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Bravísima la poesía de Marcelo Rizzi

por Aghata
viernes, 20 de noviembre del 2009 a las 21:22

Te presentamos una selección de poemas de Marcelo Rizzi, el poeta que aboca la escritura a la búsqueda de lo absoluto. Rizzi penetra en el estadio de la poesía, estira sus arcos y lanza sus flechas, imágenes  que estallan como granadas, en esa caverna donde el tiempo se ha detenido y lo unívoco no existe. El lector reconoce los artificios de la realidad cuando se bebe esas percepciones luminosas que encajan en  el puzle de las preguntas. La lectura de estos poemas no pretende darnos respuestas universales a las grandes cuestiones de la vida, sólo nos muestra un mapa, el que ha fijado el poeta a su piel, el que sigue a ciegas, en busca de alimento.

Marcelo Rizzi nació en Rosario en 1961. Allí estudió Historia y Filosofía en la Universidad Nacional de Rosario. Ha publicado  entre otros Ospedale della Pietà ( 1995) y El humo de los belfos( 1997), El comienzo oblicuo de todo desorden ( 2001), Sinopie ( 2003) y La isla de los perros y otras dificultades.  En 2007 obtuvo el segundo premio en el concurso de Poesía Felipe Aldana de la Editorial Municipal de Rosario por Casa incompleta.

 
 

 

que todo consistiese/ en pequeñas pérdidas/ -?las que unidas/ como en un collar de grosellas/ de mármol o marfil/ construyesen la ilusión/ del hallazgo/ más completo".

Marcelo Rizzi

 

 

Los funerales del agua

¿En qué árbol del deseo anidan

las gotas rizadas, las nubes que persiguen

la hembra oscura que se perfuma

en los narcisos?

Sus cabellos no cesan

como frío terciopelo de los gallos.

El testigo se ha hecho borroso

como el humo de los belfos.

Si es que en aquel bosque

nos perdemos, la máscara de esparto

favorece nuestro viaje hacia la nada.

Saca ahora el primero de los clavos,

y envía al que hiende con sus hachas

nuestras bocas a que termine

su labor en los meandros.

La luna interior se ha hecho polvo

de las llamaradas, para que los cuerpos

se ciñan en las hondonadas pardas.

Perdidos en el furor de los martillos,

deliberamos el futuro vertical

de nuestros huesos, la oración puntual

de las vírgenes que llegan

al funeral reiterado de estos ríos.

 

 

<<Soñarás con palabras >>

 

La más privada de las palabras agrega siempre

una confusa palidez al deseo que la esculpe.

Para sorpresa de sí, sabe que algún día,

como toda escritura en la arena,

también será mortal junto al que la habita.

Donde hubo un adiós de copa enhiesta,

los filamentos del viento que nacen de las ropas,

descubren otra nación bajo los párpados:

dioses y demonios que no abrevan jamás

de lo que suponíamos que era la memoria

-nuestro vino más tardío-,

lo hacen de otra clase de licores,

del que se vierte en la mañana

desde el pico plateado de la luna,

y cae sobre el que se despierta

y cree que aún sigue dormido,

con su pie reiterado en la raíz

más perfumada de la noche.

 

Terra sacra

 

Hoy comimos de la última fruta de estación.

La abrimos en dos mitades iguales y repartimos

su secreto sabor, para que de allí brotara luz

de mar, cien perfumes de pájaros recuperando

el  vuelo.

Cuando el sol se iba poniendo, dividiendo

sus brazos para alcanzar las más lejanas higueras,

los cuerpos que duraban sólo una noche

parecían cargar máscaras de oro viejo al atravesar

el carbón de la fragua. Su espera era ya todo

su ser, a juzgar por la eternidad de los animales

que viajaban junto a ellos.

No saber qué es lo último o lo primero,

qué pone fin a los pasos por las orillas

infinitas de Ítaca.

 

 

Los artificios del sí

 

Cada vez se acerca a su apariencia

a través del olvido de sí mismo.

Cuando se ha omitido el ardor

de las aves migratorias,

la venus en la flor abisal,

el pensamiento desde lejos

se va conquistando hasta el último

hueso joven de la higuera.

En el vaso griego fermentaron

hasta ayer todas las dichas

y las desdichas, pero el humus

apenas entrevió savias negras

para su oscuro mar de serenidad.

Juegos fecundos a la sombra

del manzano, en la tapia que separaba

la duración de aquellos mundos,

donde la vida comenzaba

a partir de una elegía.

 

 

El umbral que no cesa

 

La minuciosidad del árbol

que se ha ofrecido en alimento

no basta. Como todo pájaro

tiene para sí su propia fábula

de fuego.

Es preciso que l sol invente

el ámbar para hacer de él

la ilusión de la miel.

El gallo nos habla del norte

como si de allí

llegara toda la sorpresa,

toda revelación, fulmínea,

como preludio, del azufre

en las azoteas: la mujer

que regresa siempre

con el óleo y con el tiempo.

 

 

Caza menor en la noche

 

Ahora que por fin acabamos la tarea

Del ocaso, sepultando los cuerpos

Invisibles de la noche, estiro las piernas,

llevo un bocado de pan hacia mi boca,

exhibo los trofeos que acaecen por sí solos

aunque ardan en la búsqueda absoluta

de un desordenado recomienzo.

Hay que dejar que esos animales

que estuvieron con nosotros,

trascurran su velocidad como si algo

de sí mismos, algún temor fértil,

los hubiera detenido, para siempre,

en el exordio de las blancas telas superpuestas.

No hay significado oculto en esas cosas,

sino su esplendor, por una sola vez,

vacilante e  intruso.

En esos rudimentos de la contemplación,

el juego de adivinar adónde vamos

conducidos por la sangre, se ha hecho

reiterado: lo que visita la noche,

envuelta en su locura de trapos ajenos,

es el diáfano motivo con que el día

procura sus víctimas menores,

lo que de lejos viene y nos arrastra

hasta nuestra confusa procedencia.

 

Stigmata

Por el agujero del tejado

vimos pasar la estrella de oro.

Nos inclinamos sobre la mesa

a oler el vino derramado.

Aunque tus huesos tardaban

en traer el candil licuado,

echabas justo a tiempo

los fragmentos convenientes

a la pira de los días.

Antes que las palabras

recobrasen su mutilado espesor

sobre las cosas, serías el ángel

negro, elíptico y breve, que es vaticinio

cruel de sí mismo.

 

Elsewhere

 

En el jardín de las ausencias

están las tibias,

húmedas astillas

de la acacia que incendiamos.

