra, una a cada orilla, y que todavía hoy en día se conocen como las Columnas de Hércules, en la versión romana de tan legendario héroe griego.

 

Mientras levantaba las columnas, el Sol se puso a brillar con tanta intensidad que Heracles, bañado en su propio sudor, llegó incluso a arrojarle una de sus flechas. Ante semejante reacción, el dios del Sol se quejó y acto seguido Heracles se disculpó y guardó el arco. En agradecimiento, Helios le envió la copa del sol, la misma en que se embarcaba todas las noches, de modo que pudiera cruzar con ella el Océano hasta Eritia, donde se hizo con los bueyes después de matar a Geriones.

 

Heracles conduce los bueyes a Grecia.

 

Tras devolver la copa mágica a Helios, Heracles emprendió un largo y azaroso camino de regreso hasta Grecia con los bueyes de Geriones. Y cuando por fin llegó, fue tan sólo para descubrir que tenía que dirigirse una vez más en dirección oeste, en esta ocasión hasta el jardín de las Hespérides, el regalo de boda que Gea, la madre Tierra, había hecho a Hera, y traer unas manzanas de oro que había en él. La dificultad de esta empresa estribaba, para empezar, en localizar el emplazamiento exacto de tan legendario lugar y que ningún mortal conocía. Tras varías vicisitudes, Heracles supo a través de Nereo, el Viejo del Mar, que la única manera de hacerse con dichas manzanas era con la ayuda de Atlas ( Atlante). Éste se mostró dispuesto a colaborar, pues

las tres Hespérides a las que Hera había confiado el cuidado del jardín eran hijas suyas y accedió a entregarle las manzanas de oro siempre y cuando sostuviese el cielo mientras iba a por ellas. Heracles estuvo de acuerdo y cargó sobre sus hombros el peso de la bóveda celesta mientras Atlas iba a por las manzanas. Pero, ya de vuelta, cuando el gigante se vio libre de tan extraordinaria carga, se negó a reemplazar de nuevo al héroe griego. Éste, recurriendo una vez más a su astucia, le pidió que sostuviese la carga durante un momento mientras él cambiaba de posición. Atlas accedió y entonces Heracles se apartó de repente dejando que el gigante soportase una vez más, y ya para toda la eternidad, tan pesada carga.

 

Viaje al reino de los muertos.

 

Para su duodécimo trabajo, Euristeo encomendó al héroe una misión que le permitiría ver más cerca de tan ansiada inmortalidad que las sacerdotisas de Delfos le habían profetizado al término de su inacabable sometimiento al rey de Micenas. En esta ocasión, tenía que ir al reino de Hades y traerse consigo a Cerbero, el temible perro con tres cabezas.

 

Tras participar en los misterios de Eleusis, en los que la gente se preparaba para acceder al Hades. Heracles pidió a Atenea y a Hermes que le condujesen hasta él. Cuando estuvo en presencia de Hades, éste accedió a prestarle a Cerbero siempre y cuando consiguiese domar a la fiera sin ayuda de arma alguna. La visión de tan monstruosa criatura, con sus tres cabezas rematadas con serpientes, habría doblegado a cualquier mortal, pero no fue el caso de Heracles, que al punto se abalanzó sobre ella protegido con su impenetrable piel de león, capaz de resistir las fauces del monstruo.

 

Una vez dominado, Heracles lo ató y lo condujo al mundo de los vivos, donde de la saliva que cayó de la boca de Cerbero surgió, según la leyenda, la temible belladona. La visión de tan horrible monstruo aterrizó sobremanera a Euristeo, quien gustoso accedió a liberar de una vez por todas a Heracles de su servidumbre y dejarlo ir bien lejos de su presencia.

 

Después de devolver a Cerbero a la orilla del Estigia, tal como había prometido a Hades, Heracles regresó al mundo de los vivos dichoso de ser por fin un hombre libre. Pero, si bien había salido victorioso de tan ardua prueba, los trabajos habían dejado tras de sí toda una serie de cuestiones por resolver. Así, en los años siguientes fue a Troya para castigar a Laomedonte, así como a Élide, donde destronó a Augias y saqueó la ciudad.

 

Esclavitud y muerte

 

No obstante, antes de que pudiera llevar a cabo estas dos venganzas, fue condenado a cumplir tres años de esclavitud por haber dado muerte a ïfito, hijo de ëurito, el rey de Eubea, una isla situada junto a la costa oriental de Grecia, después de que éste le hubiera insultado por pretender sin éxito casarse con su hija Yole.

 

Heracles fue entonces comprado por Ónfale, la reina de Lidia, una región situada en la costa este del Egeo. Era una mujer hermosa y el héroe no tardó mucho en enamorarse perdidamente de ella. Pero, una vez transcurridos los tres años, Heracles decidió proseguir su camino en su búsqueda de una nueva esposa. En la corte de Eneo, rey de Calidonia, cerca del golfo de Corintio, se enamoró de la princesa Deyanira y se casó con ella. Pero este matrimonio no habría de durar mucho, pues el héroe acabó encontrando la muerte a manos del centauro Neso. Según parece, la pareja se dirigía a rendir visita a un amigo cuando el centauro apareció y se ofreció para llevar a lomos a Deyanira mientras cruzaban el río. Pero, tan pronto como se hubo montado, Neso salió corriendo y Heracles, entonces, le arrojó una de sus flechas venenosas.

Mientras agonizaba, el centauro notó que su sangre estaba envenenada y pidió a Deyanira que untase con ella un pedazo de tela con el pretexto de que se trataba de un afrodisíaco. Así, si alguna vez tenía la impresión de que su marido dejaba de mirarla con pasión, tan sólo tenía que echar unas gotas de sangre sobre su ropa para que estuviera siempre con ella. Cuando la pareja llegó a su destino, Deyanira escurrió el trapo todavía húmedo en un pequeño frasco.

 

Los años pasaron y Deyanira no tuvo que recurrir al mortal obsequio de Neso, ya que su marido estaba siempre luchando, saqueando ciudades y retando a nuevos adversarios. Hasta que un día capturó a la princesa Yole. Temiendo que ésta acabase reemplazándola en el corazón de su marido, Deyanira sacó el supuesto afrodisíaco y empapó con él la ropa de Heracles. Al poco, el veneno surtió efecto y el héroe empezó a  agonizar. Consciente de que estaba próximo su fin, ordenó que lo condujeran a una cima próxima, donde, según una profecía, estaba destinado a morir.

 

Una vez en ella, los compañeros de Heracles informaron de que Dayanira se había quitado la vida al descubrir el engaño del centauro. El héroe mandó entonces levantar una pira y, cuando estuvo lista, se subió a ella y dio la orden de prender fuego. Ninguno de sus hombres fue capaz de cumplir semejante orden y hubo que esperar a que lo hiciese un tal Filoctetes, el hijo de un pastor que pasaba en ese momento por el lugar. Como muestra de gratitud, Heracles le entregó al joven su aljaba con un preciado arco y las flechas.

 

Cuando crecieron las llamas, Heracles dirigió su mirada al cielo, desde donde cayó una lluvia de rayos que cegó por unos instantes a los presentes, quienes al poco vieron para su asombro que Heracles y la pira habían desaparecido. La agonía del héroe terminó, pues, Zeus reclamó para sí a su hijo y lo llevó al Olimpo, convertido en inmortal.

 

 

 

 

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