Para Machado la poesía era “una honda palpitación del espíritu” y eso es exactamente lo que sentimos cuando leemos su obra, un pálpito de emoción, la misma que sentía su hermano Manuel “Yo no sé que tienen los versos de mi hermano Antonio, que siempre que los leo consiguen emocionarme”. Esa autenticidad se sitúa como un gran iceberg, en el océano de renovaciones formales que se produjeron en la coyuntura de Fin de Siglo. En esa diáspora temporal surgieron las obras que constituyen la base de la poesía actual, aquellas que recrean nuestros oídos, eslabones que engarzamos hasta formar el mapa poético por el que siguen transitando la mayoría de los poetas de hoy en día: Rilke, Paul Valery, Yeats, Pound, Eliot, Cavafis, Ungaretti, Montale, Quasimodo, Pessoa. El modernismo, el lento declinar del romanticismo, el decadentismo, la poesía pura, el surrealismo; hitos artísticos sin cuyas renovaciones no seríamos los mismos.
En medio del océano convulso de la renovación formal, la obra de Machado es vista como esa isla a la que nos retiramos cuando queremos dialogar con un poeta que habla no sólo desde su corazón, sino desde el nuestro, desde los intersticios de nuestra alma. Machado siempre consigue que veamos a través de la pantalla de sus poemas, las galerías de su alma, el paisaje interior que huele al edén de la infancia. El poeta que se crió en el Palacio de las Dueñas hasta los ocho años, nos conduce hasta sus secretos más íntimos y persistentes: el cipresal, la fuente, el huerto, el limonero. Soledades (1903) es su primer libro de poemas, un libro que dedica a Antonio Zayas y Ricardo Calvo. Se trata de 41 poemas que vacían las galerías de su alma y que más tarde sería reelaborado hasta el definitivo Soledades, galerías y otros poemas. Está edición ampliada se publicó en el entorno modernista, cuando la sombra alargada del simbolismo, daba cobijo a la mayoría de las obras que se publicaban. Es el mismo año de la publicación de Arias tristes de J. R. Jiménez (1907), y en la misma estela hallamos Alma de Manuel, que fue publicado el año anterior, año en el que apareció otro hito modernista: Sonata de Otoño de Valle- Inclán.
Pero en Machado el modernismo se desnuda y al desnudarse consigue el milagro: consigue que intimemos y nos emocionemos. El lector siente esa soledad, esa ilusión cándida y vieja que asoma al contemplar los frutos dorados de los sueños. Machado conecta los temas universales (el tiempo, la muerte, Dios) al paisaje interior por el que transita, de ahí que al escuchar el murmullo melancólico de la fuente, nos sintamos identificados; ese desgarro de lo inalcanzable nos acompaña. Lo importante de estos versos no es la forma, sino el sentimiento y la honda sinceridad. Por ellos resuena un alma romántica que se debate entre razón y corazón, por ellas se pasea “ese acordeón tocado por un ángel”, como llamaba Mairena a Bécquer, voz que suena inconfundible, a través de la melancolía.
El tema envolvente es la muerte (el ocaso, la otra orilla) reflejado en símbolos como el parque solitario, la tarde soñolienta, el crepúsculo, las campanadas del reloj, la fuente helada. Es frecuente el anhelo de la infancia, la añoranza de la buena madre, el deseo de recuperar la juventud en el magma de la angustia perpetua, pues el tiempo siempre nos conduce a orillas del gran silencio. Hay tres símbolos que se repiten continuamente: el sueño de la conciencia, el camino de la vida y la tarde como territorio inamovible, donde fluye el cansancio vital y la desilusión.