Donde olvidamos con desdén

ánforas y venablos

alguien recoge desde hace tiempo

alimentos invisibles.

Cuando aún silba el espino

y en su vuelo

es más liviana la corneja,

¿no es la sangre más copiosa,

no suena la risa del loco

a una canción de barcos

que naufragan en nuestros ríos

de ceniza?

¿Qué era sino un cielo cavado

desde ayer en cada piedra,

la visión del último olivo centenario,

la vacilación de sus perfumes

y su envés?

 

 

La piel del saúco

 

Qué hay sin dolor, sino maneras de reunir

rara vez y en el derroche, el lirio en la colina ideal,

el mismo opaco paño del descontento

con la caída invisible de todo cuerpo.

Quitas o agregas espumas al rocío,

según tu ventana se orienta en cada habitación.

Esas historias no cuentan para el corazón

ausente que muy lejos se apaga: desnudo ante

los perfumes del amor, entre las babas azules

de la noche prisionero.

Oye cantar la vigía y hallarás la cifra

de la memoria absuelta, la égloga temprana

del diminuto sol de tus uñas

en una baya negra que viaja, de estación

en estación, con el torrente de los días.

Qué hay sin dolor, pregunta el ave soberana,

antes de anidar en lo más alto.

 

 

Borrador de alturas

 

Por detrás de cada lengua hay siempre

un dulzor de piedras que ruedan,

marcadas en la noche sin memoria,

y arrojadas se nuevo hacia el fondo del mar.

Los caballos del puro amanecer

han reclinado a la sombra de lo inerte

su pesadez de otoño. Lo invitado a estas

ceremonias truncas de deshonor estival,

les es definitivamente remoto y perecedero.

Bastaría una música secreta de rojas

semillas esparcidas para hacerlos trotar

otra vez por las calientes colinas.

Por aquí está mi carne, esquiva y tranquila,

mi voz que encalla motivos de lo vivo

-abreviaturas tenaces de húmeda razón-,

y mi sombrero de viento para quien

intente asirlo de una vez y para siempre

entre los remolinos y las ruinas.

 

Los emblemas de la nada

  <<Norwegian, unexpected flowers>>

 

En unos minutos descenderá el sol

por completo; la luna ya ha apostado

al vigía desde sus barcos de nácar.

No pises las manzanas caídas en el

huerto: tienen su propia luz, su vida breve,

déjalas que duren un poco más de lo previsto.

Dormiré hasta que la brisa de los mares

Salobres te traigan, no importa si en forma

de ídolo, si de especias de lejanas tierras

arrasadas. Conservo de tu fragua la convicción

de tus manos, y las temperaturas que añadía

a los espejos.

El corazón del castaño reclina las joyas

de su inicuo crecimiento. Aunque así

lo parezca, el vuelo del último palomo

no es para nada silencioso, lleva consigo

una sinfonía secreta de huesos pequeños

sonando medulares al quebrar el aire

caliente de un cuerpo en la sequía.

En los hogares de la ciudad donde

con firme vocación perezco, alguien más

demora allí su exhortación crispada.

No dice nada, no sé quién es, pero siempre

está más cerca del alce en los bañados,

que de la lámpara de aceite que inaugura

su noche con una garganta de flores,

religiosas, noruegas e inesperadas.



hacer de las cuerdas
de un violín
el mal necesario
para aquello que ignora
la tulipa de oro
de la tarde
procurar que los árboles
se agiten
o se arrodillen y luego
besen la sombra
elástica de las espaldas







boca pequeña
e inconclusa
aunque profunda
como estanque
o aljibe
no había arte
en su decir
que ya no fuese
nuestra propia
medicina
al preguntar
nuevamente
por el final y el origen
de la madera
que sostenía
la cerca y los lechos
se lo hacía también
por el aquí y el ahora
de la leche con miel
del lugar que bebía
de a sorbos
y que traía
los fulcros,
las pinzas,
el ciego afán
del vencejo




hoy pagas con falsas
monedas
el más caso tributo
a un dios que
desconoces
–sedas escandidas
esculpidas por debajo
de toda piel
me pregunto esta vez
por qué me has traído
hasta aquí
a ver las ruinas
de la espalda amada
qué sangre de tu sangre
sobrevive aún
y brilla entre
los nervios
de la mar menguante

 

 

una hilera de álamos jóvenes
indaga la pendiente del río;
todos nacemos, invariablemente,
de una mujer que tiene a menudo
el oído ambiguo para el tronar de
la rosa; hablar de esas cosas
como si se estuviese leyendo
siempre una negra misiva:
buscar en la neutralidad de las
palabras, como el insomne el ocaso,
la trampa visual, para ver quién
por azar porta con su mirar la
máscara más blanca y preciosa

 

por lo que supone la única
razón de mis huesos, yo
seguiré vertical; haré que
la línea del horizonte
interrumpa en mí su vana
voluntad de dar cada mañana
abrigo a lo irreal; repetiré
el viaje del que antes llegó
hasta el corazón de la fruta
sólo para ver desde arriba
la oscilación del péndulo
que cae; seré feliz, por fin,
abrazado a la misma
columna de mármol,
siempre al lado del álamo
del jardín

 

 

 

Ese animal se sabe inmortal
porque ha encontrado
en su presa
alimento seguro

sin la memoria de lo acontecido
y en el silencio de lo absoluto
para no aturdir
la convicción de este mundo
omite
rasga y omite
sin destruir
los frutos con fuerza
genuina

abandona más tarde el claro
pisando con sigilo chispeante
las hojas caídas del arce

hay allí una conjunción
de astros que se apagan
y se vuelven a encender
-otro pétalo arrancado
a la madera,
nuevos ángeles
mortales con los que
una nube de lluvia
puede posarse otra vez
sobre los campos
sembrados

 

 

 

 

 

 

 

 

     
         

 

Bravísima la poesía de Antonio Machado

por Aghata
miércoles, 18 de noviembre del 2009 a las 23:35

Para Machado la poesía era “una honda palpitación del espíritu” y eso es exactamente lo que sentimos cuando leemos su obra, un pálpito de emoción, la misma que sentía su hermano Manuel “Yo no sé que tienen los versos de mi hermano Antonio, que siempre que los leo consiguen emocionarme”. Esa autenticidad se sitúa como un gran iceberg, en el océano de renovaciones formales que se produjeron en la coyuntura de Fin de Siglo.  En esa diáspora temporal surgieron las obras que constituyen la base de la poesía actual, aquellas que recrean nuestros oídos, eslabones que engarzamos hasta formar el mapa poético por el que siguen transitando la mayoría de los poetas de hoy en día: Rilke, Paul Valery, Yeats, Pound, Eliot, Cavafis, Ungaretti, Montale, Quasimodo, Pessoa.  El modernismo, el lento declinar del romanticismo, el decadentismo, la poesía pura, el surrealismo; hitos artísticos sin cuyas renovaciones no seríamos los mismos.

 En medio del océano convulso de la renovación formal, la obra de Machado es vista como esa isla a la que nos retiramos cuando queremos dialogar con un poeta que habla no sólo desde su corazón, sino desde el nuestro, desde los intersticios de nuestra alma. Machado siempre consigue  que veamos a través de la pantalla de sus poemas,  las galerías de su alma, el paisaje interior que huele al edén de la infancia. El poeta que se crió en el  Palacio de las Dueñas hasta los ocho años, nos conduce hasta sus secretos más íntimos y persistentes: el cipresal, la fuente, el huerto, el limonero. Soledades (1903) es  su primer libro de poemas, un libro que dedica a Antonio Zayas y Ricardo Calvo. Se trata de 41 poemas que vacían las galerías de su alma y que más tarde sería reelaborado hasta  el definitivo Soledades, galerías y otros poemas. Está edición ampliada se publicó en el entorno modernista, cuando la sombra alargada del simbolismo, daba cobijo a la mayoría de las obras que se publicaban. Es el  mismo año de la publicación de Arias tristes de J. R. Jiménez (1907), y en la misma estela hallamos Alma de Manuel, que fue publicado el año anterior, año en el que apareció otro hito modernista: Sonata de Otoño de Valle- Inclán.

                Pero en Machado el modernismo se desnuda y al desnudarse consigue el milagro: consigue que intimemos y nos emocionemos. El lector siente esa soledad, esa ilusión cándida y vieja que asoma al contemplar los frutos dorados de los sueños.  Machado conecta los temas universales (el tiempo, la muerte, Dios) al paisaje interior por el que transita, de ahí que al escuchar el murmullo melancólico de la fuente, nos sintamos identificados; ese desgarro de lo inalcanzable nos acompaña. Lo importante de estos versos no es la forma, sino el sentimiento y la honda sinceridad. Por ellos resuena un alma romántica que se debate entre razón y corazón, por ellas se pasea “ese acordeón tocado por un ángel”,  como llamaba Mairena a Bécquer,   voz que suena inconfundible, a través de la melancolía.

El tema envolvente es la muerte (el ocaso, la otra orilla)  reflejado en símbolos como el parque solitario, la tarde soñolienta, el crepúsculo, las campanadas del reloj, la fuente helada. Es frecuente el anhelo de la infancia, la añoranza de la buena madre, el deseo de recuperar la juventud en el magma de la angustia perpetua, pues el tiempo siempre nos conduce a orillas del gran silencio. Hay tres símbolos que se repiten continuamente: el sueño de la conciencia, el camino de la vida y la tarde como territorio inamovible, donde fluye el cansancio vital y la desilusión.

También es frecuente el deseo de certidumbre religiosa, la esperanza, asociada a la ilusión. Machado reconoce que el problema que acucia al hombre es inamovible.  El tiempo fluye mientras caminamos, por el río de la vida (la voz de Manrique suena inconfundible), mientras la vida se desliza presurosa.  Primero abrazamos el manantial en ese útero materno, después caminamos y fluye la fuente, finalmente nos detenemos. El mar, una vez más, es el final, la meta a la que hemos sido abocados. El hombre se oscurece, y busca una identidad llena de dudas y fe desnuda. Machado consigue en todo momento que esa introspección interior por las  galerías del alma, la sintamos nuestra: la conciencia de la muerte, la religión vivida como duda, el sueño de la existencia de Dios, “Anoche cuando dormía soñé”…   En él es constante a lo largo de toda su trayectoria la búsqueda de “Dios entre la niebla”, siempre anhelará el puerto seguro, aunque las dudas persistan.

                 Su poesía evoluciona, de la misma manera que evoluciona su propia vida. Viaja en dos ocasiones a Paris y entra en contacto con los grandes poetas. Conoce a Óscar Wilde un año antes de su muerte, a Enrique Gómez Carrillo, a Pio Baroja, a Rubén. Con todos ellos confraterniza,  a todos ellos se presenta, como es él: “un hombre sencillo, sincero, honesto”.  Juan Ramón, Valle-Inclán, Unamuno, a todos se dirige con respeto, con todos ellos dialoga, la amistad fluye con naturalidad  como su poesía, de la que habla a Unamuno:

 “Yo veo la poesía como un yunque de constante actividad espiritual, no como un taller de fórmulas dogmáticas revestidas de imágenes más o menos brillantes… Todos nuestros esfuerzos deben tender hacia la luz, hacia la conciencia. He aquí el pensamiento que debía unirnos a todos. Es verdad, hay que soñar despiertos.” Carta publicada fragmentariamente por este en su artículo, Almas de jóvenes, Nuestro Tiempo, nº 41, mayo 1904.

Incluso, aunque los poetas del 27 se sentían más hermanados con Juan Ramón y su concepto de la poesía pura que con Machado,  lo respetaban.   Machado participa en la  Antología poética que compila Gerardo Diego en 1932, al que envía su Poética.  En ella afirma que la poesía moderna arranca de Edgar Allan Poe y plantea dos imperativos: la esencialidad y la temporalidad.  La poesía – según él -es palabra esencial en el tiempo. De ahí que los conceptos de ser y tiempo alimenten el poema. Defiende que la poesía  debe siempre captar el alma de las cosas y su temporalidad. La angustia, el temor, la resignación, la esperanza; etc. son  signos que nos acompañan en el devenir como  revelaciones de la conciencia humana.

En cuanto a la actitud antirretórica suele citarse el texto de una clase de Retórica y Poética, donde Mairena le dice al alumno:

<<-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba:

“Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.

El alumno escribe lo que le dicta.

-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.

El alumno, después de meditar escribe: “lo que pasa en la calle”.