También es frecuente el deseo de certidumbre religiosa, la esperanza, asociada a la ilusión. Machado reconoce que el problema que acucia al hombre es inamovible. El tiempo fluye mientras caminamos, por el río de la vida (la voz de Manrique suena inconfundible), mientras la vida se desliza presurosa. Primero abrazamos el manantial en ese útero materno, después caminamos y fluye la fuente, finalmente nos detenemos. El mar, una vez más, es el final, la meta a la que hemos sido abocados. El hombre se oscurece, y busca una identidad llena de dudas y fe desnuda. Machado consigue en todo momento que esa introspección interior por las galerías del alma, la sintamos nuestra: la conciencia de la muerte, la religión vivida como duda, el sueño de la existencia de Dios, “Anoche cuando dormía soñé”… En él es constante a lo largo de toda su trayectoria la búsqueda de “Dios entre la niebla”, siempre anhelará el puerto seguro, aunque las dudas persistan.
Su poesía evoluciona, de la misma manera que evoluciona su propia vida. Viaja en dos ocasiones a Paris y entra en contacto con los grandes poetas. Conoce a Óscar Wilde un año antes de su muerte, a Enrique Gómez Carrillo, a Pio Baroja, a Rubén. Con todos ellos confraterniza, a todos ellos se presenta, como es él: “un hombre sencillo, sincero, honesto”. Juan Ramón, Valle-Inclán, Unamuno, a todos se dirige con respeto, con todos ellos dialoga, la amistad fluye con naturalidad como su poesía, de la que habla a Unamuno:
“Yo veo la poesía como un yunque de constante actividad espiritual, no como un taller de fórmulas dogmáticas revestidas de imágenes más o menos brillantes… Todos nuestros esfuerzos deben tender hacia la luz, hacia la conciencia. He aquí el pensamiento que debía unirnos a todos. Es verdad, hay que soñar despiertos.” Carta publicada fragmentariamente por este en su artículo, Almas de jóvenes, Nuestro Tiempo, nº 41, mayo 1904.
Incluso, aunque los poetas del 27 se sentían más hermanados con Juan Ramón y su concepto de la poesía pura que con Machado, lo respetaban. Machado participa en la Antología poética que compila Gerardo Diego en 1932, al que envía su Poética. En ella afirma que la poesía moderna arranca de Edgar Allan Poe y plantea dos imperativos: la esencialidad y la temporalidad. La poesía – según él -es palabra esencial en el tiempo. De ahí que los conceptos de ser y tiempo alimenten el poema. Defiende que la poesía debe siempre captar el alma de las cosas y su temporalidad. La angustia, el temor, la resignación, la esperanza; etc. son signos que nos acompañan en el devenir como revelaciones de la conciencia humana.
En cuanto a la actitud antirretórica suele citarse el texto de una clase de Retórica y Poética, donde Mairena le dice al alumno:
<<-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba:
“Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
El alumno escribe lo que le dicta.
-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar escribe: “lo que pasa en la calle”.
Mairena: -No está mal.>>
Machado consigue un puesto de catedrático de francés y elige una vacante en un instituto de Soria. Allí descubre el amor y también se familiariza con el paisaje castellano. El libro Campos de Castilla que también sería reelaborado en 1917, cuando aparece la primera edición de Poesías Completas, muestra la evolución de su obra. El poeta, consciente de que un corazón solitario no es un corazón, retrata el paisaje castellano y a través de él denuncia la pobreza, la soledad y la tristeza que acucia a estas gentes. Primero nos muestra un paisaje acotado por la envidia, la soberbia, un paisaje en el que la miseria es la antesala de la avaricia y la codicia, como es evidente en La tierra de Alvargonzález. Hombres curtidos por la violencia, la envidia; gentes teñidas de espanto ante su miseria. Cuando Machado comprende su sufrimiento, es cuando empieza a amarlos. Castilla está prisionera en un presente aciago. La protesta se tiñe de reflexión ética y el deseo de regeneración es patente. El poeta siempre dialoga con el hombre, pero a través de ese diálogo busca la comunión de espíritu. La sección de Proverbios y cantares, condensa el saber popular, el hondo respeto por la tradición popular que su padre le había trasmitido. Cuando realiza la reelaboración del libro, aparece el íntimo dolor por la muerte de su esposa. Leonor, la joven de 15 años con la que se casó, muerta por la tuberculosis. A partir de ese momento, Machado recrea a la amada persistentemente, el deseo del reencuentro lo ciega.