Mairena: -No está mal.>>

Machado  consigue un puesto de catedrático de francés y elige una vacante en un instituto de Soria. Allí descubre el amor y también se familiariza con el paisaje castellano. El libro Campos de Castilla  que también sería reelaborado en 1917, cuando aparece la primera edición de Poesías Completas, muestra la evolución de su obra. El poeta, consciente de que un corazón solitario no es un corazón, retrata el paisaje castellano y a través de él denuncia la pobreza, la soledad y la tristeza que  acucia a estas gentes. Primero nos muestra un paisaje acotado por la envidia, la soberbia, un paisaje en el que la miseria es la antesala de la avaricia y la codicia, como es evidente en La tierra de Alvargonzález. Hombres curtidos por la violencia, la envidia; gentes teñidas de espanto ante su miseria. Cuando Machado comprende su sufrimiento, es cuando empieza a amarlos. Castilla está prisionera en un presente aciago. La protesta se tiñe de reflexión ética y  el deseo de regeneración es patente.  El poeta siempre dialoga con el hombre, pero a través de ese diálogo busca la comunión de espíritu. La sección de Proverbios y cantares, condensa el saber popular,  el hondo respeto por la tradición popular que su padre le había trasmitido.  Cuando realiza la reelaboración del libro, aparece el íntimo dolor por la muerte de su esposa. Leonor, la joven de 15 años con la que se casó, muerta por la tuberculosis. A partir de ese momento, Machado recrea a la amada persistentemente, el deseo del reencuentro lo ciega.

            Doce años más tarde de la aparición de Campos de Castilla, aparece el nuevo libro, Nuevas canciones (1924)  que también tendrá ampliaciones. Machado ha sentido el cuchillo del silencio, y la vacilación. Confiesa a Unamuno que escribe poco y aún esto no muy a gusto. También manifiesta su pesar a  Ortega y Gasset, al decirle que  su poesía quedó truncada después de Campos de Castilla, a la muerte de Leonor.  El vacío lo llena la reflexión filosófica, en este caso en el entorno de las tierras andaluzas, sin olvidar la reminiscencia soriana. Escribe parte de él en el espacio mítico de Baeza, al que vuelve en busca de ese territorio perdido, tras la muerte de la amada, quizá por eso en algunos de estos poemas resuene el eco del primer Machado.  Los nuevos Proverbios y Cantares son una continuación de los ya aparecidos en Campos de Castilla. Cantares de pensador, en los que aparecen las paradojas con una acertada intuición: El ojo que ves no es ojo porque tú lo vez, es ojo porque te ve.

                Aunque su voz poética parece que se ha callado, son importantes las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 porque presentan novedades importantes, como los apócrifos, el Cancionero apócrifo de Abel Martín y el de Juan de Mairena donde el lirismo se impregna de filosofía. Juan de Mairena es, también autor de comentarios en prosa: de él dirá el propio Machado que es su yo filosófico. Pero además, entre los añadidos, figura una importante sección dedicada a su último amor, Pilar de Valderrama, que aparece como Guiomar, su amor tardío.  El tratamiento del amor se ha transformado.  De la entidad abstracta  que aparece en Soledades, al dolor candente de la pérdida y el ansía del reencuentro, de Campos de Castilla, se despierta el poeta para sentir  la dulce herida en su madurez.

                 Pero la obra cumbre de esta etapa es Juan de Mairena una de sus mejores obras, pues en ella introduce toda su sabiduría sobre cuestiones metafísicas, estéticas, etc. En 1936, en los albores de la Guerra Civil lo amplia: Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Machado acierta en muchas de sus reflexiones sobre arte, política, filosofía, literatura, sociedad. Comienzan a ser frecuentes también las consideraciones morales sobre la guerra que planea sobre la sociedad española.

             Machado se desplaza a Valencia y reside en la localidad de Rocafor. Su  último libro La guerra, aparece en 1937. En él aparecen sus últimas composiciones. Destaca el famosísimo El crimen fue en Granada, dedicado a Lorca. Machado, que también formaría parte de la Alianza de Escritores Antifascistas, se dirigiría a Barcelona, ante la inminente ocupación de la ciudad. Después atraviesa la frontera hasta  la localidad francesa de Collioure. Su madre lo acompaña y ambos están muy enfermos. Allí en el hotel Bougnol- Quintana fallece el 22 de febrero de 1939.  Tres días después muere su madre. Cuando le revisaron el abrigo encontraron sus últimos versos, que vuelven a situar al poeta en el paraíso de la niñez: “Estos días azules y este sol de la infancia

La producción machadiana no se agota en su poesía o prosa. Con su hermano Manuel, Machado escribió  teatro. Entre las obras estrenadas en Madrid figuran: La Lola se va a los puertos (1929), La prima Fernanda (1931), etc.

El poeta de la temporalidad nos abandonó, nos quedamos con su hondura y  su bondad, con su entereza como ser humano:

Siempre que he visto un hombre solo, o seguido de menguada hueste, luchar contra el medio en que vive,  he sentido el orgullo de pertenecer a la especie humana”.

Soledades, galerías y otros poemas

 

Recuerdo infantil

 

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

 

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.

 

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

 

Y todo el coro infantil

va cantando la lección:

mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón.

 

Una tarda parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

….

 

Cante Hondo

 

Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y la tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copla soñolienta,

quebrada por los trémulos sombríos

de las músicas magas de  mi tierra.

 

Y  era el Amor, como una roja llama…

-Nerviosa mano en la vibrante cuerda

ponía un largo suspirar de oro,

que se trocaba en surtidor de estrellas-.

 

Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,

el paso largo, torva y esquelética

-tal cuando yo era niño la soñaba-.

 

Y en la guitarra, resonante y trémula,

la brusca mano, al golpear fingía

el reposar de un ataúd en tierra.

 

Y era un plañido solitario el soplo

que el polvo barre y la ceniza avienta.

 

 

 

Daba el reloj las doce… y eran doce

golpes de azada en tierra…

-¡Mi hora!...-grité. El silencio

me respondió: -No tema;

tú no verás caer la última gota

que en la clepsidra tiembla.

 

Dormirás muchas horas todavía

sobre la orilla vieja,

y encontrarás una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

 

 

 

 

 

Arde en tus ojos un misterio, virgen

esquiva y compañera.

 

No sé si es odio o es amor la lumbre

Inagotable de tu aljaba negra.

 

Conmigo irás mientras proyecto sombra

mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

 

-¿Eres la sed o el agua en mi camino?

Dime, virgen esquiva y compañera.

 

 

Me dijo un alba de la primavera:

-Yo florecí en tu corazón sombrío

ha muchos años, caminante viejo

que no cortas las flores del camino.

 

Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda

el viejo aroma de mis viejos lirios?

¿Perfuman aun mis rosas la alba frente

del hada de su sueño adamantino?

 

Respondí a la mañana:

-Sólo tienen cristal los sueños míos.

Yo no conozco el hada de mis sueños,

ni sé si está mi corazón florido.

 

Pero si aguardas la mañana pura

que ha de romper el vaso cristalino,

quizás el hada te dará tus rosas,

mi corazón, tus lirios.

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Di: ¿por qué acequia escondida,

agua , vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí?

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas,

blanca cera y dulce miel.

 

Anoche cuando dormía

soñé, ¡bendita ilusión!,

que un sol ardiente lucía

dentro de mi corazón.

 

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacia llorar.

Anoche cuando dormía,

soñé, ¡bendita ilusión!,

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

 

 

¿Mi corazón se ha dormido?

Colmenares de mis sueños,

¿ya no labráis? ¿Está seca

la noria del pensamiento,

los cangilones vacíos,

girando de sombra llenos?

 

No; mi corazón no duerme.

Está despierto, despierto.

Ni duerme ni sueña; mira,

los claros ojos abiertos,

señas lejanas y escucha

a orillas del gran silencio.

 

 

Desnuda está la tierra,

y el alma aúlla al horizonte pálido

como loba famélica. ¿Qué buscas,

poeta en el ocaso?

 

Amargo caminar, porque el camino

pesa en el corazón.  ¡El viento helado,

y la noche que llega, y la amargura

de la distancia!... En el camino blanco

algunos yertos árboles negrean;

en los montes lejanos

hay oro y sangre… El sol murió…  ¿Qué buscas,

poeta, en el ocaso?

 

 

Pegaos, lindos pegasos,

caballitos de madera.

……………………………………………..

 

Yo conocí, siendo niño,

la alegría de dar vueltas

sobre un corcel colorado,

en una noche de fiesta.

 

En el aire polvoriento

chispeaban las candelas,

y la noche azul ardía

toda sembrada de estrellas.

 

¡Alegrías infantiles

que cuestan una moneda

de cobre, lindos pegasos,

caballitos de manera!

 

Campos de Castilla

 

 

 

La tierra de Alvargonzález

 

           V

 

Un lobo surgió, sus ojos

lucían como dos ascuas.

Era la noche, una noche

Húmeda, oscura y cerrada.

 

Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

Cien ojos fieros ardían

en la selva, a sus espaldas.

 

            VI

 

Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el cuervo abrevan;

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas;

agua impasible que guarda

en su seno las estrellas.

-¡Padre!- gritaron; al fondo

de la laguna serena

cayeron y el eco, ¡padre!

repitió de peña en peña.

 

A un olmo seco

 

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

 

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la cortina blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

 

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

 

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

 

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campaña,

lanza de carro o yugo de carreta; 

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas, de alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas,

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también hacia la luz y la vida,

otro milagro de la primavera.

Soria, 1912.

 

 

Dice la esperanza: Un día

la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:

Sólo tu amargura es ella.

Late, corazón… No todo

se lo ha tragado la tierra.

 

 

          Allá en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando en sueños…

 

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

 

 

A José María Palacio

 

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas

y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanco y rosa,

allá en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

Por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,

y labriegos que siembran tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y del romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

Y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra…

 

Baeza, 20 de marzo de 1913

 

  La saeta

                                          ¿Quién me presta una escalera

                               para subir al madero,

                              para quitarle los clavos,

                             a Jesús, el Nazareno?

 

¡Oh la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos,

siempre con sangre en las manos,

siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía,

y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero,

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

 

 

 

Proverbios y cantares

                 I

Nunca perseguí la gloria

ni dejar en la memoria

de los hombres mi canción;

yo amo los mundos sutiles,

ingrávidos y gentiles

como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse

de sol y grana, volar

hacia el cielo azul, temblar

súbitamente y quebrarse.

 

                    II

¿Para qué llamar caminos

a los surcos del azar?...

Todo el que camina anda,

como Jesús, sobre el mar.

 

                  IV

Nuestras horas son minutos

cuando esperamos saber,

y siglos cuando sabemos

lo que se puede aprender.

 

   XII

¡Ojos que a la luz abrieron

un día para, después,

ciegos tornar a la tierra,

hartos de mirar sin ver!

 

 

            XXI

Ayer soñé que veía

a Dios y que a Dios hablaba;

y soñé que Dios me oía…

Después soñé que soñaba.

 

     XXX

<<El que espera desespera>>,

dice la voz popular

¡Qué valor tan verdadera!

 

La verdad es lo que es,

Y sigue siendo verdad

aunque se piense al revés.

 

XXXI

Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?

Tu alcancía,

antes que el tiempo la rompa,

¿se irá quedando vacía?

Confiemos

en que no será verdad

nada de lo que sabemos.

 

 XLV

Morir… ¿Caer como gota

de mar en el mar inmenso?

¿O ser lo que nunca he sido:

uno, sin sombra y sin sueño,

un solitario que avanza

sin camino y sin espejo? 

 

 

Parábolas

           I

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño

Y el caballito no vio.

Con un caballito blanco

el niño volvió a soñar;

y por la crin lo cogía…

¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,

el niño se despertó.

Tenía el puño cerrado.

¡El caballito voló!

Quedose el niño muy serio

pensando que no es verdad

un caballito soñado.

Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo

y el mozo tuvo un amor,

y a su amada le decía:

¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo

pensaba: Todo es soñar,

el caballito soñado

y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,

el viejo a su corazón

preguntaba: ¿Tú eres sueño?

¡Quién sabe si despertó!

 

 

Nuevas Canciones

 

Galerías

          IV

El iris y el balcón.

                        Las siete cuerdas

de la lira del sol vibran en sueños.

Un tímpano infantil de siete golpes

-agua y cristal-.

                    Acacias con jilgueros.

Cigüeñas en las torres.

                                  En la plaza,

Lavó la lluvia el mirto polvoriento.

En el amplio rectángulo, ¿quién puso

ese grupo de vírgenes risueño,

y arriba, ¡hosanna!, entre la rota nube,

la palma de oro y el azul sereno?

 

 

Proverbios y cantares

                                         A José Ortega y Gasset.

               I

El ojo que ves no es

ojo porque tú lo veas,

es ojo porque te ve.

 

    VIII

Hoy es siempre todavía

 

XXXVI

No es el yo fundamental

eso que busca el poeta,

sino el tú esencial.

 

XLII

Enseña el Cristo: A tu prójimo

amarás como a ti mismo,

mas nunca olvides que es otro.

 

LIII

Tras el vivir y el soñar

está lo que más importa:

despertar.