Doce años más tarde de la aparición de Campos de Castilla, aparece el nuevo libro, Nuevas canciones (1924) que también tendrá ampliaciones. Machado ha sentido el cuchillo del silencio, y la vacilación. Confiesa a Unamuno que escribe poco y aún esto no muy a gusto. También manifiesta su pesar a Ortega y Gasset, al decirle que su poesía quedó truncada después de Campos de Castilla, a la muerte de Leonor. El vacío lo llena la reflexión filosófica, en este caso en el entorno de las tierras andaluzas, sin olvidar la reminiscencia soriana. Escribe parte de él en el espacio mítico de Baeza, al que vuelve en busca de ese territorio perdido, tras la muerte de la amada, quizá por eso en algunos de estos poemas resuene el eco del primer Machado. Los nuevos Proverbios y Cantares son una continuación de los ya aparecidos en Campos de Castilla. Cantares de pensador, en los que aparecen las paradojas con una acertada intuición: El ojo que ves no es ojo porque tú lo vez, es ojo porque te ve.
Aunque su voz poética parece que se ha callado, son importantes las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 porque presentan novedades importantes, como los apócrifos, el Cancionero apócrifo de Abel Martín y el de Juan de Mairena donde el lirismo se impregna de filosofía. Juan de Mairena es, también autor de comentarios en prosa: de él dirá el propio Machado que es su yo filosófico. Pero además, entre los añadidos, figura una importante sección dedicada a su último amor, Pilar de Valderrama, que aparece como Guiomar, su amor tardío. El tratamiento del amor se ha transformado. De la entidad abstracta que aparece en Soledades, al dolor candente de la pérdida y el ansía del reencuentro, de Campos de Castilla, se despierta el poeta para sentir la dulce herida en su madurez.
Pero la obra cumbre de esta etapa es Juan de Mairena una de sus mejores obras, pues en ella introduce toda su sabiduría sobre cuestiones metafísicas, estéticas, etc. En 1936, en los albores de la Guerra Civil lo amplia: Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Machado acierta en muchas de sus reflexiones sobre arte, política, filosofía, literatura, sociedad. Comienzan a ser frecuentes también las consideraciones morales sobre la guerra que planea sobre la sociedad española.
Machado se desplaza a Valencia y reside en la localidad de Rocafor. Su último libro La guerra, aparece en 1937. En él aparecen sus últimas composiciones. Destaca el famosísimo El crimen fue en Granada, dedicado a Lorca. Machado, que también formaría parte de la Alianza de Escritores Antifascistas, se dirigiría a Barcelona, ante la inminente ocupación de la ciudad. Después atraviesa la frontera hasta la localidad francesa de Collioure. Su madre lo acompaña y ambos están muy enfermos. Allí en el hotel Bougnol- Quintana fallece el 22 de febrero de 1939. Tres días después muere su madre. Cuando le revisaron el abrigo encontraron sus últimos versos, que vuelven a situar al poeta en el paraíso de la niñez: “Estos días azules y este sol de la infancia”
La producción machadiana no se agota en su poesía o prosa. Con su hermano Manuel, Machado escribió teatro. Entre las obras estrenadas en Madrid figuran: La Lola se va a los puertos (1929), La prima Fernanda (1931), etc.
El poeta de la temporalidad nos abandonó, nos quedamos con su hondura y su bondad, con su entereza como ser humano:
“Siempre que he visto un hombre solo, o seguido de menguada hueste, luchar contra el medio en que vive, he sentido el orgullo de pertenecer a la especie humana”.
Soledades, galerías y otros poemas
Recuerdo infantil