 

LXIV

¿Conoces los invisibles

hiladores de los sueños?

Son dos: la verde esperanza

y el torvo miedo.

 

LXVI

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

 

XCIII

¿Cuál es la verdad’ ¿El río

que fluye y pasa

donde el barco y el barquero

son también ondas del agua?

¿O este soñar del marino

siempre con ribera y ancla?

 

De un cancionero apócrifo

Abel Martín

Los complementarios ( Cancionero apócrifo)

III

Era la tierra desnuda,

y un frío viento, de cara,

con nieve menuda.

 

Me eché a caminar

por un encinar de sombra.

la sombra de un encinar.

 

El sol las nubes rompía

con sus trompetas de plata.

La nieve ya n caía.

 

La vi un momento asomar

en las torres del olvido.

Quise y no pude gritar.

 

Canciones a Guiomar

   I

No sabía

si era un limón amarillo

lo que tu mano tenía,

o el hilo de un claro día,

Guiomar, en dorado ovillo.

Tu boca me sonreía.

 

Yo pregunté: ¿Qué me ofreces?

¿Tiempo en fruto, que tu mano

eligió entre madureces

de tu huerta?

 

¿Tiempo vano

de una bella tarde yerta?

¿Dorada ausencia encantada?

¿Copia en el agua dormida?

¿De monte en monte encendida,

la alborada

verdadera?

¿Rompe en sus turbios espejos

amor la devanadera

de sus crepúsculos viejos?

 

II

En un jardín te he soñado,

alto, Guiomar, sobre el río,

jardín de un tiempo cerrado

con verjas de hierro frío.

 

Un ave insólita canta

En el almez, dulcemente,

Junto al agua viva y santa,

toda sed y toda fuente.

 

En ese jardín, Guiomar,

el mutuo jardín que inventan

dos corazones al par,

se funden y complementan

nuestras horas. Los racimos

de un sueño – juntos estamos-

en limpia copia exprimimos

y el doble cuento olvidamos.

( Uno: Mujer y varón,

aunque gacela y león,

llegan juntos a beber.

El otro: No puede ser

amor de tanta fortuna:

dos soledades en una,

ni aún de varón y mujer.)

 

Por ti la mar ensaya olas y espumas,

y el iris, sobre el monte, otros colores,

y el faisán de la aurora canto y plumas,

y el búho de Minerva ojos mayores.

Por ti, ¡oh Guiomar!...

 

Muerte de Abel Martín

 

                       Pensando que no veía

                      porque Dios no le miraba,

                     dijo Abel cuando moría:

                        Se acabó lo que se daba.

                   J de Mairena: Epigramas.

 

   I

 

Los últimos vencejos revolean

en torno al campanario;

los niños gritan, saltan, se pelean.

En un rincón, Martín el solitario.

¡La tarde, casi noche, polvorienta,

la algaraza infantil y el vocerío,

a  la par, de sus doce en sus cincuenta!

 

¡Oh alma plena y espíritu vacío,

ante la turbia hoguera

con llama restallante de raíces,

fogata de frontera

que ilumina las hondas cicatrices!

 

Quien vive se pierde, Abel decía.

¡Oh distancia, distancia!, que la estrella

que nadie toca, guía.

¿Quién navegó sin ella?

Distancia para el ojo - ¡oh lueñe nave!-.

Ausencia al corazón empedernido

Y bálsamo süave

con la miel del amor, sagrado olvido.

¡Oh gran saber del cero, del maduro

Fruto sabor que sólo el hombre gusta,

agua de sueño, manantial oscuro,

sombra divina de la mano augusta!

Antes me llegué, si me llega el Día,

la luz que ve increada,

ahógame esta mala gritería,

Señor, con las esencias de tu Nada.

 

II

El ángel que sabía

su secreto salió a Martín al paso.

Martín le dio el dinero que tenía.

¿Piedad? Tal vez. ¿Miedo al chantaje? Acaso.

Aquella noche fría

supo Martín de soledad; pensaba

que Dios no le veía,

y en su mudo desierto caminaba.

 

III

Y vio la musa esquiva,

de pie junto a su lecho, la enlutada,

la dama de sus calles, fugitiva,

la imposible al amor y siempre amada.

Díjole Abel: <<Señora,

por ansia de tu cara descubierta,

he pensado vivir hacia la aurora

hasta sentir mi sangre casi yerta.

Hoy sé que no eres tú quien yo creía,

mas te quiero mirar y agradecerte

lo mucho que me hiciste compañía

con tu frío desdén.>>   

                             Quiso la muerte

sonreír a Martín, y no sabía.

 

              IV

Viví, dormí, soñé, y hasta he creado

-pensó Martín, ya turbia la pupila-

un hombre que vigila

el sueño, algo mejor que lo soñado.

Mas si un igual destino

aguarda al soñador y al vigilante,

a quien trazó caminos

y a quien siguió caminos, jadeante,

al fin, sólo es creación tu pura nada,

tu sombra de gigante,

el divino cegar de tu mirada.

 

             V

Y sucedió a la angustia la fatiga,

que siente su esperar desesperado,

la sed que el agua clara no mitiga,

la amargura del tiempo envenenado.

¡Esta lira de muerte!

                           Abel palpaba

su cuerpo enflaquecido.

¿El que todo lo ve no le miraba?

¡Y está pereza, sangre del olvido!

¡Oh, sálvame Señor!

                                  Su vida entera,

su historia irremediable aparecía

escrita en blanda cera.

¿Y ha de borrarte el sol del nuevo día?

Abel tendió su mano

hacia la luz bermeja

de una caliente aurora de verano,

ya en el balcón de su morada vieja.

Ciego, pidió la luz que no veía.

Luego llevó, sereno,

el limpio vaso, hacia su boca fría,

de pura sombra- ¡oh pura sombra!-lleno.

 

Poesías de la guerra

 

La muerte del niño herido

 

Otra vez en la noche… Es el martillo

de la fiebre en las sienes bien vendadas

del niño. –Madre, ¡el pájaro amarillo!

¡Las mariposas negras y moradas!

-Duerme, hijo mío. –Y las manitas oprime

la madre, junto al lecho. -¡Oh, flor de fuego!

¿quién ha de helarte, flor de sangre, dime?

Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

Fuera, la oronda luna que blanquea

Cúpula y torre a la ciudad sombría.

Invisible avión moscardonea.

-¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?

El cristal del balcón repiquetea.

-¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

 

 

El crimen fue en Granada

 

                I

 

 El crimen

 

Se le vio, caminando entre fusiles,

por una calle larga,

salir al campo frío,

aún con estrellas de la madrugada.

Mataron a Federico

cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos

no osó mirarle la cara.

Todos cerraron los ojos;

rezaron. ¡ni Dios te salva!

Muerto cayó Federico

-sangre en la frente y plomo en las entrañas-

…Que fue en Granada el crimen

Sabed -¡pobre Granada!-, en su Granada…

 

II

El poeta y la muerte

 

Se le vio caminar solo con Ella,

sin miedo a la guadaña.

-ya el sol en torre y torre; los martillos

en yunque –yunque y yunque de las fraguas.

Hablaba Federico,

Requebrando a la muerte. Ella escuchaba.

<<Porque ayer en mi verso, compañera

sonaba el golpe de tus secas palmas,

y diste el hielo a mi cantar, y el filo

a mi tragedia de tu hoz de plata,

te cantaré la carne que no tienes,

los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía,

los rojos labios donde te besaban…

Hoy como ayer, gitana, muerte mía,

qué bien contigo a solas,

por estos aires de Granada, ¡mi Granada!>>

 

III

Se le vio caminar…

                              Labrad, amigos

de piedra y sueño, en el Alhambra,

un túmulo al poeta,

sobre una fuente donde llore el agua,

y eternamente diga:

el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Esa muñeca a la que diste cuerda

por Aghata
domingo, 15 de noviembre del 2009 a las 02:35

 

Mesa sin piel.

Miles de adioses

implícitos

en el aire

sin esa parte de ti,

sin el gigante

grito.

Esa muñeca a la que diste cuerda

por Aghata
domingo, 15 de noviembre del 2009 a las 02:20

Ni una palabra a lo efímero.

Si te largas.

no le digas ni una palabra

a  la luna rota.

 

Nuevamente la sed:

Ese sueño

sin todo lo maldito.

 

 

 

Por fin has confesado:

Te  tambaleas porque

la espina está rota.

 

 

Desatas la eternidad y preguntas:

¿Volverías a ser arcilla? 

 

 

           

 

 

Esa mañana a la que diste cuerda

por Aghata
domingo, 15 de noviembre del 2009 a las 02:12

 

 

Ni una palabra a lo efímero.

Si te largas.

no le digas ni una palabra

a  la luna rota.

 

Nuevamente la sed.

Ese sueño

sin todo lo maldito.

 

 

 

Por fin has confesado:

Te  tambaleas porque

la espina sigue viva.

 

 

 

 

           

 

 

Arañando microsegundos

por Aghata
viernes, 13 de noviembre del 2009 a las 20:33

Arañando microsegundos

Cómo vuela el tiempo a pesar de este obstinado deseo mío por arañar microsegundos para dedicarlos a mi disfrute personal, para simplemente ejercer ese sano ejercicio de tumbarse a la bartola. Pero mis ejercicios de genuflexión se tornan vanos y todo el día voy de aquí para allá con la lengua fuera.  Si hasta mi propia estantería me mira mal, libros apiñados haciendo señales de humo para que mis ojos se dignen a mirarlos. ¡Eh! Estamos aquí, cuándo vas a quitarnos el feo precinto y a leernos, cuándo vas a desempolvarnos; lo dicen muy enfadados mientras cuchichean a mis espaldas.  ¡Qué desfachatez! Primero nos tira flores, relamiéndose de gusto y ahora nos abandona en este frío rincón.

Salgo de mi estudio, abrumada por las obligaciones cotidianas y ni los miro… ¡Me dan mucha pena!  Y me prometo que al primer microsegundo que tenga, los recibiré con el bombo y platillo que se merecen.  Pero me cuesta tanto encoger mis obligaciones, para dedicarme más tiempo. Cuando no son pitos, son flautas. Esta mañana me he levantado y he salido pitando, ala… a hacer la compra de rigor para la semana, y menos mal que el hipermercado está enfrente de casa, que si no… Y en cuanto he vuelto, lo he guardado todo en un santiamén   me he puesto un delantal y he comenzado a limpiar frenéticamente la cocina, pensando en si me quedaría algo de tiempo para hacer los cuartos de baño y las habitaciones. No… claro que no me ha dado tiempo, porque tenía que preparar la comida.  Y luego, he comido con rapidez, mientras María se ponía nerviosa, porque no paraba quieta. Me levantaba, quitaba un plato, fregaba una sartén, comprobaba el programa de la lavadora… y volvía a apalancarme en la silla, mientras miraba cómo corrían las saetas del reloj. “Tengo que irme”- le digo. Tengo que ir a Valencia para que me autoricen el análisis. Mientras digo esto, mis piernas intentan hacer un amago de paralizarse, pero ni siquiera sus calambres molestos impiden que me levante.

 Vaya con el análisis que me ha pedido el ginecólogo. Anti, qué..., me dijeron por teléfono. Pues no señora, aquí no  figura nada con ese nombre. Tendrá  usted que ir  a la central. Y yo repitiendo como una posesa: antireaginico, anticoagulante lupico, anticardidipinico y antifosfolipina. Sí, ya le he dicho que me lo ha mandado el ginecólogo.  Tanta parafernalia para nada. He tenido que ir a Valencia.

¡Qué mala suerte la mía! Después de todo el trajín, la sucursal estaba cerrada. Me ha entrado un cabreo… Menos mal que he entrado en una librería y me he animado algo, me he vuelto a casa más contenta que unas castañuelas con el nuevo libro, y lo he dejado en la estantería al lado de los otros. ¡Cómo se han puesto! Ni pizca de gracia les ha hecho.

Al fin he podido sentarme un rato, y me he tumbado a la bartola, con  el libro que me había acompañado durante el trayecto en metro (El hombre de ninguna parte, Aleksandar Hemon), mientras el resto lo miraba muy enfadado.  Pero qué se han creído esos – ha dicho mi amigo, mientras me giñaba el ojo-. Yo llegué primero.

Aghata

Bravísima la poesía de Ramón Dachs

por Aghata
jueves, 12 de noviembre del 2009 a las 21:48

poema mínimo

cristal

irreductible

Ramón Dachs

Te presentamos ahora una selección de Poemas mínimos de Ramón Dachs, el poeta que revolucionó la red con la creación de Interminims de navegación poética, un conjunto de poemas muy breves en línea, que siguen el principio básico del hipertexto, basado en la capacidad de asociación de ideas a través de los hiperenlaces que permiten una tercera dimensión a la escritura. El lector puede completar las composiciones con múltiples variables a las que puede acceder a través de la navegación. De este modo esa “música callada”, que es la poesía, se adentra en cada lector, permitiéndole imprimir una voz personal e íntima. Dachs consigue ese poema infinito del que hablaba Borges, puesto que los poemas se vinculan con otros, desplegando interconexiones e invitando al lector a completar sus sentidos. El éxito de su apuesta fue tal, que Dahs no se quedó ahí y ha conseguido que se impliquen asociaciones, medios, publicaciones, universidades hasta conformar en “esa aldea global” que es Internet, un hipertexto integral donde se simultanean diversas lenguas: el francés, el inglés,  el castellano, el gallego y el castellano.