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo el coro infantil
va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón.
Una tarda parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.
….
Cante Hondo
Yo meditaba absorto, devanando
los hilos del hastío y la tristeza,
cuando llegó a mi oído,
por la ventana de mi estancia, abierta
a una caliente noche de verano,
el plañir de una copla soñolienta,
quebrada por los trémulos sombríos
de las músicas magas de mi tierra.
Y era el Amor, como una roja llama…
-Nerviosa mano en la vibrante cuerda
ponía un largo suspirar de oro,
que se trocaba en surtidor de estrellas-.
Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,
el paso largo, torva y esquelética
-tal cuando yo era niño la soñaba-.
Y en la guitarra, resonante y trémula,
la brusca mano, al golpear fingía
el reposar de un ataúd en tierra.
Y era un plañido solitario el soplo
que el polvo barre y la ceniza avienta.

Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra…
-¡Mi hora!...-grité. El silencio
me respondió: -No tema;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.
Arde en tus ojos un misterio, virgen
esquiva y compañera.
No sé si es odio o es amor la lumbre
Inagotable de tu aljaba negra.
Conmigo irás mientras proyecto sombra
mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.
-¿Eres la sed o el agua en mi camino?
Dime, virgen esquiva y compañera.

Me dijo un alba de la primavera:
-Yo florecí en tu corazón sombrío
ha muchos años, caminante viejo
que no cortas las flores del camino.
Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda
el viejo aroma de mis viejos lirios?
¿Perfuman aun mis rosas la alba frente
del hada de su sueño adamantino?
Respondí a la mañana:
-Sólo tienen cristal los sueños míos.
Yo no conozco el hada de mis sueños,
ni sé si está mi corazón florido.
Pero si aguardas la mañana pura
que ha de romper el vaso cristalino,
quizás el hada te dará tus rosas,
mi corazón, tus lirios.

Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di: ¿por qué acequia escondida,
agua , vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un sol ardiente lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacia llorar.
Anoche cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.
¿Mi corazón se ha dormido?
Colmenares de mis sueños,
¿ya no labráis? ¿Está seca
la noria del pensamiento,
los cangilones vacíos,
girando de sombra llenos?
No; mi corazón no duerme.
Está despierto, despierto.
Ni duerme ni sueña; mira,
los claros ojos abiertos,
señas lejanas y escucha
a orillas del gran silencio.

Desnuda está la tierra,
y el alma aúlla al horizonte pálido
como loba famélica. ¿Qué buscas,
poeta en el ocaso?
Amargo caminar, porque el camino
pesa en el corazón. ¡El viento helado,
y la noche que llega, y la amargura
de la distancia!... En el camino blanco
algunos yertos árboles negrean;
en los montes lejanos
hay oro y sangre… El sol murió… ¿Qué buscas,
poeta, en el ocaso?
Pegaos, lindos pegasos,
caballitos de madera.
……………………………………………..
Yo conocí, siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.
En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.
¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de manera!
Campos de Castilla

La tierra de Alvargonzález
V
Un lobo surgió, sus ojos
lucían como dos ascuas.
Era la noche, una noche
Húmeda, oscura y cerrada.
Los dos hermanos quisieron
volver. La selva ululaba.
Cien ojos fieros ardían
en la selva, a sus espaldas.
VI
Llegaron los asesinos
hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el cuervo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.
-¡Padre!- gritaron; al fondo
de la laguna serena
cayeron y el eco, ¡padre!
repitió de peña en peña.

A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la cortina blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campaña,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas, de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas,
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también hacia la luz y la vida,
otro milagro de la primavera.
Soria, 1912.
Dice la esperanza: Un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
Sólo tu amargura es ella.
Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra.
Allá en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando en sueños…
¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos.
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
A José María Palacio
Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, primavera tarda,
¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡Oh mole del Moncayo blanco y rosa,
allá en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran tardíos
con las lluvias de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y del romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
Y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…
Baeza, 20 de marzo de 1913

La saeta
¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos,
a Jesús, el Nazareno?
¡Oh la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!
¡Cantar del pueblo andaluz
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!
¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero,
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
Proverbios y cantares
I
Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
hacia el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