 Se trata pues de toda una revolución sin precedentes en la historia de la poesía, aunque no haya sido la única,  otras innovaciones como la escritura geométrica  y fractal, inventada también por él; la poesía holográfica del brasileño Eduardo Kac o las creaciones intermedia del artista gallego Antón Reixa, han mostrado el apogeo de la poesía,  ese género literario que en otros tiempos parecía la pariente pobre de la literatura.   Ante todas estas innovaciones el lector de poesía y el poeta se siente pletórico, porque ya nadie dice aquello de “malos tiempos para la lírica”.  Todas estas innovaciones muestran que la poesía no se amilana ante las nuevas tecnologías, ella siempre indaga nuevos medios de expresión; al fin y al cabo y pese a que hayan habido momentos de mayor o menor auge, el poeta, el buen poeta, siempre ha mantenido la aljibe de respuestas  lleno, y ha hallado las preguntas.

Los textos que figuran a continuación pertenecen a la edición en castellano de esos Poemas mínimos. En ellos, el poeta percibe la luminosidad de las palabras, porque el poema emerge con energía en busca de su esencia. Según su propia autor, el poeta, el mismo, siente el fogonazo de algunas de las imágenes que aparecen en el poema con más intensidad que otras, y ese fogonazo multiplica un haz de resonancias inmediata, haciendo que olvide el resto de la composición. Gracias a estos versos (en ocasiones sólo tres versos y a veces incluso únicamente tres palabras) el autor filtra su emoción más íntima y plena. Los eternos temas (el amor, la naturaleza, la búsqueda de plenitud) se condensan, invitándonos a completar su significado, con todo un haz de resonancias que permanece oculto.

 

Aunque se ha hablado de la resonancia oriental  de estos poemas ( Matsuo Bashô y la tradición japonesa), estos poemas son un ejemplo viviente de cómo pueden forjarse las palabras de todos esos maestros, pero no sólo los orientales, también Pound, Guiuseppe Ungaretti, Eugenio de Andrade, Juan Ramón Jiménez, Mallarmé; todos los que han buscado la esencia de la palabra poética resuenan aquí, todos y cada uno de ellos han forjado hitos, han abierto camino; sus voces no se han apagado, siguen ahí, siguen presentes en los nuevos maestros, en los nuevos poetas, y qué duda cabe que en Dachs, se asoman de puntillas y nos abrazan.

 

Ramón Dachs que ejerce actualmente como actualmente bibliotecario documentalista especializado en Humanidades en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha publicado entre otros: Obagues ( 1985), Fosca endis- (1993), Vacant ( 1995), Llibre d´amiga ( 1998), Cima branca ( 1995), Quadern rimbaldià o La intertextualitat generativa ( 1996) y Blanc ( 1998). Además ha traducido Cent un juejus de Xina Tang ( 1997) en colaboración con la sinóloga y traductora Anne-Hélêne Suárez. Poemes mínims apareció en 1995, y fue posteriormente traducido al castellano.

 

 

 

a flor de agua y de luz

el arquero del alba

tensa un hilo de luna

 

 

Breve epitafio para luego

 

ánima blanda y vagorosa

huésped y amiga de este cuerpo

¿dónde hallarás morada, ahora?

 

 

 

apremiante espejismo

el recuerdo

disipándose en nada

 

bajo los astros

lucen humildes

luciernaguitas

 

 

en extravío

 

campo a través

a la ventana

tras otro linde

 

 

claustros yermos

asomados

a la altura

 

y eco impávido

de grillos

en los muros

 

 

 

cuerpo con cuerpo

frágil

pacto desnudo

 

 

 

deambular de extraños

a la deriva y solos

hasta agotar sus días

 

 

 

periplo rojo

 

el sol se apea

del horizonte

sin barandilla

 

 

 

estrella fugaz

 

galope tendido

de crines astrales

prendido en llamas

 

 

 

labios

beben

labios

 

 

 

la muerte, noche inmensa

apaga alguna vez

minúsculas luciérnagas

 

 

la tierra atrae el cielo

trenzándose las aguas

con los pezones blancos

 

deseo

 

mil alas locas dislocadas

 

 

arco iris

 

oficio cristalino

solemne

liturgia de la luz

 

 

 

poema mínimo

cristal

irreductible

 

 

 

ruinosos molinos

erizan aún

colinas al viento

 

 

 

inerte orilla

 

sobre la arena

el mar respira

porosamente

 

 

 

sonámbulos que pululan

y embates de toros negros

apuran la oscuridad

 

 

 

transitan paisajes

efímeras sombras

que pierde el crepúsculo

 

 

 

 

tumulto en mutación

constante devenir

en tránsito sin fin

 

de tiempos por el tiempo

 

 

 

vacío

purpúreo

la noche

 

cascada

de luz

el alba

 

 

adagio

 

vive hoy

el día

fugitivo

 

Fantasia veneciana Rondo Veneciano

por Aghata
miércoles, 11 de noviembre del 2009 a las 14:47

¡Para mi amiga Eva con todo mi cariño! No digáis que no es una canción fantástica, como todas las de Rondo Veneciano

Sobre el blog

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 no esta mal pero no lo dice en valencia...(19 nov)
Apuntes de Gramática. El adjetivo (amelia)
no lo dice en valenciano...(19 nov)
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Cuando era pequeña y estudiaba en el Grupo Escolar (época franquista) tuve la gran suerte de tener ......(19 nov)
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Luz de luna
- Me subí un día a la luna, para poder pensar, para mirar desde arriba a la tierra, saber que esta ahí, pero me quedo en la luna, me gusta mirar las estrellas, desde aquí las veo mas cerca, puedo casi, casi tocarlas, quizás algún día vuelva a bajar...
Estremarlun
- Estremarlun, embrújate!!! con un sorbo no más, y en un plis plas, más allá del mar, la luna y las estrellas te irás....
El blog de evalaprimermujer
- Impresionante