II
¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.
IV
Nuestras horas son minutos
cuando esperamos saber,
y siglos cuando sabemos
lo que se puede aprender.
XII
¡Ojos que a la luz abrieron
un día para, después,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!
XXI
Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía…
Después soñé que soñaba.
XXX
<<El que espera desespera>>,
dice la voz popular
¡Qué valor tan verdadera!
La verdad es lo que es,
Y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.
XXXI
Corazón, ayer sonoro,
¿ya no suena
tu monedilla de oro?
Tu alcancía,
antes que el tiempo la rompa,
¿se irá quedando vacía?
Confiemos
en que no será verdad
nada de lo que sabemos.
XLV
Morir… ¿Caer como gota
de mar en el mar inmenso?
¿O ser lo que nunca he sido:
uno, sin sombra y sin sueño,
un solitario que avanza
sin camino y sin espejo?
Parábolas
I
Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
Y el caballito no vio.
Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía…
¡Ahora no te escaparás!
Apenas lo hubo cogido,
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!
Quedose el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!
Nuevas Canciones
Galerías
IV
El iris y el balcón.
Las siete cuerdas
de la lira del sol vibran en sueños.
Un tímpano infantil de siete golpes
-agua y cristal-.
Acacias con jilgueros.
Cigüeñas en las torres.
En la plaza,
Lavó la lluvia el mirto polvoriento.
En el amplio rectángulo, ¿quién puso
ese grupo de vírgenes risueño,
y arriba, ¡hosanna!, entre la rota nube,
la palma de oro y el azul sereno?
Proverbios y cantares
A José Ortega y Gasset.
I

El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.
VIII
Hoy es siempre todavía
XXXVI
No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
XLII
Enseña el Cristo: A tu prójimo
amarás como a ti mismo,
mas nunca olvides que es otro.
LIII
Tras el vivir y el soñar
está lo que más importa:
despertar.
LXIV
¿Conoces los invisibles
hiladores de los sueños?
Son dos: la verde esperanza
y el torvo miedo.
LXVI
Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.
XCIII
¿Cuál es la verdad’ ¿El río
que fluye y pasa
donde el barco y el barquero
son también ondas del agua?
¿O este soñar del marino
siempre con ribera y ancla?
De un cancionero apócrifo
Abel Martín
Los complementarios ( Cancionero apócrifo)
III
Era la tierra desnuda,
y un frío viento, de cara,
con nieve menuda.
Me eché a caminar
por un encinar de sombra.
la sombra de un encinar.
El sol las nubes rompía
con sus trompetas de plata.
La nieve ya n caía.
La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.

Canciones a Guiomar
I
No sabía
si era un limón amarillo
lo que tu mano tenía,
o el hilo de un claro día,
Guiomar, en dorado ovillo.
Tu boca me sonreía.
Yo pregunté: ¿Qué me ofreces?
¿Tiempo en fruto, que tu mano
eligió entre madureces
de tu huerta?
¿Tiempo vano
de una bella tarde yerta?
¿Dorada ausencia encantada?
¿Copia en el agua dormida?
¿De monte en monte encendida,
la alborada
verdadera?
¿Rompe en sus turbios espejos
amor la devanadera
de sus crepúsculos viejos?
II
En un jardín te he soñado,
alto, Guiomar, sobre el río,
jardín de un tiempo cerrado
con verjas de hierro frío.
Un ave insólita canta
En el almez, dulcemente,
Junto al agua viva y santa,
toda sed y toda fuente.
En ese jardín, Guiomar,
el mutuo jardín que inventan
dos corazones al par,
se funden y complementan
nuestras horas. Los racimos
de un sueño – juntos estamos-
en limpia copia exprimimos
y el doble cuento olvidamos.
( Uno: Mujer y varón,
aunque gacela y león,
llegan juntos a beber.
El otro: No puede ser
amor de tanta fortuna:
dos soledades en una,
ni aún de varón y mujer.)
Por ti la mar ensaya olas y espumas,
y el iris, sobre el monte, otros colores,
y el faisán de la aurora canto y plumas,
y el búho de Minerva ojos mayores.
Por ti, ¡oh Guiomar!...
Muerte de Abel Martín
Pensando que no veía
porque Dios no le miraba,
dijo Abel cuando moría:
Se acabó lo que se daba.
J de Mairena: Epigramas.
I

Los últimos vencejos revolean
en torno al campanario;
los niños gritan, saltan, se pelean.
En un rincón, Martín el solitario.
¡La tarde, casi noche, polvorienta,
la algaraza infantil y el vocerío,
a la par, de sus doce en sus cincuenta!
¡Oh alma plena y espíritu vacío,
ante la turbia hoguera
con llama restallante de raíces,
fogata de frontera
que ilumina las hondas cicatrices!
Quien vive se pierde, Abel decía.
¡Oh distancia, distancia!, que la estrella
que nadie toca, guía.
¿Quién navegó sin ella?
Distancia para el ojo - ¡oh lueñe nave!-.
Ausencia al corazón empedernido
Y bálsamo süave
con la miel del amor, sagrado olvido.
¡Oh gran saber del cero, del maduro
Fruto sabor que sólo el hombre gusta,
agua de sueño, manantial oscuro,
sombra divina de la mano augusta!
Antes me llegué, si me llega el Día,
la luz que ve increada,
ahógame esta mala gritería,
Señor, con las esencias de tu Nada.
II
El ángel que sabía
su secreto salió a Martín al paso.
Martín le dio el dinero que tenía.
¿Piedad? Tal vez. ¿Miedo al chantaje? Acaso.
Aquella noche fría
supo Martín de soledad; pensaba
que Dios no le veía,
y en su mudo desierto caminaba.
III
Y vio la musa esquiva,
de pie junto a su lecho, la enlutada,
la dama de sus calles, fugitiva,
la imposible al amor y siempre amada.
Díjole Abel: <<Señora,
por ansia de tu cara descubierta,
he pensado vivir hacia la aurora
hasta sentir mi sangre casi yerta.
Hoy sé que no eres tú quien yo creía,
mas te quiero mirar y agradecerte
lo mucho que me hiciste compañía
con tu frío desdén.>>
Quiso la muerte
sonreír a Martín, y no sabía.
IV
Viví, dormí, soñé, y hasta he creado
-pensó Martín, ya turbia la pupila-
un hombre que vigila
el sueño, algo mejor que lo soñado.
Mas si un igual destino
aguarda al soñador y al vigilante,
a quien trazó caminos
y a quien siguió caminos, jadeante,
al fin, sólo es creación tu pura nada,
tu sombra de gigante,
el divino cegar de tu mirada.
V
Y sucedió a la angustia la fatiga,
que siente su esperar desesperado,
la sed que el agua clara no mitiga,
la amargura del tiempo envenenado.
¡Esta lira de muerte!
Abel palpaba
su cuerpo enflaquecido.
¿El que todo lo ve no le miraba?
¡Y está pereza, sangre del olvido!
¡Oh, sálvame Señor!
Su vida entera,
su historia irremediable aparecía
escrita en blanda cera.
¿Y ha de borrarte el sol del nuevo día?
Abel tendió su mano
hacia la luz bermeja
de una caliente aurora de verano,
ya en el balcón de su morada vieja.
Ciego, pidió la luz que no veía.
Luego llevó, sereno,
el limpio vaso, hacia su boca fría,
de pura sombra- ¡oh pura sombra!-lleno.
Poesías de la guerra
La muerte del niño herido
Otra vez en la noche… Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. –Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!
-Duerme, hijo mío. –Y las manitas oprime
la madre, junto al lecho. -¡Oh, flor de fuego!
¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;
Fuera, la oronda luna que blanquea
Cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.
-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

El crimen fue en Granada
I
El crimen
Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron. ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
-sangre en la frente y plomo en las entrañas-
…Que fue en Granada el crimen
Sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…
II
El poeta y la muerte
Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a la guadaña.
-ya el sol en torre y torre; los martillos
en yunque –yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
Requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
<<Porque ayer en mi verso, compañera
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!>>
III
Se le vio caminar…
Labrad, amigos
de piedra y sueño, en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!